5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Palabra del Domingo | Edición:

La visita del Señor

Publicado en web el 15 de Julio, 2010

35Juan López Vergara

Nuestra Madre Iglesia nos ofrece para este domingo un texto bellísimo, exclusivo del Tercer Evangelio, que rememora una grata y aleccionadora visita amistosa del Señor Jesús al hogar de un par de hermanas muy queridas por Él (10, 38-42).

La concretez de la Encarnación
El evangelista, artista consumado, suele mostrar sumo cuidado al escoger cada palabra, elaborar cada frase y, por supuesto, situarla justamente donde considera que debe encajar. En el texto griego, vemos que Jesús iba de camino con un grupo de sus seguidores, cuando de repente se separó de ellos y entró solamente Él en un pueblo para hacer una visita, y una hacendosa mujer, de nombre Marta, lo hospedó en su casa (véase v. 38). La amistad implica confidencia, intimidad compartida. Jesús contó con amigos. Tuvo la revelación de la amistad. San Lucas permite, así, apreciar un hermoso rasgo de la concretez de la Encarnación al presentarnos a Jesús anhelante por compartir su cariño personal y su Proyecto de Vida con dos de sus más cercanas amigas.

La atenta discípula
San Lucas, enseguida, describe la contrastante actitud de aquellas hermanas en torno a la visita de su amigo: Marta, atareada preparando todo, mientras que María “se sentó a los pies de Jesús y se puso a escuchar su palabra” (vv. 39-40a). ‘Estar a los pies’ es una expresión técnica para indicar el discipulado, como constatamos en la formulación que el evangelista hace de San Pablo cuando declaró: “Yo soy judío, nacido en Tarso de Cilicia, pero educado en esta ciudad, instruido a los pies de Gamaliel” (Hch 22, 3). María mantiene su espíritu despierto para poder escuchar al Señor, quien la rescata de la simple rutina conduciéndola por el Camino de la Verdad. La aceptación de María como discípula es un rasgo extraordinariamente original del Señor Jesús, pues los rabinos no solían enseñar a las mujeres (compárese Lc 8, 1-3).

¡Qué afable reprensión!
Marta, haciendo gala de su nombre, que en arameo significa ‘señora’, se molestó porque su hermana no la apoyó en sus menesteres; pero sorprende que en vez de reclamárselo directamente a María, se dirigió a Jesús y hasta le ordenó lo que debía hacer: “Señor, ¿no te has dado cuenta de que mi hermana me ha dejado sola con todo el quehacer? Dile que me ayude” (v. 40b). Entonces, Jesús, el Señor, contestó a su amiga, repitiendo tiernamente su nombre: “Marta, Marta, muchas cosas te preocupan y te inquietan, siendo así que una sola es necesaria. María escogió la mejor parte, y nadie se la quitará” (vv. 41-42). La repetición del nombre es un giro idiomático que manifiesta una suave corrección, que entraña un fino dejo de cariño (compárese con Lc 6, 46; 22, 31; Hch 22, 7; 26, 14).
Viene a nuestra memoria una ocasión en que Konrad Schaefer, Prior del Monasterio Benedictino de Nuestra Señora de los Ángeles, en Cuernavaca, comentó la profundidad espiritual del lema con el cual San Benito evangelizó Europa: “Ora y trabaja”, subrayando la importancia que tenía el orden en su formulación: primero orar y después trabajar.

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