16 de Junio de 2013
Año XII
No. 854
| Cultural | Edición:

Al paso de la luz

Publicado en web el 13 de mayo, 2010

24Esegé

Allá, donde el oleaje del bosque se revuelve en hondonadas umbrías, se encabrita y sube a cumbres veladas en las gasas blandas y blancas del amanecer.

Allá donde los ríos serpean bajo frondas perfumadas y donde los arroyos van brincando entre rocas con el alborozo que fue descrito en “Las Tierras Pródigas”.

En el encuentro de montañas, en cruces del tiempo que señalaron los tiempos difíciles de la evangelización en estos rumbos, se encuentra Villa de Purificación.

Un templo venerable en el perfil de su arquitectura, que corresponde al estilo con que los Misioneros de los primeros siglos dejaron el noble signo de su espíritu.

Los muros pesados y recios, como para desafiar el golpe de los siglos; sus torres hablando de la firmeza de una fe inquebrantable, bien plantada en las almas.

Un pueblo lleno de pureza y de gracia, de amor y de alabanza, mientras sus tierras van a asomarse al mar, saltando en hondonadas, subiendo cumbres de luz.

Bien le llamaron Purificación, aludiendo a la pureza de María, a los cirios de su fiesta litúrgica, diciendo que este aire, esta luz, vibran en el alma de sus fieles.

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