5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
En el epicentro sacerdotal | Varios | Edición:

La Eucaristía, oración y coloquio con Dios

Publicado en web el 12 de Agosto, 2010

La Eucaristía es el mayor tesoro de la Iglesia, y que Cristo mismo nos ha confiado como a sus más íntimos amigos. De la diaria y devota celebración de la Misa, depende, en gran medida, nuestro ministerio, pues cuando no se celebra, o cuando se celebra sin amor, sin cuidado ni atención, nuestra vida sacerdotal comienza a carecer de sentido

22Mons. Miguel Romano Gómez
Obispo Auxiliar de Guadalajara

El Ars celebrandi, que sugiere la Iglesia, no es simple exterioridad. La Celebración de la Misa manifestará toda su belleza en la medida en que quien la celebra la interiorice como un coloquio con Dios, quien se entrega por completo para alimentarnos.

“La celebratio es oración y coloquio con Dios, de Dios con nosotros y de nosotros con Dios. Por tanto, la primera exigencia para una buena celebración es que el sacerdote entable realmente este coloquio. Al anunciar la Palabra, él mismo se siente en coloquio con Dios. Es oyente de la Palabra y anunciador de la Palabra, en el sentido de que se hace instrumento del Señor y trata de comprender esta Palabra de Dios, que luego debe transmitir al pueblo. Está en coloquio con Dios porque los textos de la Santa Misa no son textos teatrales o algo semejante, sino que son plegarias, gracias a las cuales, juntamente con la asamblea, hablamos con Dios.”

 

Un medio de santificación

Si celebramos la Eucaristía con amor y atención, interiorizando aquello que decimos, y no solamente por rutina, entonces tomaremos nuevos impulsos para nuestra intensa actividad pastoral. Sí, es cierto que en ocasiones tenemos que hacer un muy grande esfuerzo al celebrar, sobre todo al final de una intensa jornada; pero también es verdad que, con amor, el cansancio se convierte en una agradable ofrenda a Dios, muestra de nuestra amistad.

Por el contrario, la celebración se vuelve obligación y carga si no se interioriza previamente en los momentos dedicados a la oración, al igual que si la celebramos sin un espíritu orante. Uno de nuestros más graves peligros es acostumbrarnos a celebrar sin amor, porque en la medida en que nuestro amor languidece, nuestro protagonismo crece, llegando a sentirnos, lamentablemente, el centro de la celebración. Si analizamos bien, la falta de iniciativa y creatividad en la liturgia, la rutina, las arbitrariedades y abusos en este campo, pueden tener su origen en una débil vida de oración.

Por el contrario, cuando se celebra con una actitud orante y reverente, haciendo de ese momento una verdadera oración, un verdadero coloquio de amistad, entonces los demás se sienten contagiados y entusiasmados por el amor de Cristo, que alcanzan a descubrir en el sacerdote celebrante. No perdamos de vista que la devota celebración de la Eucaristía es un medio privilegiado para la evangelización. Conviene recordar la invitación del Papa:
“Sumerjámonos en las palabras, en las acciones, en el acontecimiento que allí se realiza. Si celebramos la Misa orando; si, al decir ‘Esto es mi cuerpo’, brota realmente la comunión con Jesucristo que nos impuso las manos y nos autorizó a hablar con su mismo ‘yo’; si realizamos la Eucaristía con íntima participación en la fe y en la oración, entonces el Ars celebrandi vendrá por sí mismo, pues consiste precisamente en celebrar partiendo del Señor y en comunión con Él.”

La Liturgia de las Horas

Si la oración constituye el medio para acrecentar nuestra comunión e intimidad con Jesucristo, de la cual dependen tanto nuestra vida afectiva como nuestra eficacia pastoral, el sacerdote descubre en la recitación de la Liturgia de las Horas un espacio para encontrarse con el Amigo y para re-crearse y tomar nuevos bríos en su ministerio. Los sacerdotes, junto con los religiosos, no solamente tenemos la obligación sino el honor de alabar a Dios en nombre de toda la Iglesia.

Quizá el principal reto que tenemos al recitar la Liturgia de las Horas es descubrir que ella es oración y, por lo tanto, fuente perenne para nuestro ministerio. Todo lo que anteriormente señalamos acerca de la oración, vale también para la Liturgia de las Horas. Advertimos, entonces, que no basta con recitarla de una manera, a veces apresurada, sino que es necesario hacerlo como escucha de la Palabra que se nos ofrece en cada salmo, cántico o lectura.

En la Liturgia de la Horas me encuentro con Cristo, con la Palabra, quien quiere, a través de mí, orar por toda la Iglesia, porque Él -como señala San Agustín– “ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como cabeza nuestra; a Él dirige nuestra oración como a Dios nuestro. Reconozcamos, por tanto, en Él, nuestras voces; y la voz de Él, en nosotros.”

Sería un error el contraponer nuestra actividad pastoral con la oración de las Horas, pues ella forma parte primordial de nuestro ministerio. Ella no puede considerarse como una carga o como una actividad opcional en el ministerio, ni siquiera como una forma de oración entre otras que uno puede elegir. El reto está en descubrir, con la ayuda de la Gracia, toda la riqueza que encierra esta oración, que nos ha sido confiada como una ayuda para nuestro ejercicio pastoral, y no como una pesada “carga” con la cual hay que cumplir. El tiempo dedicado a la Liturgia de las Horas, como a la meditación orante de la Palabra de Dios, es un tiempo precioso, que multiplicará y sostendrá nuestras limitadas fuerzas.

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