Yo Pecador
Publicado en web el 8 de Abril, 2010Yo Pecador
A propósito de sensacionalismos
“El que esté libre de pecado, que arroje la primera piedra”.
Jesucristo.
Pbro. Germán Orozco Mora
Mexicali, B.C.
En cierta ocasión, cuando el tenor de talla internacional José Mojica viajaba para cantar en Los Ángeles, cruzando por la Ciudad de San Diego, preguntaba, admirado, quién había construido tantas Misiones en la Alta California.
Y, al mostrarse sorprendido de que el humilde y apostólico Fraile Franciscano Junípero Serra recorrió a pie esa y otras regiones aledañas dando nombre a tantas Misiones californianas, hubo alguien que le regaló, al cantante, la Vida de San Francisco de Asís… Y entonces comenzó su conversión.
Iluminada y firme decisión
La radical determinación de su respuesta al llamado, la tomó José Mojica en la Capital de Argentina, Buenos Aires, a propósito del último Concierto “profano” que ofreció, al lado de Pedro Vargas, el llamado “Tenor Continental” y de Agustín Lara. Éste, conmovido ante la noticia que le diera Mojica en torno a su nueva opción, se salió al jardín de la casa en que se hospedaban y regresó con la letra y la música de la Canción “Solamente una vez”, que le regaló a José, como dedicada a él.
Y es que cualquiera pensaría que esta bella canción es meramente romántica; mas no. Más bien, conceptualmente, es vocacional: “Solamente una vez, amé en la vida; solamente una vez, y nada más… Y cuando ese milagro realiza el prodigio de amarse, hay campanas de fiesta que cantan en el corazón… Una vez nada más se entrega el alma, con la dulce y total renunciación…”
Sus biógrafos relatan que, para reforzar su vocación, el artista tuvo una visión en la que Santa Teresita del Niño Jesús le entregaba una rosa blanca. Algo así como una mística invitación al sacerdocio.
Pocos, como Mojica, quien recorrió los grandes escenarios del espectáculo y del cine de muchos países, conoció las voluptuosidades del mundo y de la carne. Como tantos conversos y santos, se cuestionaba de qué le sirve al hombre ganar el mundo si al fin pierde su alma, como también qué podrá dar uno mismo con tal de recobrarla.
De meteórica y ascendente carrera
Paisano nuestro, José Mojica nació en la serrana población de San Gabriel, en el Sur de Jalisco, en 1895, aunque siendo muy pequeño murió su padre y, con su madre, se trasladó a la Ciudad de México, cursó varios estudios y luego entró al Conservatorio Nacional de Música. En el Distrito Federal cantó importantes papeles de varias óperas, pero se fue a vivir a Estados Unidos, si bien ejerciendo un modesto empleo de lavaplatos.
Cuando se decidió a ingresar a una Compañía de Ópera en Nueva York y le adjudicaron papeles secundarios, el gran tenor Enrico Caruso lo recomendó a la Compañía de Ópera de Chicago. De ahí para adelante, habiendo estudiado idiomas, baile y guitarra, y habiendo perfeccionado el canto, escaló hasta la cúspide de la fama, lo mismo grabando numerosos discos de canciones mexicanas y de ópera, que protagonizando varios filmes en el mismísimo Hollywood.
Fue en 1940 cuando, ya muerta su madre, decidió abrazar la vida religiosa, e ingresó a la Orden de Frailes Menores en el Convento de Lima, Perú, donde se le impuso el nombre de Fray José de Guadalupe. En esa misma ciudad recibió el Sacramento del Orden el 13 de julio de 1947. Sus Superiores le encomendaron fundar y reconstruir Seminarios y Conventos, para lo cual, aprovechando su carisma, recorrió siete países ofreciendo Conciertos y dando testimonio de su llamado y respuesta, tanto en Radio como en Televisión y en Teatros. De hecho, se publicaron y difundieron varias ediciones de su Libro “Yo pecador”, que luego se convertiría en película.
Aquejado por una persistente sordera, dejó de cantar. Recluido humildemente en su Convento, terminó sus días en silla de ruedas y postrado, con ejemplar aceptación.
Comprensión, perdón y oración
No podemos negar que suelen soplar vientos de crisis en la Iglesia Católica, como tampoco debemos soslayar que el sacerdote, como ser humano que es, con sus debilidades y limitaciones, es de condición pecadora. No pocos autores sagrados, como San Juan Crisóstomo o San Agustín, han planteado que bien pudiera Dios haber puesto, para el gobierno de la Iglesia, a los mismos ángeles. Pero no, escogió a hombres frágiles, de carne y hueso; pero, finalmente, hombres de fe, para dirigir a su Iglesia.
Estamos celebrando, en la Iglesia Católica Universal, el Año Sacerdotal, que concluirá en junio venidero, y el Papa Benedicto XVI ha propuesto, a este propósito, como modelo del sacerdocio, a San Juan María Vianey, un modesto Párroco francés que ordinariamente oía confesiones y absolvía durante 14 horas diarias, con una dieta alimenticia de dos papas al día. El Santo Cura de Ars parece un modelo inimitable; pero es real y asequible.
Si usted, amigo lector, conoce o ha escuchado de escándalos de sacerdotes, puede que sea verdad, como lo es que San Pablo (acérrimo perseguidor de cristianos) decía de sí mismo: “Llevamos el tesoro de la Gracia de Dios en vasijas de barro para que se vea que esa fuerza tan extraordinaria no viene de nosotros, sino de Dios”.
Si usted conoce o estima a algún sacerdote, el mejor presente o muestra de aprecio que puede ofrecerle es regalarle una oración. Orar por los sacerdotes es uno de los mayores bienes que pueden hacerse a la Iglesia.
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