De la Muerte a la Vida Eterna
Publicado en web el 25 de Marzo, 2010Muy estimados lectores:
Ya está aquí la Semana Santa, y lo primero que cabe señalar es que, como ustedes saben o lo habrán notado, se trata de una fiesta móvil que se celebra generalmente a finales de marzo o durante el mes de abril, debido a que seguimos la tradición del pueblo de Israel, que se regía no por un calendario solar, sino lunar, y que celebraba su más grande fiesta, la Pascua, que aludía a su liberación de la esclavitud de Egipto, su paso por el Mar Rojo y su constitución como Pueblo de Dios, haciéndola coincidir con el primer día de Luna Llena del primer mes del año, que era el del inicio de la Primavera.
Esa es la razón por la cual en nuestra Iglesia se continúa con esa tradición, pero ahora convertida en Pascua del Señor, y que se refiere no al paso de un pueblo de la esclavitud de un tirano a la libertad del desierto, sino de la esclavitud del pecado a la libertad de hijos de Dios.
Mas, por encima de lo cambiante de las fechas, lo esencial es: ¿Qué celebramos los cristianos en la Pascua? Celebramos el Misterio fundamental de nuestra Fe: la Muerte del Hijo de Dios, que fue crucificado por nosotros y por nuestros pecados, y que con ello nos dio la promesa del perdón y la seguridad de la misericordia divina, ya que el Padre Dios no pudo menos que aceptar la súplica y la ofrenda de la vida de su Hijo, Nuestro Señor Jesucristo; pero, a la vez, con ese sacrificio nos dio la esperanza de su gloria y la Resurrección, ya que el Señor resucitó, y en esto está contenida toda la verdad de nuestro cristianismo, siendo, por ello, nuestra fiesta más grande e importante.
Quizás algunos dirán que tiene mayor resonancia la Fiesta de Navidad, sobre todo si quienes lo afirman son los que se dedican al comercio, pues desde octubre la empiezan a celebrar, siguen en noviembre, diciembre, y aún en enero, si les quedaron por ahí mercancías sobrantes, que siguen proponiendo con baratas y ofertas. Es cierto que casi todo mundo se contagia con la alegría de esta fiesta decembrina, pero la celebración por antonomasia, para los cristianos, es y será la Pascua o Resurrección del Señor.
Y es que debemos subrayar que lo que en esta fiesta se conmemora incide profundamente en nuestro destino, puesto que, siendo como somos, pecadores, y que el mal nos seduce y nos aparta de Dios, como todos lo sabemos y experimentamos. De la misma manera, también estamos conscientes de que el mal necesita un remedio, pues ese remedio es la oblación de Cristo Nuestro Señor, quien, de tal forma, muriendo y resucitando, nos reconcilió con Dios.
Ahora bien, que nosotros hemos de morir, no cabe ninguna duda; aunque ignoremos cuándo, dónde y cómo; mas este destino ineludible nos cala y nos llena de temor profundo, sobre todo si sentimos remordimientos de conciencia por nuestras malas obras. Mas todo esto tiene, para los cristianos, una respuesta en ese Misterio Pascual: Cristo murió por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación.
Por eso el deseo de la Iglesia es que todo el pueblo cristiano, los verdaderos creyentes, participen en esta celebración; que por principio, tomen la Semana Santa como lo que es, Santa; es decir, que estos días que preceden a la Fiesta Pascual, sirvan, como todo el tiempo preparatorio de la Cuaresma, para intensificar el recogimiento, reflexión, oración y reconciliación con Dios, y esperar así, serenos, la más grande celebración del cristianismo: El Domingo de Resurrección.
Es posible que muchos ya tengan preparadas sus vacaciones para estos días. A ellos yo les pregunto: ¿Qué tánto creen? ¿Qué tanto quieren estar con el Señor, ganarse su favor y sus bendiciones? ¿Cómo deberían celebrar el Misterio más grande del cristianismo? Son interrogantes cuya respuesta cada cual podrá dar; yo, por mi parte, sólo quiero insistir en torno a este Misterio Pascual: Cristo murió en la Cruz por nuestros pecados; con su Muerte destruyó nuestra muerte y con su Resurrección nos entregó la promesa de alcanzar la vida eterna, lo cual es digno de celebrarse devota y fervorosamente, pues constituye el núcleo de la esperanza cristiana.
Que Dios los bendiga.
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