De la dictadura al caos
Publicado en web el 19 de Agosto, 2010
Comisión Editorial para el Bicentenario
El asesinato del Presidente Francisco I. Madero González y de su Vicepresidente, José María Pino Suárez, se constituyó en la coartada perfecta para un número notable de caudillos que ya desde antes habían surgido, alentados por el enorme vacío de poder dejado por el Presidente antecesor, el General Porfirio Díaz Mori.
Ciertamente había costado bastante sangre pacificar un país acostumbrado por décadas a los golpes de Estado y a los levantamientos populares por todo tipo de pretextos y por una sola razón: adueñarse del poder. Porfirio Díaz pudo hacerlo en base a diversas estrategias que solían culminar con cárcel, desaparición, exilio o promoción, puestos públicos irrelevantes o beneficios económicos directos. Madero, al parecer, vivió y murió sin advertir la magnitud de este hecho, ni mucho menos poder realizar lo que Porfirio Díaz hizo. Era como un náufrago en las aguas revolcadas que había dejado el hundimiento de la dictadura, rodeado del botín despedazado, y de quienes buscaban apropiárselo.
En esta turbulencia, el denominado “Caudillo del Sur”, Emiliano Zapata Salazar, aparece como el líder más limpio, honestamente empeñado en una revolución social de tinte agrario, que redima las condiciones de los campesinos que tan bien había conocido desde los tiempos en que fuera caballerango de un yerno de don Porfirio. La urgencia de cambios radicales en ese mundo feudal, unida al carácter impetuoso del líder, lo convirtieron en una constante molestia, lo mismo para el propio Presidente Madero que para el General Venustiano Carranza Garza.
Este militar coahuilense, por su parte, venía de muy lejos; era hombre de las confianzas de Porfirio Díaz, logró ser de las confianzas de Madero y, desaparecido éste antes de que el propio Carranza lo derrocara, asumió de inmediato la oportuna bandera de su defensa, la defensa del líder asesinado, y la lucha contra su victimario, el jalisciense Victoriano Huerta, Presidente golpista.
Había terminado la Revolución, y ahora empezaba “la bola”, el río revuelto del que muchos pescadores esperaban obtener ganancia personal, para lo cual se encargarían de seguir revolviendo el río durante el mayor tiempo posible.
Carranza, ciertamente, al margen de su oportunismo, sí buscaba la manera de que las aguas retomaran su cauce, a sabiendas de que él sería el primer beneficiario, y para ello dio vida al constitucionalismo; es decir, al proyecto de generar una nueva Constitución que modificara las causas que habían producido la Revolución, garantizara la democracia y diera satisfacción al tema pendiente de la justicia social.
Evidentemente, todos los líderes involucrados buscaban justificar su lucha desde una nueva causa, una vez que las dos primeras, derrocar a Díaz o reivindicar la muerte de Madero, se habían logrado muy pronto, tal vez demasiado rápido para sus intereses. El constitucionalismo les daba la salida, por más que en algunos aspectos fuese hacia un callejón cerrado.
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