Dificultades en la oración del sacerdote
Publicado en web el 22 de Julio, 2010
Mons. Miguel Romano Gómez
Obispo Auxiliar de Guadalajara
Si asentimos que la oración no puede considerarse como un añadido a nuestra actividad pastoral, sino como el compromiso primero e indispensable de ella; si reconocemos que la oración es una respuesta al Amigo que se nos dona totalmente, y en la cual nuestra vida sacerdotal encuentra su dinamismo y cohesión; si la oración es, primordialmente, una gracia que Cristo no niega a quien humildemente se la pide, entonces, ¿por qué se abandona fácilmente la oración?, ¿por qué se ha convertido, para algunos, en una gravosa obligación?, ¿por qué existen sacerdotes que han dejado de orar?
Las respuestas a estas preguntas pueden ser tantas como las posibilidades de nuestra frágil libertad. Sí, no olvidemos que, si bien la oración es una gracia, también es una responsabilidad, y es aquí donde entra en juego nuestra libertad. La oración, como toda gracia, es un don de Dios que implica nuestra libre adhesión y correspondencia a ella. Sin embargo, aunque pueden ser muchas las respuestas a esas preguntas, se percibe que cuando el sacerdote abandona la oración es porque le ha faltado tomar en cuenta varias advertencias que los grandes maestros de la vida espiritual nos han legado.
Valiosas consideraciones
Comencemos por señalar que muchas veces se da por supuesto que sabemos orar, porque creemos haber aprendido, durante la vida del Seminario, mediante algunos Cursos o Talleres, a hacerlo. En tal caso, podríamos decir que conocemos ciertas técnicas de oración, pero no necesariamente eso equivale a decir que sabemos orar. Tampoco puede darse por supuesto que sabemos orar como conviene, porque durante años hemos dedicado tiempo a ella. En realidad, nunca podremos decir que ya sabemos lo suficiente acerca de la oración, pues es algo que se aprende día a día, como el discípulo que está a los pies del Maestro, quien le descubre, a diario, una parte de la verdad, una parte de su Corazón.
Cuando nosotros, al iniciar la oración litúrgica, decimos y respondemos: “Dios mío, ven en mi auxilio. Señor, date prisa en ayudarme”, reconocemos que necesitamos, siempre, la ayuda de Dios para orar, pues, en el fondo, no sabemos. Esto nos recuerda que es el Espíritu del Señor el gran protagonista de nuestra vida espiritual; Él es quien lleva la iniciativa, y quien viene en apoyo de nuestra debilidad (Cf. Rm 8, 26).
Si nos abrimos a la gracia de la oración con humildad, podremos reconocer que los frutos de ella no pueden medirse, ni por nuestro esfuerzo ni por las consolaciones que en ella recibimos. La oración no se basa en el sentimiento ni se forja con la sola voluntad, porque es don. Sin embargo, al orar, nos ayudaría mucho tener en cuenta aquello que recomendaba San Pedro de Alcántara: “Y aunque no halle gusto en estos ejercicios, no me desista de ellos, porque no se requiere que sea siempre sabroso lo que ha de ser provechoso.”
Saludable para los momentos difíciles
Nunca ha sido recomendable abandonar la oración, en ninguna circunstancia, y mucho menos, cuando nos vemos atribulados.
El sacerdote que ora debe tener presente que pueden presentarse momentos de sequedad, aridez o desolación. Este estado, como señala San Ignacio de Loyola, puede tener varias causas: por una parte, puede ser consecuencia de nuestra tibieza o negligencia en nuestra vida interior; pero también, pueden ser momentos de prueba de parte de Dios, que quiere conocer hasta qué punto nos esforzamos en entrar en su intimidad sin sentir su ayuda; o incluso, estos momentos difíciles pueden ser enviados para que reconozcamos que la oración no se forja por el propio esfuerzo, puesto que todo es gracia y don de Dios. Ante estos casos, es menester pedir humildemente la gracia de la oración, al igual que hacerse acompañar por el Director Espiritual, quien, con el auxilio de Dios, nos ayudará a superar las pruebas.
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