La Verdad y el bien decir, siempre
Publicado en web el 11 de Marzo, 2010Muy estimados lectores:
Este tiempo de Cuaresma es época propicia para reflexionar sobre nuestra conducta y tratar de enderezarla si se ha desviado de las normas que Dios nos ha señalado para nuestro bien espiritual; a esto se le llama conversión.
Y una parte esencial de esta conversión o rectificación de conducta, es algo que aparentemente parece sencillo, pero que posee una enorme trascendencia social; me refiero a decir siempre la verdad y evitar la mentira. Esto es, cumplir el Octavo Mandamiento, que viene desde los tiempos de Sinaí, cuando Dios señaló a Moisés en el Decálogo: “No levantarás falsos testimonios ni mentirás”.
Que Dios Nuestro Señor es Verdad infinita, está muchas veces afirmado en la Sagrada Escritura del Antiguo y del Nuevo Testamento; y Cristo, el Hijo de Dios, se presentó a Sí mismo diciendo: “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida”. Por su parte, San Juan Evangelista, cuando habla del Verbo Eterno, dice que esa es la Verdad. Es por eso que quienes somos criaturas de Dios, hechos a imagen y semejanza suya, por la razón y la libertad que nos ha dado, debemos amar, buscar, decir y atenernos siempre a la verdad, sobre todo la verdad religiosa, que nos conmina a ser, en suma, verdaderos en nuestras obras y en nuestras palabras.
La Providencia de Dios nos dio el don extraordinario de poder comunicarnos, y que los animales no tienen, salvo una comunicación instintiva e inmediata; en cambio, el ser humano puede hacerlo ahora y puede hacerlo al futuro, a través de testimonios que podrán ser de valor histórico incalculable, siempre y cuando, en todos los casos, todo lo que se diga y haya dicho esté fundamentado en la verdad, de la cual emana la confianza, que es el aglutinante esencial de toda Sociedad.
Cuando hay quienes mienten, quienes engañan por sistema, la Sociedad no se une, no prospera, se hunde en la desconfianza, en el escepticismo, en el atraso, que es lo que está pasando a esta Sociedad nuestra, pues abunda gente acostumbrada a mentir y a engañar.
Ahora bien, el Octavo Mandamiento señala claramente: No mentirás ni levantarás falsos testimonios. Pero, aparte de la mentira y el engaño, también se puede pecar contra este precepto acusando en falso al prójimo, dando testimonio, incluso ante un Juez, de delitos inexistentes; difamando o mancillando la honra, tal como se hizo, por ejemplo, en el juicio contra Cristo Nuestro Señor, ya que con falsos testimonios se le condenó a muerte.
Éste es, pues, un pecado gravísimo, sobre todo si se jura en falso, si se pone a Dios como testigo de las mentiras, lo cual, por desgracia, es más común de lo que se piensa, pues aquí, en muchos juicios, es evidente cómo se corrompe a jueces para que admitan falsos testimonios, sobre todo cuando los acusados son pobres y débiles, y se trata de fallar a favor de poderosos.
Pero, igualmente, son pecados graves contra este precepto: la calumnia, la maledicencia, la murmuración o difamación del prójimo a partir de meras suposiciones, sin que exista constancia alguna, solamente porque otros lo dijeron o se escuchó un rumor.
Todos estos son pecados contra la verdad, que dañan mucho, que se llevan por delante honras ajenas y a veces destruyen la tranquilidad, la paz, la unidad de las familias y de la Sociedad entera.
Otra forma de mentir es la jactancia de quienes exageran e inventan falsedades para darse una importancia que no tienen; cuentan maravillas de sí mismos, que son puras fantasías y que, al descubrirles, tarde o temprano, acaban siendo considerados como seres despreciables.
Sin embargo, hay que reconocer que deben ser muy escasos los justos que podrán afirmar que jamás hayan transgredido este Mandamiento, pues, como afirma el Apóstol Santiago: “Quien no peca con la lengua, es un hombre perfecto”. El que con su lengua no denigra, calumnia ni miente, es alguien que se asemeja mucho a Dios Nuestro Señor, por que Dios es veraz, es la Verdad misma; en tanto que el mentiroso habitual es hijo del diablo, al cual la Escritura llama el “Padre de la mentira.”
Quedan, pues, estas reflexiones ante ustedes, lectores, mediante las cuales les invito a examinarse sinceramente para que vean cómo andan respecto a la verdad; si la aman, si la buscan, si la promueven; si respetan la honra ajena, si no han enajenado su conciencia para levantar falsos testimonios por intereses mezquinos, por obtener bienes materiales que habrán de dejar al fin y al cabo, y para que tengan siempre en su memoria que todos habremos de enfrentar un día el juicio de Dios, donde resplandecerá la verdad y todo se medirá y se tomará en cuenta.
Hay que aprovechar, por tanto, este tiempo cuaresmal de reflexión, de enderezar conductas; tiempo, en fin, de conversión.
Que Dios los bendiga.
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