Al paso de la luz
Publicado en web el 5 de Agosto, 2010
Esegé
Éste viene y aquél va. Se cruzan los tejados, pero entre ellos dos se escapa, donosa y ligera, la torrecita del templo en el michoacano pueblecito de Tingüindín
Aquí se afinan las hermosuras aireadas del verano; aquí el esplendor verde y perfumado de los pinares y de los floridos campos de aquella maravillosa región.
Sólo el nombre del pueblo es ya un poema, un nombre que se deshace en los labios en un silabeo musical tendido en la hierba verde, en los pinos y el cielo azul.
Tin-güin-dín… como llovizna tibia en una madrugada, como el temblor de gotas de agua que caen despaciosas y fúlgidas, entre las milpas del sembradío.
Latido de la sangre desde los antiguos pobladores de aquel pueblo que se ha venido filtrando en cadencia dulce, en un hondo temblor de amor: Tin-güin-din.
Chispa navideña de tres luces… Tin-güin-dín. Se apaga el canto, se disuelve la nube, se marchitan las flores, se seca el arroyo… se va la vida… Tin-güin-din.
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