Las vacaciones de los seminaristas
Publicado en web el 22 de Julio, 2010
César Osvaldo Gallardo Ramírez, 2o de Teología
Estamos en el mes de julio. Mes añorado y esperado gustosamente por los seminaristas de todas las etapas de formación, que hemos concluido satisfactoriamente un período más de clases, de estudio y de exámenes. Es el mes en el que, según nuestro calendario anual de actividades, los alumnos se dedican tanto a vacacionar comunitariamente, como a obtener experiencias pastorales y fraternas en las parroquias diocesanas.
Vacaciones de comunidad
Así pues, mientras los alumnos del Seminario Mayor compartimos la Misión popular en diversos destinos parroquiales, locales y foráneos, de nuestra Arquidiócesis, o prestando apoyo en los Cursos de Pre-seminarios, los alumnos del Seminario Menor (incluidos Secundaria, Preparatoria y Nivelación) gozan de una experiencia singular que se les ofrece como parte de su formación: las tradicionales “Vacaciones de Comunidad”, que son un lapso en el que conviven en el ambiente campirano de algunos poblados del Estado y de otros vecinos, en los cuales ya es una costumbre anual la presencia de seminaristas durante esta temporada.
Algunos de estos destinos son: Florencia, Zac., Tapalpa, Totatiche, Río Grande, Atemajac de Brizuela, Tecualtitán e Ixtlahuacán del Río, entre otros. Tanto Párrocos como lugareños de estas comunidades están siempre dispuestos a recibir y a ofrecer todo su apoyo para hacer posible una grata estancia vacacional de sus seminaristas, en quienes ven, con firme esperanza, a sus futuros pastores.
Se trata de crecer y Compartir
La finalidad de esta experiencia comunitaria en el ámbito rural es fomentar y cultivar virtudes humanas entre los vacacionistas, principalmente el espíritu de fraternidad en un ambiente totalmente ajeno al que se vive de ordinario durante el curso escolar. Esto se logra a través de distintas actividades, tales como encuentros deportivos, juegos organizados, funciones cinematográficas con valores, representaciones teatrales, entre otras. También es importante subrayar que es un tiempo aprovechable para el cultivo de conocimientos y cualidades artísticas, a través de diversos talleres formativos.
El alumno comparte entre sus homólogos experiencias de vida gratas que, a la vez, le ayudan a forjar su forma de ser; pero, igualmente, tiene la oportunidad de compartir su fe mediante un apostolado que le brinda a la misma comunidad que lo recibe. Todo junto, permite un crecimiento integral en el seminarista menor, de tal manera que puede ir consolidándose en su respuesta al llamado sacerdotal.
Distracción y esparcimiento
En este período de asueto lo que más se disfruta, desde luego en sana convivencia, son los paseos al campo, ya sea en la sierra, a la vera de algún riachuelo o cascada, según lo permita el temporal y condiciones del lugar. Estos paseos comportan toda una aventura para el seminarista, sobre todo el de origen urbano, puesto que entra en contacto con la Naturaleza, que le ofrece lo mejor de sus galas en flora, fauna y paisaje, embellecido por el temporal de lluvias. Durante dichos paseos, cuyo trayecto puede durar de una a cinco horas de caminata, se posibilitan el diálogo, los juegos, el ejercicio, las bromas, la mutua ayuda, etc.
Vacaciones en familia
Concluidas estas vacaciones comunitarias de los seminaristas menores y el trabajo pastoral de los mayores, a todos los alumnos se les concede un lapso, también muy esperado, por el hecho de poder estar varias semanas en sus hogares al lado de su familia. En este espacio, el seminarista recobra su rumbo durante un mes en las actividades de su casa y de su Parroquia, administrando libre y responsablemente su tiempo.
Familia y amigos
De igual manera, este lapso contribuye también a la formación del seminarista, especialmente en el aspecto de su crecimiento afectivo, puesto que en el seno familiar, en el trato con sus padres, los hermanos y demás familiares, puede encontrar la principal fuente de amor que alimente su vida espiritual y humana.
Le permite, asimismo, compartir sus experiencias vividas dentro del Seminario y fortalecer los lazos de apoyo con los suyos.
También es un tiempo aprovechable para ver a los amigos de la infancia o de la escuela, cuyo reencuentro retroalimenta su vida con gratos recuerdos y con agradables experiencias vividas con personas cercanas a él, y que ahora se desenvuelven bajo otras perspectivas de vida que pueden ayudarle a madurar y discernir su elección vocacional.
Trabajo y servicio
Otras de las actividades que comúnmente realizan los seminaristas durante los días de estancia familiar, es el trabajar en algunos negocios o espacios en que se les brinde la oportunidad de ocuparse durante su tiempo libre. Quienes no cuentan con oportunidades de este tipo, es común que desempeñen algunos servicios en su Parroquia como sacristanes, secretarios, según se requiera por disposición de sus Párrocos; el caso es mantenerse activos provechosamente.También es habitual ver a los seminaristas involucrados en trabajos con los jóvenes de su Parroquia, ya sea de tinte vocacional o bien apoyando la ya tradicional SEJUVE (Semana de la Juventud); estas experiencias son motivantes, pues le acercan a la realidad de la futura pastoral que habrá de ejercer en el ministerio sacerdotal.
Preparándose…
En suma, tanto las vacaciones y misiones de julio como el descanso familiar de agosto comportan un tiempo propicio para que los seminaristas “recuperemos fuerzas” y nos preparemos para el retorno al hogar, al “pequeño Nazareth” (como en ocasiones se le ha llamado al Seminario), donde, nuevamente bajo la tutela de la Virgen Madre y de Señor San José, continuaremos nuestro empeño de formación y configuración con el Divino Maestro y Pastor, que nos ha llamado a su servicio.
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