5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Palabra del Pastor | Edición:

La acción social de la Iglesia

Publicado en web el 22 de Julio, 2010

Muy estimados lectores:
Este domingo pasado dio inicio en Santo Domingo, República Dominicana, una reunión más de la Fundación Populorum Progressio, cuyos trabajos se prolongaron hasta el 23 de julio.
La Fundación Populorum Progressio (Desarrollo de los Pueblos) tomó tal nombre de una Encíclica de contenido social, que promulgara el Papa Paulo VI, aunque fue su sucesor, Juan Pablo II, quien le dio impulso y la concretó a través de una Fundación en favor de los pobres de América Latina, a fin de ofrecerles apoyo económico, aunque fuese muy modesto, sobre todo a miembros de las etnias indígenas, a campesinos pobres de zonas subdesarrolladas, semidesérticas, apartadas y sin comunicaciones, así como a los habitantes de zonas periféricas de las grandes urbes; gente tradicionalmente olvidada, explotada y económicamente deprimida en los países de la América nuestra.
Y, para lograr que la ayuda ofrecida por esta Fundación pontificia llegue a sus manos, se creó un proceso muy interesante, que consiste en hacer llegar las peticiones de ayuda a través del Obispo del lugar; luego éstas se envían a la Secretaría de la Fundación, que las clasifica, y se conservan para ser entregadas y puestas a la consideración de un Consejo de Administración, integrado por seis o siete Obispos latinoamericanos, entre ellos su servidor, quienes conocemos muy bien la situación económico-social de nuestros pueblos y, por lo tanto, podemos calificar, aceptar o rechazar las peticiones o proyectos.
Generalmente, estos proyectos, modestos y bien planteados, giran alrededor de la autogestión; esto es, no se proporcionan recursos económicos para solucionar problemas inmediatos de alimentación, medicamentos, viajes o empleos, sino para apoyar a grupos o comunidades a salir adelante mediante su propio esfuerzo; por ejemplo: plantar un huerto de árboles frutales, cultivar un campo de hortalizas, criar peces o cualquier tipo de animales productivos; o bien, ayudarles a fundar una pequeña cooperativa de venta y consumo, montar un tallercito, etcétera. Lo que se busca es que el proyecto esté bien planteado y sea viable, pues de ello dependerá su aprobación o rechazo.
La ayuda que proporciona esta institución puede llegar hasta los diez mil dólares a fondo perdido; es decir, son regalados, no prestados, pero los beneficiarios tienen la obligación de informar después, a la Fundación, sobre la evolución y destino del fondo entregado. Si se hace caso omiso de este informe, entonces la Diócesis ya no podrá presentar nuevas peticiones ni proyectos.
Quienes integramos el Consejo examinamos, cada año, aproximadamente unos 250 proyectos, y aprobamos alrededor de 200. En ellos se reparten anualmente poco más de dos millones de dólares, que no es mucho para las necesidades que hay en todo un Continente, pero es como una gota de agua en el enorme desierto de pobreza y necesidades que aquí existen. Eso lo sabía el Papa, pero su intención, además de ofrecer esa mínima ayuda, fue poner un ejemplo de cómo se puede y se debe apoyar el desarrollo de los más menesterosos, a quienes sí se les puede ofrecer dinero o ayudas en especie, que es un acto de cristiana caridad, sobre todo si se trata de hermanos enfermos o ancianos, incapaces de trabajar y de valerse por sus manos; pero no a quienes, aun siendo pobres, están en plenitud de facultades y son aptos para valerse por sí mismos, a los cuales se les puede financiar modestamente para que con sus propios esfuerzos y talento salgan adelante y traten de mejorar su situación económica.
Hay muchas personas con posibilidades de hacer algo semejante; yo no digo que instituyendo una Fundación como la Populorum Progressio, pero sí ofrecer apoyo a su prójimo en este sentido; por ejemplo, obsequiándole una máquina de coser a una mujer desamparada y pobre, con conocimientos de costura, para que pueda trabajar desde su casa y obtenga así recursos.
Este ejemplo papal fue seguido aquí en Guadalajara, donde, entre los frutos de la feliz celebración del 48º Congreso Eucarístico Internacional de 2004, se concretó mediante una pequeña Fundación de ayuda a nuestros hermanos más necesitados, bajo el nombre del primer Cardenal mexicano, “José Garibi Rivera”, la cual, como la Populorum Progressio, ha venido impulsando también, hasta hoy con muy alentadores resultados, pequeños proyectos de autogestión presentados por grupos o personas con iniciativa y empeño de salir adelante y superar sus limitaciones económicas.
Hay, pues, diferentes maneras de ejercer la caridad cristiana y de mostrar nuestra solidaridad con nuestros hermanos menos favorecidos, y cada quien podemos y debemos hacerlo de acuerdo a nuestras posibilidades.

Que Dios los bendiga.

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