Los grandes Santos, fieles devotos de la Santísima Virgen
Publicado en web el 21 de Febrero, 2010En el presente año de 2010, la Orden Religiosa (femenina) de La Visitación, fundada por San Francisco de Sales y Santa Juan Francisca Fremyot de Chantal, está cumpliendo 400 años. El llamado “Doctor de la dulzura” fue, por cierto, ejemplar devoto de la Madre de Dios
Pbro. Tiberio Munari Chiomento
Misionero Xaveriano
Era un muchacho alto, gallardo, vigoroso, de noble familia y de alma aún más noble. A sus 15 años, en el Colegio de París, ante la estatua negra de la Virgen, declamaba su ardiente amor en voz alta, sin ruborizarse por ello ni avergonzarse de nadie.
Al tiempo que cursaba Latín, Literatura y Ciencias, aprendió Esgrima, como correspondía a su linaje de Saboya, donde nació en 1567. Precisamente su dominio en esta arte marcial le valió un día como defensa, años después en Padua, Italia, cuando algunos compañeros universitarios pretendieron poner a prueba su inocencia.
De hecho, ya antes, en una ocasión en el Colegio de París, cierta vez entró en la iglesia de San Esteban en estado de abatimiento. A los pies de la Virgen Negra estaba una tablilla que tenía inscrita la famosa oración de San Bernardo a Nuestra Señora: “Acordaos…” Francisco la rezó con fe y entre lágrimas. Al final, le regresó la paz e hizo entonces el voto de castidad.
Del autodominio a la excelencia
No obstante su apariencia tranquila y dulce, como era común a los de su noble rango y como era de suponer en un alma llena de fe, “a la menor palabra -decían sus biógrafos-, la sangre le subía al rostro”. Sin embargo, se había impuesto un control tal, que “no quería perder, en un cuarto de hora, lo adquirido en tantos años”.
“El estudiante perfecto”, como lo llamaban sus condiscípulos de Padua, salió triunfante en el examen final de Jurisprudencia, presentado ante 40 Profesores, entre quienes destacaba su Director Espiritual, el Padre Possevín, Sacerdote Jesuita. Como premio, sus padres le costearon un viaje por Italia. Y, al visitar el Santuario de Nuestra Señora de Loreto e inscribir su nombre junto a los de San Francisco Javier y San Ignacio de Loyola, desahogó su fervor y renovó su voto.
Acendrada vocación e ingenioso
apostolado
A su regreso al Castillo de Sales, contrariamente al proyecto de sus padres, quienes le auguraban matrimonio, Francisco abrazó la vida eclesiástica a los 26 años y fue ordenado sacerdote por el Obispo de Annecy un 8 de Diciembre, Solemnidad de la Inmaculada Concepción.
Pocos meses después, el Obispo le encomendó la misión de convertir a los protestantes calvinistas; un ministerio no sólo difícil sino también peligroso. Empero, sus biógrafos refieren que, escasamente en dos años, ya había vuelto a la grey católica a unos 8,000 de esos herejes. Eso, entre otros merecimientos y virtudes, fue motivo para promoverlo como Obispo de Ginebra..
La predicación y el ejercicio ministerial de Francisco de Sales no le impidieron dedicarse a esribir folletos que él mismo componía y distribuía por debajo de las puertas de las casas de los protestantes. De igual modo, escribió libros de gran valor ascético y místico, como “La vida devota” y el “Tratado del amor de Dios”, por lo que fue declarado, años después, “Doctor de la Iglesia”. Asimismo, la Santa Sede lo propuso como Patrono de los Escritores y Periodistas.
De profunda espiritualidad
Fue Director Espiritual de San Vicente de Paúl y, con la Viuda y Baronesa de Chantal (Santa Juana Francisca), fundó la Orden de La Visitación de María, notable por privilegiar la austeridad para poder facilitar la atención a las personas débiles y enfermas. “El espíritu de La Visitación es un espíritu de dulzura; es necesario conservarlo a toda costa”, dice uno de los Artículos de sus Constituciones.
En estos cuatro siglos, el árbol de las Religiosas Visitandinas se ha extendido en Europa, América, Asia y África, al grado de que suman 164 sus Monasterios en todo el orbe. San Francisco de Sales quiso que sus hijas espirituales honraran el Misterio de La Visitación, con la mira de anhelar “llevar a Cristo a todos los hermanos”.
Con la sencillez de un niño, este Santo hablaba de la Virgen y a la Virgen, pero también con la profundidad de un teólogo. En una oración, le decía:
Si Tú no fueras mi Madre, me aguantaría.
Pero, por ser Tú mi Madre, y Madre que puede todo,
¿cómo podría yo excusarte si no me das ayuda?
Como ves, estás casi obligada a escucharme.
Por el honor y la gloria de tu Hijo, acéptame como tu hijo y, sin mirar mis errores, líbrame del mal”.
Y asombrosa fue, por último, la revelación que este Santo Obispo de Ginebra obtuvo un día, de la boca misma de Satanás: “Si yo tuviera una Madre que rogara por mí, y para invocarla tuviera sólo un minuto de los que ustedes pierden, no sería yo demonio”.
Puedes seguir las respuestas a esta entrada a través del feed RSS 2.0. Puedes responder o hacer un trackback desde tu sitio.

