21 de Julio de 2019
Año XX
No. 1172
Desde la postración | Año Sacerdotal | Edición:

Rodeado de debilidades, “Sacerdos in aeternum”

Publicado en web el 3 de Junio, 2010

Humberto Miguel Jara Sánchez, 69 años de ministerio. Ahora, en actitud sufriente, también ofrenda sacerdotal

23Pbro. Óscar Maldonado Villalpando

Peregrinos en la Tierra, anhelamos llegar al Cielo, donde todo lo imperfecto habrá quedado atrás. Ahora, en estos tiempos en que pretende cambiarse lo que se consideraba elección, en oprobio y vergüenza, el sacerdocio sigue siendo, pese a todo, “un don y misterio” que maravilla en cada realización concreta.

Familia y vocación sacerdotal

En esta hora de hipersensibilidad contra lo clerical, es justo volver la mirada para descubrir las tramas admirables que Dios ha tejido en las familias de distintos lugares y diversos tiempos, para sacar de ellas a sus elegidos.
Esta historia se inicia allá por Villa Guerrero, al Norte de Jalisco, en los primeros años del Siglo XX, en una comunidad muy pequeña, que en 1917 era objeto de las incansables misiones del entonces señor Cura y futuro Santo, Cristóbal Magallanes Jara.

 

Anuncio de un padrino santo

Francisco Jara Ávila y Gaudelia Sánchez Bedoy se casaron el 17 de enero de 1910, hoy hace poco más de 100 años. Un hermano de don Francisco se había ordenado sacerdote, el señor Cura D. Maximino Jara Ávila, tristemente fallecido el 29 de junio de 1916. Y en aquel tiempo, tras haber llegado el Párroco Magallanes a la casa de Francisco y Gaudelia, para compartir la tristeza por el fallecimiento del sacerdote, poco después supo que nacería Humberto Miguel, quien vino al mundo el 1º de noviembre de 1917.
Cuando el señor Cura Magallanes conoció al niño, los papás se lo ofrecieron para que “lo sacara del agua bautismal”; esto es, que fuera su padrino, invitación que, desde luego, él aceptó. Una vez bautizado, dijo: “Este niño va a ser sacerdote y a suplir a su tío el señor Cura Maximino”.
Otro día que vino de visita el Señor Cura Magallanes a casa de los Jara, cuando el niño ya tenía cuatro años, se encontró con que éste había comido cañas, con cuyo jugo se había chorreado la camisa, como suele suceder, poniéndose dura al secarse. Por eso su papá le dijo: “Niño, camisa dura, salude al señor Cura, su padrino”. Y entonces el sacerdote lo abrazó y dijo: “Este niño, camisa dura, va a ser Cura”.
Vinieron los días de la llamada “Guerra Cristera” en 1926, y don Cristóbal no dejaba sus fervorosas misiones por toda la región. Humberto Miguel recuerda vivamente que cuando él andaba cuidando el ganado, el Padre Cristóbal pasaba saludando amablemente a todos y llevando el Evangelio por los más apartados rincones y barrancas; y que sobre la negra sotana solía usar una gabardina de color claro que lo distinguía.

Al seminario de totatiche

Humberto entró al Seminario Menor Auxiliar el 2 de noviembre de 1929, ya cuando oficialmente había terminado el conflicto religioso, aunque la hostilidad duraría todavía muchos años más. Estaba aún fresco en la memoria de todos los fieles el acontecimiento del martirio del Padre Magallanes, y bajo ese poderoso influjo, Humberto Miguel cursó sus dos años en Totatiche; luego pasó a Guadalajara, a un Seminario en la dispersión.
Por lo pronto, recuerda que él se encontró “como pollo comprado” en un mesón de esta ciudad, con apenas cinco centavos en la bolsa y sin conocer nada ni a nadie.
El Rector era en aquel entonces don Ignacio de Alba, y al joven estudiante le tocaba recibir sus clases sentado sobre algunos bloques de cantera del que sería el Templo Expiatorio; algunas veces en la cripta, otras en la torre. Entre hospedaje aquí, comidas allá, clases acá, era un eterno recorrer la ciudad de una orilla a otra.
Afortunadamente, aquel peregrinaje concluyó cuando, junto con otros alumnos, fue enviado al recién inaugurado Seminario Interdiocesano de Montezuma, en Estados Unidos, gracias a una iniciativa de los Obispos mexicanos.

