5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Cultural | Edición:

Al paso de la luz

Publicado en web el 8 de Abril, 2010

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Foto y texto: Óscar Maldonado Villalpando

El Buen Samaritano.
Ungió sus heridas… La parte más sensible y delicada.
El gran ladrón -el tiempo- les salió al camino y les despojó de tan maravillosos dones que Dios les otorgara tan bondadosamente. Los dejó postrados al lado del sendero. Ese ladrón cayó de repente y se llevó lo más valioso de sus facultades.
Parecía que la dicha de la juventud, la fortaleza de la edad madura, no conocerían limitantes… Pero han cambiado las cosas. Sin saber cómo, todo aquello ha quedado en recuerdos venturosos, en episodios que se representan como apariciones. Todo aquello es como las flores aprisionadas en las páginas de un libro.
Como quien dice, fue una ilusión, un leve parpadeo, el relámpago que trepida en el firmamento y se pierde en la inmensa oscuridad de la noche.
Y ahora estos hijos e hijas predilectos de la Iglesia que sufren limitaciones, que se duelen de soledad y de achaques, reciben el consuelo de ser ungidos por las manos del amor, por la mano benigna del Salvador en este Sacramento de los enfermos.
Los Obispos del Continente asientan en el Documento de Aparecida: “La respuesta a su llamado exige entrar en la dinámica del Buen Samaritano…” (No. 135).
Y el Buen Samaritano ha venido a socorrer a los hermanos sorprendidos por “el ladrón” en un penoso tramo del camino de la vida.

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