5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783

La Guerra de Independencia, de 1811 a 1815

Publicado en web el 29 de Julio, 2010

29Comisión Editorial para el Bicentenario

A la muerte del Cura Miguel Hidalgo y Costilla y de los primeros insurgentes, mantiene y continúa la lucha el Padre José María Morelos y Pavón, Párroco de Carácuaro, del Obispado de Michoacán.
En esta segunda etapa, se han identificado cinco campañas, desarrolladas de manera preponderante de la Marca de Michoacán hasta Oaxaca, por la banda del Océano Pacífico, y a lo largo de éstas se destaca la figura extraordinaria de Morelos en varios aspectos:
1º A diferencia de Hidalgo, él se ha preocupado desde el principio por la formación de un ejército de línea.
2º En todo momento, ha mostrado una gran distancia con respecto a títulos y honores.
3º Ha evitado, a toda costa, las venganzas raciales.
4º Frecuentemente se muestra magnánimo, perdonando la vida a quienes han sido sentenciados a perderla.
5º Muy pronto ha dejado en el olvido la causa inicial, favorable al Rey Fernando VII, declarando explícitamente la Independencia del territorio con respecto de España.
6º En consecuencia, ha dado los pasos necesarios para organizar un nuevo país con un sistema republicano sujeto a la división de poderes y a leyes justas que garanticen su prosperidad.
Ya desde su primera campaña establece algunas normas generales que prefiguran el espíritu que le guía:
Cuidar los bienes de la Iglesia Católica.
Evitar el ataque con fuerzas inferiores al enemigo.
Castigar cualquier intento de guerra de castas y los pecados públicos.
Observar el escalafón militar por méritos.
Obrar en armonía consultando en casos difíciles.
Reiterar la medida dictada por Hidalgo en Guadalajara, de establecer nuevo Gobierno en manos de los americanos; es decir, de todos los nacidos en la Nueva España.
Suprimir el tributo, la esclavitud, las cajas de comunidad, las deudas a peninsulares y el monopolio de la pólvora.
No obstante la calidad moral del líder, en este período se dan, igualmente, diversos antagonismos dentro del grupo insurgente. La Constitución del Congreso de Chilpancingo, en julio de 1813, será, en parte, una carga difícil de llevar para el propio Morelos, a quien los integrantes de dicha Junta lo mismo entorpecen que utilizan, generando turbulencias perjudiciales para la causa. Es en esta misma segunda etapa cuando se produce un documento muy importante para el futuro país: la Constitución de Apatzingán, publicada el 22 de octubre de 1814.

Antonio Pérez Alamillo

Muchos años antes (casi 20) del levantamiento armado que encabezara Miguel Hidalgo en su comunidad parroquial de la Congregación de los Dolores, hubo acciones enérgicas, que recurrieron a la sedición, igualmente encabezadas por Presbíteros del Clero Secular. Que no tuvieran éxito, no justifica mantenerlas, como hasta la fecha se hace, en el total anonimato. Veamos el caso de un sacerdote que actuó en colaboración con un movimiento separatista fomentado por el clérigo italiano Antonio Bonavista, oriundo de Córcega, quien desembarcó en Veracruz a fines del Siglo XVIII en calidad de Capellán Militar, pero cuyas ideas estaban del todo impregnadas con el ideario de la Revolución Francesa. De allí que se le considerara simpatizante del grupo apodado de los ‘afrancesados’ y difusor de las ideas de Voltaire y Rousseau.
Antonio Pérez Alamillo nació en la Ciudad de México en 1753; formó parte del Clero de esta Arquidiócesis y debe tenérsele como precursor de los ideólogos y de los caudillos que tomaron parte en el proceso por emancipar estas latitudes de España. Su formación académica fue intensa y esmerada, habiendo cursado estudios en los Colegios de San Pedro y San Pablo, La Merced y San Ildefonso. Siendo nahuatlato, pudo aspirar a hacerse cargo de alguna de las numerosas Parroquias de feligresía india que usaban ese idioma para comunicarse entre sí. Vivió por temporadas en Jalatlaco antes de ordenarse presbítero, y ya con el orden sagrado, fue Vicario en la Parroquia de Xintepec, donde sustituyó al Cura propietario, el doctor Esquivel, nombrado Canónigo de Durango. En Tlalpan se desempeñó también como Vicario, y de allí pasó a las Parroquias de Zihuateutla, en la Sierra Baja, Lolotla en la Sierra Alta, y Otumba, destino, este último, donde era Párroco y Juez Eclesiástico, y donde se interesó en provocar un levantamiento indígena.
Denunciado por esto, se le puso a disposición del Tribunal del Santo Oficio en 1794; entre los cargos en su contra figuraba el negar las Apariciones de la Virgen de Guadalupe y un milagro atribuido a la imagen mariana de Nuestra Señora de los Ángeles; sin embargo, lo que más afectó a su causa fue el haber afirmado que “…los franceses tenían motivos suficientes para haber hecho lo que hicieron”, aludiendo, claro está, a la Revolución iniciada cinco años antes. Encontrado culpable, se le confinó en las cárceles secretas de la Inquisición, donde se pierden noticias suyas.

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