Los primeros discípulos allá

Recuerda que llegó la primera camada de seminaristas a esa nueva casa en agosto de 1937, y entre todos, talache y pala en mano, terminaron por acondicionar los rústicos espacios, allanando, entre otros, un espacio que dedicaron a campo de futbol.
Al terminar sus estudios, fue ordenado allá por el Obispo de Santa Fe, el 30 de marzo de 1941.

Otro gran signo

Precisamente ese mismo día, a la misma hora, con un clima lluvioso, pero 25 años antes, su tío Maximino había sido llevado al cementerio, y ahora él entraba al templo para cantar su Primera Misa. Era el día de San Pedro y San Pablo, 29 de junio de 1941, cumpliendo así, aquel muchacho “camisa dura”, lo vaticinado por su padrino, el Santo Cura Magallanes.
Su primer destino como sacerdote fue El Mezquital del Oro, Zac., a donde llegó el 16 de agosto de 1941. Ahí aprendió él solo, pues el Párroco había salido de vacaciones por dos meses, el abc del ministerio sacerdotal. El 16 de agosto de 1942 fue destinado a la Parroquia de San Pedro Apóstol, en Zapopan.

Una singular visita

En aquel tiempo, la venerada imagen de la Santísima Virgen de Zapopan salía de su Basílica para visitar todos los templos de la ciudad, pero se olvidaba de su propia Parroquia. Fue entonces que el Padre Humberto Miguel acudió a entrevistarse con el Padre Guardián para pedir que la visita zapopana llegara también a San Pedro; elevó su petición, asimismo, al señor Arzobispo Garibi Rivera e incluso al Superior Provincial de la Orden de Frailes Menores, hasta que al fin se aprobó su propuesta.
Su posterior destino sería Zapotlanejo, donde apenas duró siete meses, pues de ahí fue trasladado a Zapotlán el 20 de abril de 1950. Su párroco era don Adolfo Hernández Hurtado, futuro Obispo. Trabajó ahí incansablemente por la educación cristiana, pues alentó, al menos, 15 Centros de Catecismo. Como fruto de ese celo, el 3 de octubre de 1956, celebraría unas Primeras Comuniones extraordinarias, pues fueron 758 los niños que se acercaron a la Mesa Eucarística; no cabían en el templo. El desayuno que se les ofreció fue en el hotel más amplio de esa población, constituyendo una fiesta de verdad inolvidable.

Nuevo párroco

Por fin, en 1957, fue nombrado Cura de San Andrés Ixtlán, distinguiéndose por su labor encaminada a actualizar, religiosa y culturalmente, a su feligresía, pues la mayoría de ésta vestía y actuaba de manera muy primitiva.
Su destino siguiente fue la Parroquia de San Juan de Dios, a partir del 10 de agosto de 1961. Años después, un día celebró una ceremonia colectiva de matrimonios, gratuita, por él preparada, y formada por más de setenta parejas, a la cual invitó al Cardenal José Salazar López, quien, agotado de bendecir tantas uniones, llegó un momento en que dijo a los tres sacerdotes que lo auxiliaban: “Yo ya me cansé; ahí síganle ustedes”.
En 1975, pidió ser destinado a la Capellanía de La Inmaculada, donde llegó el 19 de marzo. El templo estaba casi abandonado. Al mes de su estancia, la encargada le dijo: “En caja tenemos 500 pesos. O se paga usted o me pago yo; no hay para los dos” Sin embargo, nada lo arredró; intensificó su labor con grande entusiasmo y rehízo el templo y su culto.
En 1995 le fue asignado el Templo de La Guadalupana, y en 1996 el señor Cura Ramiro Valdés Sánchez lo convidó a ejercer su ministerio en El Rosario. Ya para entonces la edad y sus achaques habían comenzado a minarlo. Empezó a enfermar de sus piernas, y el 1º de octubre de 2009, tras celebrar la Santa Misa, tuvo que ser conducido al Hospital, donde fue sometido a una urgente intervención quirúrgica, de la cual ya no pudo levantarse por su propio pie, quedando imposibilitado.
Hoy, desde su lecho, recuerda a Job y reflexiona que se le han asignado días de milicia y jornadas de soldado; y que desde esa perspectiva ha sabido vivir su sacerdocio, que vino a acabar confinado a un forzado retiro, en el silencio y la inmovilidad de su aposento.
Ahí ora, recuerda y agradece al Señor el don inmenso del sacerdocio, ejercido durante casi siete décadas continuas, que aguarda culminar siendo fiel y a la espera de la Vida Eterna.

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