Al paso de la luz
Publicado en web el 19 de Agosto, 2010
Por Esegé
En sus ramas se meció la blanda llovizna, cantaron los vientos, jugaron las luces en tardes estivales, o según lo iba pidiendo cada estación en su paso.
Pero vino el muérdago feroz y enfermó sus ramas, vino el insecto destructor y envenenó su savia; sintió temblores de muerte y vio caer su follaje.
También lastimada por el tiempo, también herida por los años, carcomida también por el golpe de los días, la vida humana da en languidecer.
Se acaban los resplandores de la juventud, se lastima el rosicler de las mejillas, la chispa de los ojos… y el árbol-hombre se dobla poco a poco.
La poeta chilena Juana de Ibarborou, dolíase por la muerte de un pino en su jardín, y lo ponderaba: “Tan alto, tan alto, / que pasaba el techo de la casa mía…
“Si hubiera podido guardarlo en dobleces, / ni en el arca grande del desván cabría. / De aquel pino inmenso / ya ves lo que queda; / yo, que soy tan pequeña y ligera, ¡qué montón tan chiquito de polvo seré cuando muera!”
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