5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783

Madero y la Iglesia Católica

Publicado en web el 5 de Agosto, 2010

Pbro. Alonso Chávez Ramírez

¿Los católicos tomaron parte en la Revolución Mexicana? La historiografía oficial, con Daniel Cosío Villegas a la cabeza, culpa a la Iglesia de haberse marginado en este proceso, y después de él, no pocos de los que se han involucrado en el tema han hecho eco a esta imputación, gratuita y maliciosa.

La realidad es distinta. La militancia católica organizada fue el grupo cívico que con más dinamismo reaccionó a favor de los postulados del maderismo, que apoyó la candidatura del caudillo y la transición de poderes. Y también una de las que más se benefició con el cambio de Gobierno. Sin embargo, esta experiencia fue muy breve -apenas poco más de un año, el de 1912-, así como muy accidentada y trágica, derivándose de ella el desmantelamiento del Partido Católico Nacional, la desarticulación, confinamiento y proscripción de los católicos en la vida política y en los debates del Congreso Constituyente, lo cual degeneró en el triunfo de la hegemonía totalitarista militarizada y en la persecución religiosa.

La cepa liberal de Francisco Ignacio Madero González, recibida por la vía paterna, por su abuelo, Evaristo Madero Elizondo (1828-1911), lo mantuvo alejado de la fe católica, aunque no en contra de ella. Más bien, Madero, como es sabido, fue un convencido partidario y divulgador del espiritismo. Nunca fue, pues, un católico de cepa, que abrevara en las enseñanzas de la Iglesia, pero tampoco un jacobino militante, que responsabilizara a la institución de culpas mayúsculas y atroces, como lo hicieron otros caudillos norteños, de Carranza a Calles, simpatizantes del anticlericalismo, furibundo en el caso del último de los tres mencionados.

El interés y la militancia católica en México por la ‘cuestión social’, a partir de 1892, avivada gracias a la Carta Encíclica Rerum Novarum, fue recibida con suspicacia y frialdad en los ámbitos de Gobierno, tanto civil como eclesiástico. Poco se ha estudiado, pero vale la pena retomarlo, que la febril actividad del catolicismo social en México, al despuntar el Siglo XX, sorprendió a los mismos Obispos, aun cuando éstos asumieron y tuvieron el control real de los Congresos -a partir de 1903-, como el convocado por don José Mora y del Río, Obispo de Tulancingo, de tintes agrícolas; y los demás, con aportaciones tan concretas y tangibles como fueron las sociedades mutualistas y las asociaciones obreras, que se multiplicaron de forma sorprendente bajo la bendición episcopal; pero, reiteramos, con una actitud de asombro y cautela.

A la par de esto, la buena prensa deja el restringido ámbito de lo confesional y se vuelve crítica al calor de ciertos principios; a saber: el de la dignidad de la persona humana, el del bien común, el del destino universal de los bienes, el principio de subsidiariedad, el de participación social, el de solidaridad, el de los valores fundamentales de la vida social, el de la calidad y cultura de la vida.

Las principales ciudades en el país, sobre todo la de México y la de Guadalajara, se benefician de este auge. Figuras de la talla de Miguel Palomar y Vizcarra o instituciones como la Compañía de Jesús, ocuparán un papel de gran importancia en este resurgimiento. El Círculo de Estudios Católicos-Sociales Santa María de Guadalupe dio origen a los Operarios Guadalupanos, base, a su vez, del Círculo Católico Nacional, primera agrupación política confesional del Siglo XX mexicano, encabezada por Gabriel Fernández Somellera en 1909.

Ajeno al clericalismo, pero firme demócrata, durante su gestión al frente de la Presidencia de la República (de fines de 1911 a las primeras semanas de 1913) Madero dejó respirar al catolicismo social; no pocos ministros sagrados tomaron parte en este capítulo, tan breve como mal entendido, en el que hizo su aparición una opción que en otros lugares, principalmente en Europa, conformaría eso que se llama la Democracia Cristiana, representada, en el caso mexicano, por el Partido Católico Nacional (PCN).

El PCN apoyó la candidatura presidencial de Madero, y los Obispos, que actuaron con mucha cautela, no expresaron inconformidad alguna por el uso del adjetivo ‘católico’ para el organismo político. El único jerarca en dar su espaldarazo público a las actividades del PCN fue el Arzobispo de México, don José Mora del Río, deseoso, dijo, de que se hicieran realidad los proyectos expuestos y ventilados en los Congresos, Semanas Sociales y en la Prensa Católica.

En los primeros sufragios democráticos de su historia, los resultados no pudieron ser más halagüeños para el PCN, que obtuvo cien curules en el Congreso de la Unión. Entidades Federativas hubo, como Jalisco y Zacatecas, donde su triunfo fue completo: la Gubernatura y las Legislaturas locales quedaron dominadas por él. Durante los pocos meses de esta ráfaga democrática, el catolicismo social realizó no pocas reformas; sin embargo, la debilidad del Gobierno de Madero movió a ciertos miembros del partido a conspirar contra el régimen; actitud que la Presidencia recriminó por conducto del Arzobispo de Morelia, Leopoldo Ruiz y Flores, durante la Gran Dieta del Círculo de Obreros Católicos, celebrada en Zamora en 1912.

