5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
Conocer y vivir | Varios | Edición:

Falta de conocimiento de la Voluntad de Dios

Publicado en web el 26 de Agosto, 2010

22Pbro. Tiberio Munari Chiomento
Misionero Xaveriano.

En un Artículo anterior, nos referíamos a las cinco principales fuentes para conocer la Voluntad de Dios: la Creación, las Sagradas Escrituras, la Tradición Apostólica, el Magisterio de la Iglesia y la Voz de la Conciencia. El conocimiento de Dios es luz para el alma, y quien no lo tiene es como un ciego que no ve ni comprende la verdad: ni se conoce a sí mismo ni conoce a Dios.
El desconocimiento de Dios propicia que la persona no encuentre respuesta a los problemas más elementales de la vida, y que la Sociedad no halle solución a sus dificultades. Y, a pesar de todo, Dios sigue siendo el Ser más fácilmente conoscible, máxime que Jesucristo es la Revelación personalizada.
Para el cristiano en particular, la falta de conocimiento de Dios lo hace incapaz de amarlo -cuando es el Ser más amable y más amante-, perdiendo así la visión de lo más importante de su vida. El Apóstol San Pablo, en su muy citada Carta a los Romanos, por su carencia de conocimiento de Dios, los tacha de “llenos de injusticias, de engaño, chismosos, altaneros, rebeldes a sus padres, desamorados” (Cfr. Rm 1,1, 28-32), y eso que cita solamente algunos de los efectos de la ignorancia acerca de Dios.
Claro, ellos eran paganos. Por eso Jesús los excusó desde la Cruz, “porque no saben lo que hacen”. En cambio, entre los cristianos católicos, después de dos mil años, muchísimos de ellos no conocen aún su Doctrina. Bien podemos asegurar que prácticamente el desconocimiento de Dios es el principio y la explicación de bastantes males que nos aquejan en nuestro tiempo.

El primer deber del cristiano

“¡Conozcan su religión, oh católicos, conozcan su grandeza!”, exclamaba Raissa, una judía convertida, esposa del filósofo francés Jaques Maritain. Según la Biblia, ¿en qué consiste, ya en la práctica, conocer a Dios, conocer nuestra fe?: “No todo el que me diga: ¡Señor, Señor!, entrará en el Reino de los Cielos, sino el que cumpla la voluntad de mi Padre Celestial” (Mt 7, 21).
Pero, ¿cuál es la Voluntad del Padre?: El cumplimiento de la justicia y del amor. La Voluntad de Dios, según el Profeta Oseas, no está en ofrecer sacrificios, sino en el amor y la compasión (Cfr. 2, 22). También el Profeta Jeremías nos presenta un hermoso texto: “Juzgar la causa del infeliz y del pobre, ¿no es esto conocerme?” (22, 16). En el Evangelio de San Mateo encontramos que la Voluntad de Dios es dar de comer al hambriento y de beber al sediento, más lo que sigue enunciando (25, 31-46).
Así pues, acatar la Divina Voluntad consiste en que hagamos felices a los pobres; que hagamos sonreír a los que sufren y lloran. Si todo esto no sucede, entonces nosotros los cristianos somos unos mentirosos y unos hipócritas, porque “decimos y no hacemos”; somos unos incoherentes porque proclamamos la Palabra de Dios, pero no escuchamos la del pobre; hablamos de paciencia y luego nos comportamos duros con el hermano.
“Ay, hija -le decía Jesús a Luisa Picarreta-, no salgas de mi Voluntad, porque saliendo de ella perderás el conocimiento de Mí, y no conociéndome a Mí, perderás el conocimiento de ti misma. Tú debes llegar a conocer quién eres, y viendo tu debilidad y tu nada, te aferras a mis brazos, y unida a mi Voluntad, vives conmigo”.
Tal vez nos llame la atención esa fuerte alusión: “tu nada”. San Pablo, sin embargo, nos reconviene: “¿Qué tienes que no lo hayas recibido?” (1 Co 4,7). Y es que, en efecto, Él es quien nos ama primero. Si lo amas, es porque Él te ha amado primero. Tú lo miras porque Él está mirándote (Cfr. 1 Jn 4,19). De aquí parece desprenderse aquella hermosa expresión de San Agustín, el Obispo de Hipona y Doctor de la Iglesia: “Concede, Señor, lo que mandas, y luego manda lo que quieres”.

Los deseos de Dios son maravillosos

El conocimiento de Dios, o mejor dicho, el ser conocidos por Dios, siempre nos producirá, crecientemente, más sorpresa, más admiración, más entusiasmo. Así fueron deslumbrados Moisés acercándose al Monte Sinaí; la Santísima Virgen María ante el anuncio del Arcángel Gabriel; los humildes pastores al conocer la noticia del Nacimiento del Mesías; las piadosas mujeres amigas de Jesús cuando se asomaron al sepulcro vacío; Saulo, derribado en el camino a Damasco.
Y todos estos casos, ciertamente, provocaron en sus actores y protagonistas un auténtico conocimiento de Dios. Por tanto, no es difícil deducir que el genuino conocimiento de Dios no se adquiere a través de curiosidades, ideas abstractas, prácticas esotéricas que no ofrecen experiencias de liberación y de salvación.
Es menester que pasemos de la ignorancia, de la incoherencia y la indiferencia de nuestra religión, al conocimiento gozoso, profundo y directo del Evangelio, de las Vidas de los Santos, del Catecismo que nuestra Madre la Iglesia nos ofrece.

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