450º aniversario del traslado de la sede episcopal de Compostela a Guadalajara
Publicado en web el 26 de Agosto, 2010
Pbro. Tomás de Híjar Ornelas
Cronista de la Arquidiócesis de Guadalajara
Lo que hoy conocemos como Arquidiócesis de Guadalajara se denominó, en sus primeros años, “Iglesia Compostelana” por disposición de su creador, el Papa Paulo III, según lo dice la Bula del 13 de julio de 1548. El nombre se debe al hecho de ser, en ese tiempo, Santiago de Compostela –hoy cabecera municipal nayarita- la malograda Capital del Reino de la Nueva Galicia.
El territorio de la recién nacida Diócesis se desmembró del Obispado de Michoacán, a cargo del siervo de Dios Vasco de Quiroga. Paradójicamente, habiendo sido la suya una de las voces autorizadas que pidieron la creación de una Iglesia particular en el Noroeste novohispano, fue él el principal opositor para que en Guadalajara residiera la sede episcopal. Con un opositor de la talla de don Vasco de Quiroga, no es de extrañar que en el litigio se invirtieran casi veinte años.
La controversia
Los alegatos aducidos por el Obispo de Michoacán fueron dos: uno jurídico, basado en una Real Ordenanza de 1534, que prohibía erigir catedrales en lugares situados a menos de sesenta kilómetros de otra circunscripción episcopal, y tal era el caso de Guadalajara, que colindaba con la Iglesia michoacana, inclusive desde la aledaña demarcación de Atequiza. El otro argumento fue de carácter pastoral: don Vasco estaba convencido de que la presencia del Obispo en el corazón geográfico de aquellos territorios provocaría el poblamiento de la zona y abriría un camino a la evangelización de los indios de la Gran Chichimeca. Sus contrincantes, en cambio, le imputaron que no quería renunciar a los pingües dezmatorios de La Ciénaga de Chapala.
En todo caso, no fue el Obispo De Quiroga responsable de la elección de Compostela como sitio para la cátedra episcopal, sino Nuño Beltrán de Guzmán (1490-1544), quien le dio el rango de capital y, por lo mismo, asiento de la Real Audiencia de la Nueva Galicia.
El primer Obispo compostelano -y el más joven-, don Pedro Gómez Maraver, nunca usará este título, firmará los documentos oficiales como “el Obispo de la Nueva Galicia”, despachará desde Guadalajara, aun antes de la expedición de la Bula Super speculum militantes Ecclesiae”, documento fundacional de la Diócesis.
Poco le sirvió a don Pedro ser amigo del Virrey De Mendoza para alcanzar el favor de la Corte a sus gestiones, aunque tampoco le hizo mella que una y otra vez el Rey le pidiera residir en Compostela y no en Guadalajara, pues Gómez Maraver estaba convencido de que era “cosa monstruosa regir Iglesia y poner Pastor donde no hay ovejas qué guardar ni apacentar”. Su prematuro deceso, el 28 de diciembre de 1551, a la edad de 36 años, le impidió ver resuelta la pugna que continuó su sucesor, Fray Pedro de Ayala.
Efectos de la controversia
Para remediar los deplorables frutos de esta demora, el Papa Pío IV, a instancias del Rey de España, Felipe II, autorizó el cambio de la sede de Compostela a Guadalajara en una Bula, cuyo texto, si bien no lo conocemos, nos consta que fue expedida el 31 de agosto de 1560.
Pero ni siquiera esta disposición papal decidió a fray Pedro de Ayala a echar la primera piedra de la Catedral definitiva, temiendo, tal vez, que su congénere michoacano, a la sazón ya nonagenario, frenara la obra, la cual comenzó nada más al sobrevenir la muerte de don Vasco, el 14 de marzo de 1565, a la entonces insólita edad de 95 años.
A la postre, las fronteras del Obispado de Guadalajara se extendieron hasta la Ribera del Río Grande, incorporándose a su territorio las importantes Parroquias de Arandas, Atotonilco, La Barca, Jamay, Ocotlán y Poncitlán.
Al cumplirse el Aniversario 450 del traslado oficial de la sede episcopal de Compostela a Guadalajara y el cambio de nombre de esta Iglesia particular, quienes formamos parte de ella no podemos menos que elevar una rendida acción de gracias a Dios por las bondades recíprocas dispensadas a la ciudad que acogió a la Diócesis desde el principio, aun sin licencia para residir en ella, y al Obispado, que no poco contribuyó al engrandecimiento de lo que hoy es la Capital de Jalisco y su extensa Comarca.
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