Hacer de nuestra vida una oración
Publicado en web el 12 de Agosto, 2010
Juan López Vergara
Nuestra Madre Iglesia nos ofrece este domingo, en que celebramos La Asunción de la Santísima Virgen María, un pasaje exclusivo del Evangelio según San Lucas, que presenta a la jovencita de Nazareth, Madre del Señor y Madre nuestra, como vivo ejemplo de fe, compromiso y gratitud (Lc 1, 39-56).
María concibió a Jesús primero en su fe que en su seno
El texto de La Anunciación, que antecede al de hoy, evoca aquel maravilloso instante, cuya gracia persiste por siempre, donde se dieron cita dos libertades. La libertad incomprensible de Dios que se revela, elige y concede graciosamente, y la libertad de María, una preciosa mujer, quien en representación de la Humanidad, aceptó entregar su vida en las manos de Dios: “He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra” (v. 38).
Nadie, absolutamente nadie, ni Dios mismo, lleva a cabo su proyecto atropellando la libertad. María ya no viviría más para sí; entregó su existencia en manos de Dios, que decidió establecer con Ella una relación que parte de Él, que Él sostiene y en la que Él se complace. Por eso aseguraba San Agustín, siglos después: “María concibió a Jesús primero en su fe que en su seno”.
Vivir significa salir de sí mismo
Pasado el asombro inicial, como si despertara de un sueño, aquella agraciada virgen embarazada fue volviendo a la realidad. Se adentró en la historia de la eternidad mientras su vida proseguía con sus caudales de misterio.
María interpretó la Palabra llevándola a la práctica; movida por el principio del amor, trasladó el centro de gravedad desde su propia mismidad hacia la atención de su anciana pariente, “se puso en camino y se fue con prontitud a la región montañosa, a una ciudad de Judá” (v. 39). El encuentro de María con Isabel muestra el abrazo de dos mujeres y de dos generaciones. Es un encuentro en el gesto y en la palabra, que rezuma gratitud, alegría, esperanza.
La historia se convierte en epifanía de Dios. Caminando junto al acontecimiento se desveló lo acontecido, cuando Isabel, al saludar a María, le confirmó lo anunciado por el Ángel, “¿de dónde a mí que venga a verme la Madre de mi Señor?” (v. 43).
María nos muestra, así, que vivir comprometidamente significa salir de nosotros mismos.
La gratitud es la memoria del corazón
El verbo silencioso del alma de nuestra Madre también anhelaba ser proferido. Su continua reflexión la condujo a una profunda gratitud, que estalló en canto: “Mi alma glorifica al Señor y mi espíritu se llena de júbilo en Dios, mi salvador, porque puso sus ojos en la humildad de su esclava. Desde ahora me llamarán dichosa todas las generaciones, porque ha hecho en mí grandes cosas el que todo lo puede” (vv. 46-49). La gratitud es la memoria del corazón.
María nos enseña la importancia vital de rememorar nuestra historia en todo momento, para transformar nuestra vida en perpetua plegaria y agradecida anámnesis.
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