En tal contexto hizo su aparición, el 12 de agosto de 1913, el grupo juvenil y de liderazgo que más altos vuelos alcanzó al sobrevenir la supresión violenta del PCN, por parte del usurpador Victoriano Huerta; nos referimos a la Asociación Católica de la Juventud Mexicana (ACJM), de cuyas filas saldrían los únicos opositores adoctrinados para responder a la virulencia del anticlericalismo caudillista desarrollado por los seguidores del ‘constitucionalismo’ carrancista, a partir de 1914.

Por desgracia, las últimas y muy convulsas semanas del régimen maderista hicieron fracasar todo intento de diálogo nacional. No obstante haber recurrido al apoyo de la Iglesia Católica para lograr la pacificación del país, sacudido por inmenso movimiento de revolución y bandidaje, cuya respuesta fue una Carta Pastoral Colectiva en la que los Obispos, sumándose a los empeños del Primer Magistrado, pedían a los bautizados respetar la obediencia que se debe a la autoridad constituida, los días de este Gobierno estaban contados. Ruiz y Flores fue el único Prelado que alzó la voz en contra del Golpe de Estado al año siguiente, que culminó con el artero asesinato de Francisco I. Madero el 22 de febrero de 1913.

Nicolás Leaño Vélez, maderista
No hubo en Jalisco un líder católico que cruzara en el tiempo las tres décadas que van de 1903 a 1933, con la intensidad, arrojo y eficaces resultados como lo hizo el notable constructor, matemático e ingeniero don Nicolás Leaño Vélez. Oriundo de Tepic, se formó en Guadalajara, donde contrajo matrimonio con Juana Álvarez del Castillo, quien le dio por hijos a Antonio, Ana, Ángel, Aurora, Luz María y Juan José.

Nicolás formó parte del grupo, integró la primera generación de activistas del catolicismo social, presidiendo, en los primeros años del Siglo XX, una Sociedad Mutualista de Obreros en la Parroquia de San José de Analco, por ese tiempo la más populosa y conflictiva de la Capital de Jalisco.

En calidad de tal, tomó parte en el Tercer Congreso Católico Nacional y Primero Eucarístico, celebrado en Guadalajara en 1906, para exponer una de las primeras críticas al sistema económico liberal impulsado en ese momento por Porfirio Díaz Mori, y hasta advirtió, en fechas tan tempranas, que la represión a los obreros, como la que recién se había desatado en las minas de Cananea, exigía una inmediata y armoniosa solución, siendo la única, según su dicho: “que el trabajador reciba, a cambio de su trabajo creador, lo que sea necesario para su mantenimiento y el de su familia”. Insistió en que el salario justo debía alcanzar para el sostenimiento de la familia de los obreros, y que éstos debían intervenir en su fijación, incluyendo un excedente para poder ahorrar.

Formó parte de los socios fundadores del Grupo de Operarios Guadalupanos, en 1909. Siendo Diputado Local de la Legislatura de Jalisco por el Partido Católico Nacional (PCN), promovió, en marzo de 1913, la Ley de Descanso Dominical Obligatorio, aprobada a la vuelta de un año. Habiéndose disuelto el PCN, se incorporó al Partido Demócrata, avalando la candidatura de Joaquín Méndez, al lado del cual, con apoyo en la Zona de Los Altos y en Guadalajara, se afilió al villismo, pero sin deseos de tener mando alguno, que le fue conferido al presbítero Miguel Pérez Rubio, en favor del cual Leaño obtuvo, en la Ciudad de México, el nombramiento de Coronel, expedido por el General Felipe Ángeles. Matizamos este adjetivo, recordando, como lo ha señalado un experto en el tema, que “en Jalisco, los católicos eran más bien anti-constitucionalistas que huertistas o villistas”.

Desencantado de la opción bélica, Leaño, que por entonces presidía el Círculo Central de Estudios y la Asociación Jalisciense de Ingenieros, organizó y encabezó el Congreso Católico Regional Obrero, de abril de 1919, donde presentó la necesidad de establecer en la Ley la semana laboral de cinco días. Poco después lo vemos como Fundador y Director del semanario “El Obrero”, y un año más tarde como Diputado a la XXIX Legislatura del Congreso de la Unión, de 1920. Formó parte de los Caballeros de Colón y fue el primer Presidente de la Junta Diocesana de la recién creada Acción Católica Mexicana.

Murió en la plenitud de la vida, en 1933, aquejado por una dolencia que contrajo mientras revisaba una obra carretera a su cargo, al pernoctar en un paraje agreste, bajo un puente en construcción.

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