5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783

La conquista del poder

Publicado en web el 1 de Julio, 2010

29Comisión Editorial para el Bicentenario

La “Bola” comenzó el 26 de marzo de 1913. El General Venustiano Carranza Garza, que ya operaba en contra del Presidente Francisco I. Madero González, al verse “madrugado” por Victoriano Huerta, enarboló la bandera del maderismo y lanzó un Plan en la Hacienda de Guadalupe, en Saltillo, que por lo mismo se llamó “Plan de Guadalupe”, desconociendo a los tres Poderes de la Federación y dando origen a una guerra civil en contra de Huerta. A esta iniciativa se unieron otros líderes de los Estados de Sonora y Chihuahua, conformándose lo que se llamaría en delante “el Ejército Constitucionalista”, ya que su objetivo era restablecer el orden constitucional.
Derrotado Huerta en julio de 1914, Carranza convocó una Convención “Republicana”, en la Ciudad de México, que dio inicio el primero de octubre, y que luego fue trasladada a Aguascalientes con el ánimo de atraer a villistas y zapatistas, resentidos por varios motivos, pero que efectivamente participarían en Aguascalientes.
En las primeras sesiones de dicha Convención, efectuadas en México, Carranza dimitió el poder, para ser de nuevo confirmado en él, y enseguida, ya en Aguascalientes, ser de nuevo removido, pero en definitiva, eligiéndose como Presidente a Eulalio Gutiérrez, lo cual molestó a Carranza, quien decidió desconocerlo, denominándolo Presidente “espurio”. El argumento de Carranza era que la Convención de Aguascalientes había estado manejada por los villistas; éstos, en cambio, reclamaban el hecho de que, a la caída de Huerta, los carrancistas hubiesen sido excluidos de los llamados Acuerdos de Teoloyucan. En tanto, los zapatistas, que tampoco habían asistido a la Convención en México, reclamaban la ausencia de reformas sociales en el Plan de Guadalupe.
A partir de diciembre de 1914, Carranza declaró la guerra al General Francisco Villa, reformando el Plan de Guadalupe, al cual añadió algunas cláusulas referentes a las reformas sociales que requería el país y que no habían sido consideradas en la primera formulación, así como varios Artículos relativos a la ampliación de Poderes en favor de Carranza; en tanto, seguía su curso la guerra civil que había declarado al desconocer los Acuerdos de la Convención de Aguascalientes.
La voz del pueblo, en lo que se refiere a Guadalajara, fue bastante asertiva en todo este asunto, hasta el punto de crear un nuevo verbo para la lengua española local: el verbo “carrancear”, que significa, simplemente, robar, pues eso es lo que hicieron en la Capital de Jalisco las huestes de don Venustiano. Eso fue lo que vio y vivió aquella gente, y ese fue, por lo mismo, su atinado juicio.

Don Antonio Correa

Con los parámetros maniqueos usados por la historiografía oficial, que separaba a ‘revolucionarios’ de los ‘reaccionarios’, nunca se hubiera endilgado este epíteto al señor Canónigo Antonio Correa (1876-1962), puesto que como ningún otro, y por sobrados motivos, como lo veremos, merecía el nombre de revolucionario y no de reaccionario.
Fue un apóstol apegado a las enseñanzas del Papa León XIII, activista, quien supo hablar de amor al prójimo pero también reclamar justicia, teniendo como punto de partida la organización de agrupaciones y la formación social, según han escrito de él historiadores más sensatos.
Hijo de un escribano y funcionario público, del que quedó huérfano a temprana edad; primo hermano del literato y político Eduardo J. Correa (1874-1964), fue presbítero del Clero de Guadalajara desde 1898. Formó parte de una brillante generación, donde destacaron luminarias tales como Cristóbal Magallanes Jara, Pascual Díaz Barreto, Miguel M. de la Mora y Alfredo R. Placencia Jáuregui; sirvió como Vicario en la Parroquia de Tequila y del Santuario de Guadalupe; tuvo a su cargo, por varios años, el Santuario de San José de Gracia, y fue Promotor y Asistente Eclesiástico de los Operarios Guadalupanos, Asociación creada en 1909, a la cual pertenecieron los más destacados líderes del catolicismo social en Jalisco, como Nicolás Leaño o Alfredo Morfín Silva.
Entre las asociaciones de su género en México, los Operarios alcanzaron un primer rango en toda la República. Siendo muy cuidadosos en la selección de sus aspirantes, su propósito no era convertirse en líderes de masas, sino difundir, promover y organizar a los obreros en sindicatos. Sin embargo, su cumbre en la acción social sería en el terreno del mutualismo, gracias a la Sociedad de Obreros Católicos de la Sagrada Familia y Nuestra Señora de Guadalupe, de la Parroquia a cargo del señor Cura Correa; organizaciones de las que formaron parte miles de hombres y mujeres. Entre los años 1911 y 1912, los de la efímera flama democrática, otros clérigos como Miguel M. de la Mora, Miguel Medina Gómez, José María Robles, Basilio Gutiérrez y Vicente M. Camacho, formaron parte, asimismo, de las huestes de los Operarios. Algunas de las obras concretas desprendidas de este empuje social fueron el Orfanatorio de Santa Catalina y el Hospital Guadalupano, que tuvieron como Director al propio Padre Correa, y como facultativo Director, al médico y candidato a Diputado Federal por el Partido Católico Nacional, don Luis F. Romo.
A don Antonio le tocó sufrir los primeros brotes del rampante anticlericalismo de 1914, como represalia, por parte del Gobierno encabezado por José López Portillo y Rojas, a consecuencia del Homenaje a Cristo Rey, del 11 de enero de 1914, bajo el cargo de alterar las Leyes de ‘Reforma’, y sufrir el peor de los tratos por parte de los carrancistas, ya que, al apoderarse de la Capital de Jalisco el 8 de julio de 1914, sitiaron el Curato del Santuario para aprehender al Padre Correa. Su primo Eduardo lo había vaticinado, advirtiéndole oportunamente que su vida corría peligro, pues se le profesaba un odio reconcentrado, debido a sus “trabajos para salvar a los obreros de las garras del socialismo y la impiedad”.
Por un lapso de cinco años vivió recluido en una modesta vivienda de la Calle de Guillermo Prieto, ocupándose en actividades artesanales y artísticas. Ya prescritas las acciones legales en su contra, fue nombrado Canónigo Penitenciario y Secretario de Cámara y Gobierno de la Curia Arzobispal, en 1919. A fines de ese año, se hizo cargo de la asistencia del Círculo Central Femenino, en sustitución del Canónigo don Luis Navarro, recién fallecido; y a la muerte de éste, el Padre Antonio Correa, por escalafón, llegaría a ser el Deán del Cabildo Eclesiástico.
Construyó tres templos: La Inmaculada Concepción, el Perpetuo Socorro y El Tepeyac, en la Colonia La Guadalupana, de la que fue promotor, en beneficio de los obreros.
Como ministro sagrado, le distinguió su elocuencia en el púlpito y su ardorosa devoción a la Divina Providencia y al Sagrado Corazón de Jesús; fundó la Corte de Honor de Santa María de Guadalupe y la Asociación de Hijas Cristianas; asimismo, promovió las Conferencias de San Vicente, benéfica sociedad asistencial de su tiempo. Murió en Guadalajara, en 1962.

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