5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Palabra del Pastor | Edición:

Somos muy destemplados

Publicado en web el 4 de Marzo, 2010

Estimados lectores:
Diré hoy unas palabras sobre una de las cuatro virtudes cardinales -justicia, fortaleza, prudencia y templanza-, cuyo nombre, pienso, ya no digamos su práctica, debe resultarles extraño; me refiero a la última de ésas.
Templanza es un término poco usual en el lenguaje ordinario, pues no está en nuestra condición social, de seres humanos, decirnos o pedir a los demás el ser temperados; esto es, saber moderarse, pese a ser ésta, repito, una virtud cardinal fundamental para la vida moral de la persona.
La templanza es el dominio de uno mismo; es la fuerza de voluntad para negarse a las pasiones, para no dejarse arrastrar por los apetitos ni seguir las inclinaciones del corazón sin antes haber ponderado mentalmente su bondad o malicia, si nos conducirán a buen o mal fin. Es, asimismo, saber emplear los bienes materiales y los placeres lícitos de manera justa y moderada.
Las virtudes cardinales, como son humanas, deben mantenerse siempre en un punto de equilibrio; es decir, ni hay que exagerar su práctica a la manera de las sectas puritanas, como tampoco caer en los vicios, adicciones y excesos, que tanto daño generan, igual al individuo como a la Sociedad. Así sucede, por ejemplo, con quien se entrega al vicio del alcoholismo, que acaba no sólo con su vida y su dignidad, sino también con su familia, con su trabajo, con su dinero y contribuye a la ruina de su comunidad. Y lo mismo acontece con otros excesos, como la droga, el sexo, el juego, todos estos vicios que destruyen moral y físicamente al ser humano, que vive inmerso en el pecado, que no respeta normas ni respeta la dignidad propia ni la de sus semejantes. No sé por qué, pero yo he pensado siempre que la mayoría de los mexicanos somos débiles por naturaleza para poner alto a los excesos; que fácilmente nos dejamos llevar por los apetitos, adicciones y vicios; que cuando alguna vez se asiste, por ejemplo, con los amigos a una comida o reunión al medio día, se empieza no a comer sino a brindar, y así se sigue, atendidos siempre por diligentes meseros, alzando una y otra vez la copa o la botella, de tal manera que dan las ocho, diez, doce o hasta que se llega la hora de cerrar el lugar, terminando perdidamente embriagados, sin dinero, habiendo echado a perder un día de trabajo y quizás también el siguiente; todo por no saber practicar esta virtud de la templanza y caer tan fácilmente en los abusos.
Señalaba antes que no había que correrse a los extremos al practicar una virtud, como lo hacen miembros de sectas fundamentalistas, muy sombrías y estrechas en sus normas morales, como los cuáqueros y puritanos, que pertenecen a la religión calvinista, pero quienes, a su vez, son generalmente personas muy laboriosas y cumplidas de sus deberes; que saben controlar el vicio, y con lo cual han logrado generar bienestar y riqueza personal y social, tal como ha sucedido en países donde se practica ese protestantismo puritano, como en Estados Unidos, Inglaterra y Holanda, principalmente.
A nosotros, los cristianos, la Sagrada Escritura nos advierte, en diferentes pasajes, sobre la necesidad de no dejarnos llevar fácilmente por los deseos del corazón. Y en el Nuevo Testamento, San Pablo, en su Carta a Tito, señala: “Hemos de vivir una vida sobria, justa y piadosa”. Ahí está resumida la perfección cristiana: La sobriedad o uso moderado de los bienes de la Tierra, que Dios nos ha dado; la justicia, para respetar y dar al prójimo lo que le corresponde, y la piedad para tener buena relación con Dios, que nos ha de ayudar.
Escogí, pues, este tema, porque, insisto, es algo casi desconocido en la Sociedad actual; porque la palabra templanza no se menciona, no se conoce su significado ni quiere saberse, sobre todo por aquéllos que viven entregados a sus pasiones y placeres. También lo preferí porque estamos en Cuaresma, tiempo en que la Iglesia exhorta a todos sus fieles a escuchar la Palabra de Dios; pero, sobre todo, a imitar a Cristo en su mortificación y sufrimientos, a través de la abstención y del ayuno de precepto, y especialmente por la vía de la negación a los vicios, a los excesos, a los derroches, a las injusticias; negación que ira siempre en favor de nuestra salud física y moral, de la caridad fraterna y de la reconciliación con Dios Nuestro Señor, que, espero, habrá de bendecirlos.

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