Somos de condición humilde
Publicado en web el 21 de Febrero, 2010Muy estimados lectores:
Con el Miércoles de Ceniza da comienzo el tiempo Ccuaresmal de penitencia y de reflexión para enderezar nuestras vidas por el buen camino, y para prepararnos también a conmemorar las fechas esenciales de nuestra Cristiandad: la Pasión, Muerte y Resurrección de Jesús.
En esta fecha inicial los fieles acuden a la iglesia a “tomar” Ceniza, lo cual debe hacerse con un sentido profundo de religiosidad, no como una mera costumbre, y mucho menos como una superstición, creyendo que quien lo hace se librará de muchos males; no, se trata de cumplir con una indicación de la Iglesia y con el rito importante que abre la Cuaresma.
La ceniza significa la materia de que estamos hechos, pues el sacerdote, al imponerla, puede decirnos: “Recuerda que eres polvo y en polvo te has de convertir”, que son las palabras que le dijo Nuestro Señor a Adán tras expulsarlo del Paraíso, por haber desobedecido su mandato. Sobre todos nosotros, pues, simplemente por haber nacido, pesa esa sentencia de muerte, y de ella nadie escapará; eso hace que nuestra existencia sea tan frágil y endeble, porque fuera de la certeza de la muerte, ignoramos dónde, cómo y cuándo ésta habrá de suceder, y vivimos siempre expuestos a la sorpresa, por lo cual debemos estar siempre preparados.
Vano es que algunos pretendan estimar que su persona y su vida valen más que otras; que por ser dueños y disfrutar de abundante dinero, poder, influencias, juventud, desprecian a sus semejantes, lo cual es absolutamente indebido y nada cristiano.
Eso, más que aprecio propio, significa debilidad y soberbia, pues todo ser humano, grande o chico, rico o pobre, pronto o tarde acabará siendo barrido como el polvo por el viento. Ése es el primer sentido de este rito de la ceniza: reconocer humildemente nuestra contingencia y limitaciones; es imitar a Nuestro Señor Jesucristo, quien dijo: “Aprendan de Mí que soy manso y humilde de corazón.”
El segundo sentido de la ceniza es dar continuidad a una tradición del pueblo de Israel, nuestro antecesor en la fe, del cual recibimos la herencia sagrada de las Escrituras del Antiguo Testamento y muchas de sus costumbres; una de ellas, precisamente, la de la imposición de la ceniza, ya que cuando una persona, fuera el Rey o un miembro del pueblo, mostraban arrepentimiento y decidían hacer penitencia por sus pecados, primero se despojaban de sus ropas, se ponían un saco de tela burda y se arrojaban puñados de ceniza sobre sus cabezas en señal de humillación delante del Señor.
Ese signo lo asumió la Iglesia de Cristo y lo ha conservado para dar comienzo a los días de Cuaresma y para significar que nosotros, al recibir la ceniza, estamos comprometiéndonos a hacer penitencia, a reflexionar y a arrepentirnos de nuestras maldades, vicios y pecados; a pedir a Dios su perdón y a enmendarnos con su ayuda. Así pues, si no se acude con esta intención a recibir la ceniza, esto será un acto vano, un rito puramente de folclor religioso.
Quiero también recordar, a todos los lectores, que aparte de “tomar” ceniza, es importante el ayuno; ayunar es un precepto que obliga a los fieles desde los 14 hasta los 59 años cumplidos. De esa edad en adelante, se puede no hacerlo, aunque sí se recomienda procurar algún sacrificio.
La abstinencia consiste en no comer carne, sea blanca o roja, de animales terrestres; pero sí pueden ingerirse alimentos marinos, lo cual no es un mandato de la Iglesia, como tampoco válida la creencia de que quien come pescado o mariscos durante los viernes de Cuaresma va a salvar su alma.
Esto es sólo una concesión de la Iglesia, heredada de remotos tiempos, en que para muchos fieles resultaba casi imposible comprar, transportar y conservar estos alimentos, puesto que habitaban a grandes distancias del mar, de corrientes o reservas de agua de donde pudiesen obtener productos de la pesca; sin embargo, hoy prácticamente todo mundo tiene a mano productos del mar; sin embargo, insisto, no es obligación ni un precepto eclesiástico el comerlos, y mucho menos constituye una oportunidad para cambiar un día de sacrificio por opíparos banquetes a base de pescados y mariscos, pensando que con ello se cumple con la abstinencia cuaresmal.
Recordemos que siempre la penitencia en la Iglesia tuvo el sentido de la abstención, de decir no a los apetitos, de privarse de algo superfluo o necesario para compartirlo con los que carecen de ello.
Que Dios los bendiga.
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