Haití, entre la injusticia y la solidaridad
Publicado en web el 11 de Marzo, 2010La tragedia y la injusticia se conjuntaron para ensañarse con uno de los países más pobres y subdesarrollados del Continente Americano y del mundo: Haití, cuya Capital, Puerto Príncipe, fue sacudida, hace poco más de un mes, por un fuerte sismo de 7.5 grados en la Escala de Ríchter (que es de 10), que dejó un espeso velo de muertes, luto, llanto, lesiones y pérdidas materiales de imposible cálculo.
Haití, en las islas antillanas del Mar Caribe, es una nación que, emergiendo con grandes expectativas de libertad y desarrollo social, junto con otros pueblos de América en los inicios del Siglo XIX, ha tenido que recorrer un arduo y penoso camino de independencia, autonomía y autosuficiencia, tratando de superar -sin conseguirlo- sus orígenes de esclavitud, cuyas raíces se hunden en la empobrecida África. Primero ha sufrido el yugo del imperialismo francés; luego a través de los regímenes dictatoriales de la nefasta dinastía de los Duvalier con sus fuerzas represivas de los “tontons macoutes”, seguidos por los fallidos gobiernos de Jean Bertrand Aristide y ahora de René Preval.
Los datos de las secuelas del terremoto son sobrecogedores e incitan a pensar que la recuperación moral, física, material y económica del pueblo haitiano demorará largo tiempo. Y es que la isla, con sus casi ocho millones de habitantes, registra alrededor de tres millones de damnificados, aparte de las 230,000 víctimas más o menos contabilizadas.
Transcurridas ya varias semanas de la catástrofe, todavía no es posible atender debidamente a los damnificados ni mucho menos coordinar, con solvencia y eficacia, las tareas de distribución de la copiosa ayuda internacional, que ciertamente arribó por toneladas en los primeros días, pero que ha ido disminuyendo, casi en la media en que se apagaron las llamaradas noticiosas de todos los Medios de Comunicación del orbe.
En efecto, gran parte de la ayuda quedó varada en los puertos aéreos y marítimos, e incluso en la República Dominicana, país vecino; situación que amenaza aún con derivar en violencia social, dada la persistente desesperación del pueblo. Las medidas adoptadas por Fuerzas Armadas y de Apoyo, tanto de las Naciones Unidas como de la Organización de Estados Americanos y de Estados Unidos, han sido insuficientes para aplacar la ola de disturbios y de saqueos; no se diga para auxiliar a las víctimas.
Tal estado de cosas revela el profundo y sempiterno abandono de los países subdesarrollados, como Haití, que se debate en una escala no de Tercer sino de Quinto Mundo, debido a las condiciones inhumanas y ancestrales injusticias sociales, carentes, además, de la necesaria Solidaridad y Subsidiaridad (Sollicitudo Rei Socialis, 38) que en conciencia deben prestarle las potencias internacionales, poniendo así en entredicho la vigencia del Principio de “Destino Universal de los Bienes y el Derecho al Desarrollo Integral y Solidario de todos los Pueblos” (Gaudium et Spes, 69).
Claro, desde lejos, y ante situaciones parecidas, podrá compararse muy disímbolamente la repercusión social y económica ocurrida en Haití, y unas semanas después, en Chile, donde autoridades y pueblo se reponen de modo muy diferente luego de su hecatombe. Obviamente, no caben paralelismos, por evidentes razones históricas, políticas, étnicas, geográficas, económicas, sociales y culturales.
Desde una óptica humana y cristiana, lo que importa reconocer es que la injusticia es fruto del mal, tiene su origen en el corazón del individuo, en su egoísmo y autosuficiencia. Se impone, por tanto, un cálido y a la vez exigente llamado a la justicia y a la solidaridad nacidas de la “Justicia de Dios, que se nos ha manifestado en Jesucristo” (Rom 3, 21-22), pues sólo así, abiertos a la justicia de Jesucristo, las personas y los pueblos podremos contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos obtengan lo indispensable para vivir su propia dignidad humana, y donde la justicia sea vivificada por el amor, según lo dice el Papa Benedicto XVI en su Mensaje de la presente Cuaresma, en el que recalca: “Este año volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de salvación”.
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