La Revolución, desde la memoria social tapatía
Publicado en web el 22 de Julio, 2010
Comisión Editorial para el Bicentenario
Guadalajara, que había vivido con entusiasmo el triunfo de don Francisco I. Madero González, miró con asombro la noticia de su asesinato, y pronto experimentó las consecuencias de la guerra de caudillos que tal suceso produjo.
En la memoria social de la ciudad, la serie de hechos que los historiadores de hoy llaman simplemente la “Revolución Mexicana”, es recordada como una etapa turbulenta, anárquica y altamente amenazante para la vida, la integridad moral y los bienes materiales de las personas, lo mismo pobres que ricas. Apenas habrá quienes puedan citar los grandes ideales que hoy se atribuyen a esa lucha, no porque no hubiesen existido, sino porque simplemente no eran del conocimiento de la ciudadanía en general, máxime que el ideal original, que sí fue conocido de todos, se supone que ya había sido alcanzado con la renuncia del presidente Porfirio Díaz Mori y el triunfo democrático de Madero.
La gente temía de los “revolucionarios” varias cosas, en orden a lo que efectivamente estaba pasando: que se llevaran a sus hijos a la tropa (lo que se llamaba “leva”), acción que se imponía de manera violenta sin que mediara escape, a no ser que la familia tuviese el suficiente dinero para pagar el rescate o alejar a los hijos del riesgo. Que abusaran de sus hijas, a las que, por lo mismo, escondían hasta dentro de los pozos de agua apenas se sabía que tal o cual ejército llegaba a la ciudad. Que robaran sus muchos o escasos bienes, lo cual motivaba igualmente la búsqueda de escondites, origen de lo que posteriormente se llamaría “entierritos”. Que los padres de familia fuesen secuestrados por la tropa con el fin de exigir rescates que no siempre estaban en condiciones de pagar. Que la prolongación de las luchas acabara de arruinar las fuentes de trabajo y el trabajo mismo, produciéndose hambrunas, como de hecho las hubo.
Lo que la gente no esperaba era que esta turbulencia diera ocasión para desatar actos vandálicos en contra de su religión, como hicieron particularmente elementos de las tropas carrancistas, los cuales se granjearon una seria animadversión, que duraría por decenios, pasando de una a otra generación, porque en Guadalajara los “revolucionarios” carrancistas fueron en realidad ladrones que atropellaron innecesariamente las creencias religiosas de la Sociedad, desde el momento mismo en que convirtieron en cuartel y establo la misma Catedral.
El doctor don Faustino Rosales
Tres notas distinguen, entre los de su generación, al Presbítero don Faustino Rosales: su sólido compromiso con la acción social católica, su interés para redimir las condiciones de vida de los asalariados y de los obreros, y su talento natural como organizador; todo lo cual puso en práctica en los años inmediatos y posteriores al régimen político encabezado por el militar oaxaqueño Porfirio Díaz.
Oriundo de Autlán de la Grana, donde nació en 1865, Rosales fue alumno del Seminario de Guadalajara y obtuvo las borlas de Doctor en Teología por la Academia Pontificia, establecida en ese plantel durante algunos años. Formó parte de esa generación de eclesiásticos de entre siglos (el XIX y el XX), muy interesados en poner en práctica las recomendaciones de la Carta Magna del catolicismo social, la Rerum Novarum, Encíclica del Papa León XIII.
Siendo Maestro y Vicerrector del Seminario, fundó en el plantel levítico la Academia de Estudios Filosóficos y Teológicos “Santo Tomás de Aquino”; entre 1895 y 1900 se hizo cargo de la Parroquia de Teocaltiche, recibiendo casi con ella, en calidad de Capellán de una de las comunidades a su cargo, al recién ordenado y futuro Santo Mártir, Julio Álvarez Mendoza.
Como sociólogo -según se llamaba entonces a los activistas de la cuestión social-, don Faustino veló sus armas durante el Segundo Congreso Católico Nacional y Primero Eucarístico, sostenido en Guadalajara en 1906, donde expuso el tema “Las obligaciones de los patrones, de atender física y moralmente a las necesidades de los trabajadores”, analizando, en términos de Moral, las tres doctrinas del salario justo.
Por ese tiempo, don Faustino, siendo ya Párroco de la populosa comunidad de San José de Analco, circunscripción al Oriente de la Capital de Jalisco, riachuelo de San Juan de Dios de por medio, en la que se ubicaba el mayor número de alcaicerías, cantinas y lupanares de la ciudad, auspició la creación de la Sociedad Mutualista de Obreros de Señor San José, presidida por el Ingeniero Nicolás Leaño, la cual llegó a tener al menos dos centros filiales en los Templos de Las Capuchinas y de La Santísima Trinidad.
Siendo ya Provisor de la Curia y Canónigo Lectoral (1907) del Cabildo Eclesiástico de Guadalajara, lo vemos, en 1909, presidiendo la Liga Eucarística, y junto con el seglar Arnulfo Matute, secretario de ésta, y en representación de este grupo, darse de alta como socios colectivos de la asociación social más importante de la arquidiócesis: los Operarios Guadalupanos, y también, actuando como Vicepresidente de la Asociación de la Buena Prensa, recién creada por el Arzobispo tapatío, José de Jesús Ortiz y Rodríguez.
En 1913, al lado de figuras de la talla de don Librado Tovar, don Antonio Correa, San Cristóbal Magallanes Jara -del que fue mentor- y el Siervo de Dios Silviano Carrillo, don Faustino formó parte de una Sociedad Mutualista eclesiástica, denominada La Divina Providencia, cuya motivación principal era dar testimonio de “que así como trabajaban para que otros se ayudaran entre sí, ellos, los sacerdotes, daban el propio “ejemplo de caridad a los fieles ayudándonos mutuamente”.
El 19 de julio de 1914, saliendo del Coro catedralicio, fue aprehendido, junto con tres canónigos más, y recluido en la Penitenciaría del Estado, en uno de los actos vejatorios en contra del Clero más bochornosos de la historia de México.
Don Faustino sobrevivió a la etapa más cruenta de la persecución religiosa en México, pues murió el 6 de julio de 1934, frisando la edad septuagenaria.
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