Más cerca del altar
Publicado en web el 20 de Mayo, 2010
Abraham Raúl González Aceves, II de Filosofía
El domingo 16 de mayo, previo a Pentecostés, en la Solemnidad de la Ascensión del Señor, el Seminario Diocesano de Guadalajara vivió no sólo la alegría de la Fiesta Pascual que llena a la Iglesia en estas fechas, sino, además, la dicha de ver cómo algunos de nuestros hermanos teólogos fueron investidos con los Ministerios del Lectorado y el Acolitado.
¿Qué son los Ministerios?
Los Ministerios, previos al Diaconado, son los dos antes mencionados, cuyos nombres provienen de la palabra latina “ministrare”, que significa servir, y en el camino hacia el sacerdocio constituyen un paso adelante para alcanzar la meta, o como diría el Obispo Auxiliar Juan Humberto Gutiérrez Valencia, quien presidió la Celebración Eucarística: “Son tiempos dedicados al entrenamiento para el ministerio sacerdotal”, pues, en efecto, tienen qué ver con dos importantes actividades sacerdotales: la de suministrar a los fieles, tanto el alimento de la Palabra de Dios (Lectorado) como la Gracia de los Sacramentos, sobre todo el de la Eucaristía (Acolitado) y el servicio del altar.
Solemnidad del acto
La capilla del “Corazón de la Diócesis” se vio repleta ese domingo, no sólo por el alumnado del Seminario, sino por la gran cantidad de familiares y amigos que acompañaron a los jóvenes en la ceremonia de recepción de sus Ministerios.
A las 10 de la mañana hizo su entrada la procesión, integrada por los 23 lectores y los ocho acólitos, los sacerdotes que concelebraron y el Obispo que presidió la Misa. Y después de la homilía, en la que se nos hizo contemplar a Jesús que asciende no sólo a la Cruz, sino también a los Cielos para completar al Misterio de la Redención, dio comienzo el solemne ritual de la concesión de dichos Ministerios.
Quizás muchos que nunca hayan asistido a esta ceremonia podrán pensar que se limita a la mera Celebración de la Santa Misa y a la adición de unos cuantos ritos o “simples requisitos” que forman parte de la preparación de la carrera sacerdotal; pero no, como quedó claramente señalado por nuestros Padres Formadores: “Un sacerdote no se improvisa”, y la recepción de los Ministerios es un signo evidente de esto, pues su aceptación implica un evidente avance en la preparación humana, espiritual, intelectual y, claro, en la pastoral del futuro sacerdote. Estos signos externos son la expresión de un serio compromiso ante Dios Nuestro Señor, ante la institución formadora, ante los compañeros de vocación, ante la sociedad de fieles y ante la familia propia, de que la entrega se ha decidido y de que de ahí en delante se seguirá con mayor fidelidad y firmeza el llamado del Buen Pastor.
El ritual es claro: El Obispo coloca sobre las manos de quienes reciben los Ministerios, las Sagradas Escrituras o las especies para el Sacrificio, según sea el caso, y les invita a que su desempeño no sea sólo para el bien de los fieles, sino, además, para el propio; a que vivan lo que habrán de predicar y se acerquen al Misterio, con su labor; pero, ante todo, con su corazón.
Tras recitar una oración sobre los nuevos ministros, estos regresan a sus lugares, ya con una nueva responsabilidad: hacer de su vida un Ministerio, entregarse al servicio de sus hermanos, y donarse a sí mismos a Dios a través de esa entrega.
Alegría y acompañamiento
Por ello, quienes asistimos a esta ceremonia, compartimos con los recipientes la alegría de haber dado ese paso; pero, sobre todo, oramos juntos con todo el Pueblo de Dios, para que Él les dé la Gracia y fortaleza necesarias, a fin de desempeñarlos dignamente, y en especial para que logren coronar su carrera haciéndose merecedores de recibir las Sagradas Órdenes y así realizar aquel sueño de sus años de infancia o adolescencia, que quizás algún día juzgaron irrealizables, pero que ahora ven ya cercano: ser Sacerdotes de Cristo.
Como alumno del Seminario, pido, pues, a todos los estimados lectores de Semanario, que se unan a esta plegaria, para que así como estos compañeros nuestros lograron dar este paso decisivo en su carrera sacerdotal, nuestro Seminario y nuestra Iglesia sigan viéndose enriquecidos por jóvenes igualmente decididos a servir a Dios, dispuestos a promover la cultura de la vida y del amor, aun cuando el mundo, por su parte, pretenda decidir lo contrario.
Rueguen al Señor para que quienes estamos hoy en el Seminario perseveremos en nuestra vocación, y para que quienes, por la Gracia de Dios alcancemos el sacerdocio, podamos ser pastores capaces de transmitir y hacer realidad, con el ejemplo, en la fidelidad de nuestro llamado, las palabras de fe, esperanza, caridad y vida eterna que Cristo nos ha enseñado.
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