Jesús, hombre libre
Publicado en web el 25 de Junio, 2010
Juan López Vergara
El día de hoy nuestra Madre Iglesia ofrece un bellísimo pasaje del Tercer Evangelio, que muestra la incuestionable responsabilidad de Jesús respecto del Proyecto del Padre, y lo comprometedor que significa para cada uno de nosotros seguir al Señor (Lc 9, 51-62).
Claridad de destino
San Lucas da inicio a la sección más importante de su obra: “El gran viaje de Jesús a Jerusalén” (9, 51 – 19, 27). El primer versículo de esta sección central conserva un modismo que literalmente dice que Jesús “endureció el rostro”. Es decir, que se afianzó en su voluntad de emprender el camino con rumbo a la Ciudad Santa, donde tendría verificativo su Pasión-Resurrección, pues “conviene que hoy y mañana y pasado siga adelante, porque no cabe que un Profeta perezca fuera de Jerusalén” (Lc 13, 33; compárese 18, 31-34).
El evangelista destaca que aquel viaje empezó con una decisión libre por seguir el Proyecto del Padre: “Cuando ya se acercaba el tiempo en que tenía qué salir de este mundo, Jesús tomó la firme determinación de emprender el viaje a Jerusalén” (v. 51). “Lo específico de Jesús -enseña González de Cardenal- no es sólo su doctrina y su comportamiento moral, sino también, y sobre todo, la excelencia humana de su propia persona: su libertad, su autoridad, su simplicidad de mirada, su atención a los hombres, su claridad respecto del propio destino, su relación con Dios”.
El Evangelio se expone; jamás se impone
Jesús, enseguida, envió a algunos de los suyos para que le procuraran alojamiento en un pueblo de samaritanos; fueron rechazados, porque los aldeanos se percataron de que Jesús iba a Jerusalén (véanse vv. 52-53). Santiago y Juan, muy indignados, propusieron a su Maestro: “Señor, ¿quieres que hagamos bajar fuego del Cielo para que acabe con ellos” (v. 54). Pero Jesús, aún más indignado por la vengativa reacción de sus discípulos, “se volvió hacia ellos y los reprendió” (v. 55). Y continuaron su camino (véase v. 56). Lucas muestra dos profundas verdades: la venganza no debe ocupar sitio alguno en el caminar cristiano, y el Evangelio, jamás y por ningún motivo, se debe imponer.
“Sé bien en quién tengo puesta mi fe”
Los versos siguientes debemos leerlos con una actitud contemplativa de fe en el Señor, dispuestos a escucharlo, sin pretender domesticar sus severas exigencias (véanse vv. 57-62). Entre ellas, sorprende la que San Lucas colocó al centro, y con la cual Jesús respondió a uno que había invitado a seguirlo. Este invitado pidió a Jesús que le permitiera primero ir a dar sepultura a su padre. Jesús, entonces, le ordenó: “Deja que los muertos entierren a los muertos. Tú ve y anuncia el Reino de Dios” (v. 60; compárese con I Re 19, 20).
Decidirse por Jesús no es fácil; nunca lo ha sido. Sin embargo, para quien conoce al Señor, hasta sus exigencias son liberadoras, como sucediera al Apóstol Pablo, quien desde lo profundo de su corazón, exclamó: “Porque yo sé bien en quién tengo puesta mi fe” (II Tm 1, 12).
Puedes seguir las respuestas a esta entrada a través del feed RSS 2.0. Puedes responder o hacer un trackback desde tu sitio.



