Un santo de probada verticalidad
Publicado en web el 24 de Junio, 2010Muy estimados lectores:
El pasado 22 de junio, celebramos en la Iglesia a un santo muy especial; uno que tenía todo en contra para ser santo, pues era un hombre rico, abogado y políticamente encumbrado; sin embargo, fue un santo tan admirable, que nuestro querido Papa Juan Pablo II lo nombró Patrono de los Políticos.
Se trata de Santo Tomás Moro, quien fuera decapitado por órdenes de Enrique VIII en 1535; asunto éste muy conocido, y parte de la historia trágica tanto de la Iglesia como de Inglaterra.
El Rey inglés Enrique VIII, casado con la española Catalina de Aragón, tenía una hija, mas como Catalina no podía darle más hijos y él deseaba tener un hijo varón para que le sucediera en el Trono, entonces pidió al Papa que le dispensara su matrimonio con Catalina, que era válido. Empero, el Papa, obviamente, negó la dispensa, y entonces él decidió separase de Roma y autoproclamarse como cabeza de la Iglesia de Inglaterra; y ya como tal, decidió anular su matrimonio con Catalina y volver a contraer nupcias, primero con Ana Bolena y después con varias mujeres más, que de todas maneras no le dieron el hijo sucesor de la corona, salvo una, aunque el hijo murió a temprana edad.
Ante aquellos despropósitos reales, la mayoría de los Nobles y de los Obispos de Inglaterra, por miedo a este Rey, que era violento y vengativo, doblaron sumisos la cabeza, aunque entre todos los Prelados hubo uno, Juan Físher, el único que se opuso, y eso le costó morir como mártir, decapitado. Pero también su Primer Ministro y Canciller del Reino, Tomás Moro, si bien no lo hizo de viva voz y públicamente, mostró su desacuerdo, pese a la insistencia del Rey para que avalase su actitud; y ante ello, Tomás Moro dijo que prefería renunciar a la Cancillería y pasar a la vida privada.
Sin embargo, para el Rey era muy importante que su Canciller aprobase su conducta, pues su palabra tenía mucho peso en Inglaterra, ya que era reconocido como un varón prudente, piadoso, recto, sabio y alegre, y como tal tenía mucho ascendiente entre sus congéneres. De ahí, pues, que el monarca considerase de grande importancia contar con su asentimiento.
No obstante, Tomás Moro persistió en su actitud inflexible guardando un silencio reprobatorio.
Ante esto, el Rey, irritado, mandó que fuera juzgado por desacato real, y una vez condenado por un Jurado sumiso, él mismo firmó inclusive la sentencia de muerte. Entonces sí, una vez emitido el inapelable veredicto, Tomás Moro, ante el Parlamento, se sintió libre para externar su juicio, afirmando que la cabeza de la Iglesia, por mandato de Cristo su Fundador, únicamente correspondía al Romano Pontífice como Sucesor de San Pedro, y por lo tanto Enrique VII, al haberse autonombrado cabeza de la Iglesia de Inglaterra, tan sólo por disolver el lazo de su matrimonio legítimo, había incurrido en un acto de rebeldía contra la Santa Sede de Roma, y su unión con Catalina de Aragón seguía siendo la única válida y reconocida.
Ante tal contumacia, no hubo más que ejecutar la sentencia; lo hicieron subir al cadalso, y el verdugo le cercenó la cabeza.
¿Qué perdió este hombre por ser fiel a sus convicciones, fiel a la Iglesia y fiel a su fe en Cristo? Pues, por principio de cuentas, perdió su alto cargo y prebendas; luego, su libertad, pues estuvo preso en la célebre Torre de Londres; posteriormente perdió el contacto con su familia, pues no le permitieron volver a verla, a menos que se retractase de su actitud, ante lo cual sufrió incluso la presión de su esposa, quien le pedía que aprobase la decisión real, aunque fuese de dientes para afuera, a lo cual él nunca accedió; y finalmente, perdió la vida. O sea, que optó por perderlo todo, antes que la fidelidad a sus convicciones religiosas. Por eso está considerado como un Confesor de la Fe y un Mártir ejemplar, dentro de la Historia Universal y del Santoral Cristiano.
De ahí que el Santo Padre Juan Pablo II, como les indiqué antes, lo nombrara Santo Patrono de los Políticos, porque en él se encuentra el máximo ejemplo de coherencia de pensamiento, de honestidad, de hombría, de desprendimiento, de sinceridad; esas virtudes que tanto echa uno de menos en la mayoría de aquéllos que integran los gobiernos de ciudades y países, y con las cuales podrían conducirlos siempre por el buen camino.
Por ello cabría exhortar a nuestros políticos, con motivo de la celebración de su Santo Patrono, a que se encomienden a él y le pidan que les ayude a entender un poco lo sustancial de este quehacer, que es velar por el bien de los pueblos; que es dar ejemplo de honradez; que es conducirse siempre bajo la guía de la verdad, de la justicia, de la concordia y de la paz.
Que Dios los bendiga a todos.
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