5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
Todo novedad | Semillero de Vocaciones | Edición:

Experiencia de Misión en La Tarahumara

Publicado en web el 22 de Abril, 2010

A pocos días de reiniciar la última etapa de este curso escolar, llegados apenas de la más reciente experiencia de Misiones de la Semana Santa, hemos considerado de primordial importancia aquilatar y compartir la experiencia que vivimos algunos alumnos del Seminario Diocesano Mayor. Grata experiencia fue, en nuestro caso, la de haber formado parte del trío de diáconos que acudimos a la Diócesis de la Tarahumara, en particular al Municipio de Guachochi, Chihuahua, ubicado al Sur de ese Estado.

30Un grande reto, para
comprender otra realidad

Como antecedente, cabe mencionar que desde hace algún tiempo las Diócesis de Aguascalientes, San Juan de los Lagos y Guadalajara han venido respondiendo a la petición de ayuda que el Obispo Rafael Sandoval Sandoval ha hecho para atender algunas de las muchas necesidades que existen en su Diócesis, sobre todo en los apartados lugares de misión enclavados en lo más alto de la Sierra Tarahumara, allá donde el clima es inclemente la mayor parte del año y las nevadas son algo acostumbrado, pero donde la limpieza del aire y el aroma de los bosques de pinos son algo inolvidable.
Ir hasta allá constituyó un reto, sobre todo porque se trataba de comprender una nueva realidad, una insólita cultura, un estilo diferente de afrontar la vida, y el exigirnos un máximo esfuerzo, a fin de poder asimilar en breve tiempo todo estas novedades y poder comprender la visión de la vida propia de la etnia rarámuri.
Es menester aclarar que en la Prelatura Misional de La Tarahumara coexisten varios grupos nativos con diferentes usos y costumbres: Los tepehuanes, los rarámuris y los mestizos, y que en Guachochi, además, se vive actualmente, como en muchas regiones del Norte de México, un clima de violencia que ha llevado a sus pobladores a estar en una constante zozobra. Por ejemplo, a partir de las siete de la tarde, ya es raro ver personas caminando por el poblado; sólo se mira el amenazante ir y venir de vehículos con vidrios polarizados.
En esa población, por fortuna, se encuentra un sacerdote: Efraín Rivera Saavedra, auxiliado a tiempo completo por el Diácono Juan Martín López González, ambos pertenecientes a la Arquidiócesis de Guadalajara, pero prestando allí su servicio ministerial. Teniendo contacto con ellos, quienes fuimos a misionar temporalmente pudimos conocer, de viva voz, las azarosas experiencias que han tenido qué afrontar en el ejercicio de su ministerio, que incluso han llegado hasta las amenazas de muerte por el hecho de estar entregados a sus labores pastorales. Sin embargo, también notamos la solidez de sus convicciones y el ánimo de no dejarse doblegar, puesto que su vocación ha sido, sin duda, bien fundamentada en la solidez de una verdadera entrega sacerdotal al servicio de Cristo y de su Iglesia.

Guachochi: misión diferente

Por otra parte, la situación económica precaria que se vive en aquellas latitudes es notable; los naturales del lugar se caracterizan por tener una alimentación básica de pinole disuelto en agua, además de la ingesta de una bebida fermentada de maíz llamada “tesgüino”, que es parte esencial de muchos de los rituales y fiestas rarámuris.
Con todo, hay datos alentadores: quienes fuimos a apoyar en estas misiones, notamos que las diferentes comunidades manifestaron una verdadera hambre de escuchar la Palabra de Cristo; que se mostraron abiertos a las realidades de nuestra religión e Iglesia; que desean tener la experiencia del conocimiento del Dios verdadero; pero que, por desgracia, todo esto no ha podido hacerse realidad debido a la escasez de sacerdotes incapaces de atender a tantas grupos y de hacerles llegar de manera regular y cotidiana la palabra divina y, sobre todo, la gran experiencia de la Eucaristía.
Vivir, pues, al menos durante unos pocos días, esta misión, fue para nosotros una verdadera y aleccionadora novedad; aprendimos a saludar en dialecto rarámuri diciendo: Kuira Va (hola, ¿qué tal?); también supimos que no hay que extender ni estrechar toda la mano para establecer contacto, sino únicamente con la punta de los dedos. Nos sorprendió, asimismo, el saber que muchos naturales del lugar caminaron cinco o seis horas para poder asistir a los Ejercicios espirituales, dándonos ejemplo del valor trascendente con el que gozan la religión, y que saben agradecer lo que ésta les ofrece de buena voluntad.
El narco: realidad que no ha empañado los corazones sencillos

Como se apuntó antes, la inseguridad y la violencia han permeado esos lugares donde el narcotráfico es una realidad, y donde los indígenas, ajenos a esta desgracia, sufren, empero, sus terribles consecuencias, así como también padecen la inmemorial plaga de la explotación y el sometimiento de parte de individuos abusivos. Es, pues, urgente, hacer llegar ayuda permanente, no sólo espiritual, sino económica y social a esos grupos tradicionalmente marginados del Norte mexicano. Nosotros apoyamos, pero fue sólo un granito de arena en aquel mar de necesidades.
Así lo consideramos y manifestamos a través de estas líneas, los tres que fuimos allá a misionar en Semana Santa, como lo hizo el compañero Diácono Ramón Bricio, quien afirma que ésta ha sido una de las mejores experiencias de su vida, porque ha visto también la humildad que Dios sigue conservando en algunas personas que le buscan sinceramente.
Asimismo, el compañero Diácono Jorge Hernández Contreras señaló a su regreso que al convivir en La Tarahumara con sus comunidades, pudo darse cuenta de las grandes necesidades que aún sigue viviendo la Iglesia en nuestros tiempos; mientras que el Diácono César Pacheco Dávila, haciendo eco de las palabras del señor Obispo Rafael Sandoval, mencionó que el indígena representa la oportunidad para anunciarle a Cristo Resucitado, y para salir corriendo a su encuentro, porque el amor corre rápido, porque el amor es capaz de ver dónde se debe ayudar, dónde debe existir nuestra presencia.

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