Mi experiencia en el Seminario
Publicado en web el 19 de Agosto, 2010Samuel Agustín Soto Torres, II de Filosofía.
A través de estas páginas, hemos conocido la vida del denominado “Corazón de la Diócesis”, especialmente de sus alumnos; mas ahora conoceremos la experiencia de un sacerdote que, con tres años de ordenado, desempeña uno de los cargos eclesiásticos más importantes:
ser Formador del Seminario.
Y, por si fuera poco, le corresponde a él la formación de la parte más importante de un seminarista,
pues es Director espiritual.
Dejemos que él mismo nos relate su experiencia:
sacerdocio
«Soy el Padre José Roberto Urbina González. Soy de San Miguel de Allende, Guanajuato. Entré al Seminario de Guadalajara desde la Preparatoria. Recibí la ordenación sacerdotal a los veintiséis años, el 10 de junio de 2007, de manos del señor Cardenal Juan Sandoval Íñiguez. Mi primer destino fue la Parroquia de Nuestra Señora del Sagrario, en donde sólo estuve veinte días. Mi segundo destino ha sido el Seminario, aunque en dos lugares distintos; el primero fue en la Sección de Seminaristas en Familia (SEM FAM), y el segundo es en el que actualmente estoy: el Seminario Menor Auxiliar de La Barca, Jalisco.
Estoy agradecido con Dios por el llamado que me hizo al sacerdocio, y creo que la vocación sacerdotal es vivir siempre en relación con Jesucristo y a la vez servirlo en cualquier lugar o labor que se nos asigne. De verdad que mi primer destino fue muy breve, pero me bastó ese tiempo para encariñarme con una Parroquia y con sus diversas actividades, y sí me tomó por sorpresa el que se me cambiara al Seminario; no lo esperaba. Fui a vivir a la Casa del SEM FAM en San Martín, por la calle de Jarauta, del Sector Libertad, aunque atendí la sede en la Casa de Santa Teresita. Ahí estuve por cuatro meses, prácticamente de septiembre a diciembre.
Al comenzar el año 2008, me habló el Obispo Miguel Romano Gómez, Rector de nuestro Seminario, para el siguiente cambio: venir al Seminario Auxiliar de La Barca, en donde ya llevo dos años y seis meses.
Yo considero que he tenido una experiencia muy rica en este poco tiempo que he estado en el Seminario, y además de rica, muy agradable. Cuando estuve en SEM FAM era menester andar de un lugar para otro, porque aparte de oficiar en Santa Teresita, tenía que atender a los semfamitas, como comúnmente los llamamos, visitándolos en sus casas para motivarlos en su vocación y, adicionalmente, hablar con sus padres (por eso se les llama “Seminaristas en Familia”, porque son prácticamente los papás y el resto de la familia en general quienes llevan su formación una vez que ya pertenecen al Seminario); pero, además de atenderlos en Guadalajara, también me correspondía cubrir toda la Zona de Cuquío y Nochistlán, hasta Tlachichila, en Zacatecas.
Sin embargo, el lapso más prolongado y de mayor estabilidad ha sido el de mi labor en el Seminario de La Barca. Aquí tengo como compañero al Padre Héctor Torres González como Prefecto de Disciplina. En este Seminario hay chavos de Secundaria y de Preparatoria, y la experiencia es muy distinta. En SEM FAM los seminaristas continúan viviendo en su casa, y aquí ya no; aquí ya viven como internos en la Casa del Seminario.
entre jóvenes formados
Si hablo de experiencias, la primera a la que tengo que referirme es, sin duda, a la manera en que Dios trabaja. Él continúa siendo generoso al llamar a los muchachos a seguirlo, no sólo desde la Preparatoria, que fue cuando yo entré, sino desde más pequeños, cuando cursan la Secundaria.
Me ha impresionado gratamente el ver que, a pesar de tantas cosas negativas que se dicen de los adolescentes y jóvenes de nuestro tiempo, hay quienes desde los once años ya quieren ingresar al Seminario. Recuerdo que el año pasado un chavo, de los más pequeños de Secundaria, tuvo que regresarse a su casa porque le faltaba presentar unos papeles que eran ya necesarios, y sus papás, una vez obtenidos, vinieron cerca de las diez de la noche cuando ya el Seminario estaba cerrado, pues el chavito no aceptaba que sus compañeros ya estuvieran en el Seminario y él aún no.
Es también muy grato ver a aquellos muchachos que han ingresado al Seminario por verdadera vocación, cómo suelen pasar por alto alegremente cualquier sacrificio que se les exige, empezando por dejar a su familia, por atenerse a un horario, por cumplir con sus tareas, estudios y con la disciplina y, sobre todo, por renunciar, pese a su edad, a los gustos propios de esta etapa de la vida, como son juegos, fiestas, amigos y otras cosas. Aunque también a veces se encuentra uno con muchachos que, pese a denotar vocación, deben de enfrentar dificultades para poder estar en el Seminario, sobre todo de tipo familiar.
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