5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783

La Capitulación de Mezcala

Publicado en web el 8 de Julio, 2010

29Paulina Carvajal de Barragán

A principios de 1816, Maguna fue sustituido por el Capitán de Marina José Narváez, y quedó al frente de las fuerzas terrestres Manuel Pastor, quien era visitado una o dos veces por mes, por el Mariscal José de la Cruz.
A pesar de la superioridad de sus fuerzas, el gobierno virreinal no podía dominar a los insurgentes y, al no aceptar éstos el nuevo ofrecimiento de indulto, el General Cruz, en un intento desesperado, dispuso acabar con todo
lo que pudiera hallarse a su alcance, empezando por arrasar los sembradíos en toda la orilla del Lago de Chapala; a quemar y a destruir los ranchos, los depósitos de cereales y los centros de producción y de comercio.
Para hacer más angustiosa la situación de los insurgentes, una terrible epidemia invadió la Isla de Mezcala, causando grandes estragos. Los hombres no podían hacer el servicio de canoas; los víveres disminuían cada día, y para octubre, no tenían qué comer. Los realistas esperaban pacientemente.
Santa Anna, consciente de su responsabilidad ante aquella situación, acompañó al emisario hasta la barca que lo había traído y le preguntó qué castigo le daría Cruz si fuera a hablar con él sobre una posible capitulación.
Al asegurarle que no habría ninguna represalia, se concertó una entrevista para el día siguiente y quedó convenido que al amanecer vendría una embarcación para llevarlo a entrevistarse con José de la Cruz.
Mas, antes de salir hacia el pueblito ribereño de Tlachichilco, habló con aquellos héroes moribundos y les comunicó su resolución de entrevistarse con Cruz para conocer las seguridades que se ofrecían para todos, pues consideraba que era casi imposible sostener por más tiempo la lucha, ya que carecían de víveres, y los hombres disminuían por el hambre y la epidemia que los asolaba.
José de la Cruz lo recibió con atenciones, comprometiéndose a entregarles los pueblos reedificados, bueyes y semillas para la labranza, y todo lo que les fuera necesario. Se les administrarían los Sacramentos gratuitamente y serían tratados con respeto y consideración.
Santa Anna volvió a la isla y comunicó al Padre Marcos Castellanos, en privado, el resultado de la entrevista, pidiéndole que fuera él quien decidiera lo que debía hacerse. Consideraron la imposibilidad de seguir en la lucha, en las
circunstancias en que se encontraban, y decidieron aceptar las condiciones ofrecidas.
La madrugada del 25 de noviembre, sin comunicarlo a los insurgentes, el Padre Castellanos, José Santa Anna y un soldado partieron para entrevistarse con José de la Cruz.
Después de una larga conversación, se firmó la capitulación.
Los jefes insurgentes se comprometían a entregar la isla, y el Brigadier de la Cruz les garantizaba la vida, la libertad y la seguridad personal para cada uno; la devolución de sus pueblos y sus casas reedificadas; la exacción de tributos; la repartición de un buen número de bueyes y tierras para labranza.
Al Padre Castellanos le ofreció un curato -que hoy sabemos fue el de Ajijic- y a José Santa Anna lo nombró Gobernador de la isla.
El 25 de noviembre de l8l6 -aproximadamente a las diez de la mañana- se firmaba el histórico acuerdo. Después se hizo la entrega oficial de la isla. Los insurgentes, cansados y enfermos, por una parte, y sumisos a sus caudillos, por la otra, no opusieron resistencia alguna. A las dos de la tarde, José de la Cruz tomaba posesión de la Isla de Mezcala.
¡Se cerraba, así, uno de los más heroicos episodios de la Guerra por la Independencia de México!

DON ANTONIO RUIZ

El nombre de este presbítero del Clero de Michoacán nunca lo llevarán poblaciones, plazas o calles. Y no es porque le faltasen méritos, sino por ser, su causa, una más entre la interminable lista de héroes anónimos. Nos consta que luchó en pro de un ideal y que fue arrollado por sus adversarios. Casi nada sabemos de su vida antes de 1810; aunque sí, que nació alrededor de 1748 y, no obstante su edad sexagenaria, siguió al Cura Miguel Hidalgo apenas comenzada la lucha por la emancipación. Fue hecho prisionero junto con los principales jefes del Movimiento y el grueso del Ejército insurgente en Acatita de Baján, el 21 de marzo de 1811; remitido a Parras, pasó luego a Durango, y en 1813 aún seguía en la cárcel.
De su reclusión, él mismo nos da cuenta, en la doliente prosa de esta petición dirigida al Gobernador de esa Intendencia, fechada el 23 de diciembre de 1812, donde dice: “…[en] el tiempo de año y medio dos meses que me hallo preso en la cárcel de San Francisco, sufriendo los rigores de un calabozo y diez meses de prisión de grillos, hasta habérseme hinchado los pies, por lo que, con parecer del facultativo, se me quitó este peso mediante la piedad de vuestra señoría, seguí con el tormento de la terrible obscuridad de día y de noche, falta de comunicación que suele aliviar las penas de un afligido, el continuo sombrío sin tener un rato de sol, el temperamento contrario a mi salud, y lo que es más, una avanzada edad de 64 años, juntándose a ésta una suma indigencia que, como en tierra ajena, sin deudos ni conocimiento alguno, me veo precisado a comer de plaza, cuyos alimentos en vez de nutrir destruyen mi naturaleza, destruyéndola con continuas enfermedades de que adolezco a cada paso: juntándose a todo esto la continua memoria del total desamparo de mi familia, que me pone en términos de acordarme que soy cristiano”.

Así se expresaba al solicitar el indulto, que le fue denegado. No sabemos más de él. Seguramente murió a consecuencia del brutal trato recibido.

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