5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Palabra del Domingo | Edición:

El Misterio redentor de la Cruz

Publicado en web el 17 de Junio, 2010

35Juan López Vergara

Nuestra Madre Iglesia ofrece hoy, en la Mesa de la Eucaristía, un pasaje del Santo Evangelio donde aparece la declaración de Pedro acerca de la identidad de Jesús: “El Mesías de Dios”, y la del propio Jesús sobre su destino, cuyo seguimiento hemos de asumir sus discípulos (Lc 9, 18-24).

La importancia de
la oración
La perícopa inicia: “Un día en que Jesús, acompañado de sus discípulos, había ido a un lugar solitario para orar, les preguntó: ‘¿Quién dice la gente que soy?’” (v. 18). La indicación de que Jesús estaba orando da un relieve particular a la escena. El evangelista destaca que los momentos más extraordinarios de la vida interior de Jesús, como la revelación y toma de conciencia de Hijo en el Bautismo y en la Transfiguración, acontecieron “mientras oraba” (Lc 3, 21-22; 9, 28.36). Cuando Jesús se concentra en la oración es porque algo significativo va a suceder: 6, 12-16; 11, 1; 22, 39-46; 23, 34.46. Lucas anhela mostrar la importancia de orar.

En Jesús y por Jesús, Dios realiza
su obra salvadora
Los discípulos respondieron a Jesús: “Unos dicen que eres Juan el Bautista; otros, que Elías, y otros, que alguno de los antiguos Profetas que ha resucitado” (v. 19). La imagen de Jesús, entre el pueblo, es la de un “Profeta” y no precisamente la de una figura “mesiánica” (compárese Jn 6, 14). Jesús, entonces, preguntó expresamente a sus discípulos: “‘Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo?’. Respondió Pedro: ‘El Mesías de Dios’. Él les ordenó severamente que no lo dijeran a nadie’” (vv. 20-21). Pedro aparece una vez más como el portavoz indiscutido de los discípulos (compárese: Lc 5, 8; 6, 14; 8, 45.51). Pedro confiesa que Jesús es el “Mesías de Dios”. Lucas agrega “de Dios” (compárese: v. 20 con Mc 8, 29). El evangelista subraya, así, que en Jesús y por Jesús, Dios realiza su obra salvadora.

Ser discípulo de Jesús
es seguirlo
Enseguida encontramos el primer anuncio de la Pasión: “Es necesario que el Hijo del hombre sufra mucho, que sea rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, que sea entregado a la muerte y que resucite al tercer día” (v. 22). Jesús se refiere a Sí mismo como el “Hijo del hombre” que tiene qué sufrir mucho. El destino de sufrimiento, reprobación y muerte no termina en fracaso, sino en victoria. A Jesús, la piedra desechada por los constructores, Dios la convertirá en piedra angular (compárese Lc 20, 17).
El sufrimiento entraña un misterio inefable, al extremo de que nuestros sufrimientos, unidos a los de Cristo, tienen carácter salvífico: “Ahora -confiesa Pablo- me alegro por los padecimientos que soporto por ustedes, y completo lo que falta a las tribulaciones de Cristo en mi carne, a favor de su cuerpo, que es la Iglesia” (Col 1, 24). Reconocer a Jesús, sufrido, rechazado y asesinado, implica seguirlo en su camino, decididos a vivir como Él, abrazando nuestra propia cruz (véanse vv. 23-24).

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