21 de Julio de 2019
Año XX
No. 1172
| Palabra del Domingo | Edición:

El magisterio del Espíritu

Publicado en web el 29 de Mayo, 2010

35Juan López Vergara

Hoy celebramos a la Santísima Trinidad, iniciando la Eucaristía con una bella oración, demostrativa de la gratitud de nuestra Madre, la Iglesia: “Bendito sea Dios, Padre, Hijo y Espíritu Santo, porque nos ha mostrado un amor inmenso”. El Santo Evangelio consta de sólo cuatro versículos, que nos invitan a reconcer el magisterio del Espíritu Santo en la comunidad (Jn 16, 12-15).

Jesús es el corazón
de la Revelación
San Juan enseña que corresponde al Espíritu, y sólo a Él, conducir a la Iglesia hacia una certera inteligencia de la Revelación; a la comprensión del Mensaje anunciado por el Señor: “En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: ‘Aún tengo muchas cosas que decirles, pero todavía no las pueden comprender. Pero cuando venga el Espíritu de la Verdad, Él los irá guiando hasta la verdad plena, porque no hablará por su cuenta, sino que dirá lo que haya oído y les anunciará las cosas que van a suceder’” (vv. 12-13). El Espíritu abre el Misterio de Dios a la historia humana, conduce a la comunidad a la “verdad plena”, que implica la unidad y validez definitiva de la Revelación, dada en y por Jesús de una vez y para siempre.

El Espíritu nos configura
Jesús, entonces, con respecto al Espíritu, manifestó: “Él me glorificará, porque primero recibirá de Mí lo que les vaya comunicando. Todo lo que tiene el Padre es mío. Por eso he dicho que tomará de lo mío y se lo comunicará a ustedes” (vv. 14-15). San Juan reitera que este proceso de comunicación no implica una nueva Revelación, yuxtapuesta a la dada por Jesús, sino que la acción del Espíritu permanece ligada a esa Revelación que culmina con el Señor. Por lo cual podemos afirmar que es mediante el Espíritu como nos encontramos con Jesucristo, desde la existencia nueva que Él ofrece y posibilita en total gratuidad.
Vivimos en el tiempo del Espíritu. El Espíritu aparece como el principio configurador de la existencia cristiana, que nos motiva a dar testimonio de nuestra inquebrantable esperanza, la cual “no nos defrauda, porque Dios ha infundido su amor en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo, que Él mismo nos ha dado” (Rm 5, 5). Estamos llamados a acoger la caridad del Espíritu y a dejarnos configurar por ella con Cristo.

El Espíritu nos lleva a reconocer a Dios como Padre
La Palabra de Dios nos convida hoy a convencernos de que no es posible encontrar, reconocer y amar a Cristo sin la ayuda del Espíritu, porque quienes nos dejamos guiar por Él nos convertimos, realmente, en hijos de Dios: “Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios son hijos de Dios” (Rm 8, 14). Sólo el don del Espíritu nos permitirá, más allá de la Pascua vivida, entrar en comunión filial con Jesús: “como son hijos, Dios envió a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo, que clama: ¡Abbá, padre!” (Ga 4, 6). El Espíritu nos capacita a reconocer a Dios como Padre.

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