Santa mónica, centro
Publicado en web el 19 de Agosto, 2010
El arte que habla de Dios
Mónica Livier Alcalá Gómez
Las Monjas Agustinas Recoletas llegaron a Guadalajara a principios del Siglo XVIII. Un templo que contrastaba con la austeridad de su vida, acompañaba los rezos y liturgia diaria de estas Religiosas enclaustradas. Dedicado a Santa Mónica (Templo y Convento), se edificaron gracias a la iniciativa y entusiasmo del Sacerdote Jesuita Feliciano Pimentel
Dicha construcción era contrastante con la humildad y pobreza de la Regla agustiniana, ya que, sobre todo la iglesia, dedicada a la Madre de San Agustín, no tomó en cuenta la influencia arquitectónica de la Catedral Metropolitana, sino que “se levantó con toda la fuerza artística del momento, siendo uno de los ejemplares más completos del barroco”.
El Padre Pimentel murió en 1733, no sin ver terminada la iglesia y la mitad del convento, y principalmene el Claustro ya en pie. Durante todo un siglo, el monasterio sobrevivió intacto, albergando a las religiosas que en él moraban; mas llegó la Independencia y posteriormente la Reforma, lo cual fue “fatal” para esta comunidad: “Desapareció en esta época el convento, y las religiosas fueron prácticamente puestas en la calle. El edificio quedó mucho tiempo abandonado”. Después, pasó a ser albergue de alumnos del Seminario Diocesano y, posteriormente, de la Décimoquinta Zona Militar” (del Libro “Iglesias y Edificios Antiguos de Guadalajara”, Ramón Mata Torres, 1979).
Murallas espirituales
El Convento y Templo de Santa Mónica fueron creados, junto con otros templos citadinos, como una especie de muralla espiritual que velara por la ciudad, por sus valores y su fe: “Las Agustinas fueron invitadas a Guadalajara, tanto por las autoridades eclesiásticas como por las civiles. El fin era que intercedieran por la ciudad, tomando como ejemplo al Patriarca Abraham, quien ante Dios, pidió por las ciudades de Sodoma y Gomorra; así, a los múltiples templos y conventos se les encomendaba esta misión”, refirió el actual Administrador del Templo de Santa Mónica, Padre Juan González González.
Durante la Reforma (de 1859 a 1860), fue expropiado el convento, como queda dicho, hasta que don Dionisio Rodríguez, político, filántropo e impresor tapatío, lo compró en una subasta pública y posteriormente lo prestó a la Arquidiócesis, quien lo adquirió finalmente como propiedad en el Siglo XIX y lo dedicó al Seminario: “Es triste que en este tiempo se haya demolido gran parte de la estructura original del convento. Se trajeron, por entonces, arquitectos franceses que lo innovaron con detalles estilo Art Nouveau (Arte Nuevo)”, afirmó el también Ecónomo de la Arquidiócesis de Guadalajara.
Con todo, el edificio (ex convento), fue nuevamente expropiado durante la persecución religiosa que desencadenó la llamada “Guerra Cristera”, y hasta hace poco albergó a la XVa. Zona Militar. Ahora es un inmueble que pertenece al Estado de Jalisco, donde se pretende crear el Museo del Bicentenario.
Reparando las murallas físicas
Por otra parte, graves problemas con el piso y la humedad de techumbre y muros, fue lo que encontró el mencionado Padre González; el deterioro era tal, que amenazaba ruina: “La bóveda requirió de cuatro años de trabajos para que quedara firme y restablecida; se repararon las cuarteaduras y se colocó ladrillo nuevo”.
Además, en algunas partes de la estructura interna (y también externa) se apreciaron, durante muchos años, huellas de disparos de diferentes armas de fuego, hechos, sin duda, durante la ocupación del inmueble. Otra parte muy afectada en este sentido fue la legendaria y monumental escultura de San Cristóbal, ubicada en la parte externa, en la esquina de las Calles Santa Mónica y Reforma: “Esta imagen tiene múltiples historias; una de las más curiosas es aquella que relata que, originalmente, este bulto de cantera tenía en su mano derecha un báculo de hierro. En tiempos de la Colonia, por el peso, éste se desprendió y llegó a golpear a una mujer, la cual murió. Entonces el Cabildo Metropolitano llevó a juicio a San Cristóbal, encontrándolo culpable. Su condena fue que nunca más usaría la imagen un báculo; condena que hemos respetado hasta la fecha”, aclaró divertido el sacerdote.
A lo largo de los trabajos de restauración, se han encontrado sorprendentes “tesoros” ocultos. Y es que, para el Padre Juan, lo valioso de este templo es precisamente su historia y detalles artísticos: “Hemos hallado, al explorarlo, confesionarios que daban hacia el monasterio; entradas al mismo, por el templo, que estaban tapiadas; imágenes sobre la cantera, que fueron cubiertas y que ahora pueden a la luz para ser admiradas en todo su esplendor en este templo, el único ejemplar barroco de toda Guadalajara”.
Con ayuda de varias instituciones públicas como el CONACULTA, el Gobierno del Estado y el Gobierno Municipal, es como se ha venido trabajando durante estos años, pero también hay que señalar el apoyo de una Fundación privada que preside la señora María Irma Iturbide, que ha aportado fondos con el interés de salvaguardar esta joya arquitectónica. Restaurar la decoración interior será el siguiente paso, y se pretende que todo sea concluido a finales de este año.
El centro es Dios
Para el Ecónomo de la Arquidiócesis es lamentable que, siguiendo las modas y el afán de autenticidad que dio la Independencia, en Guadalajara se hayan destruido tantas obras de arte barrocas de tipo religioso, con tal de dar paso al imperante estilo neoclásico: “Es clara la diferencia entre estas dos tendencias. El barroco es circular; el círculo representa a Dios, quien no tiene principio ni fin. Todo este arte está centrado en Él, en exaltarlo. El neoclásico, en cambio, está enfocado en el hombre, tomando como referencia los ejemplos clásicos, griegos y romanos. El contraste es evidente y también triste; de ahí la importancia de salvaguardar este bellísimo y único templo”.
Y, a pesar de que el templo está por ahora sometido a los trabajos de restauración, se continúan cumpliendo sus funciones pastorales a través de una pequeña capilla aledaña, en donde se celebra diariamente la Santa Misa y se da atención a algunos grupos de oración que aquí tienen su centro de reunión: “Esta zona del centro se despobló hace mucho tiempo. Como sabemos, es hoy un espacio eminentemente comercial, por lo que la atención pastoral es por medio de los Sacramentos y la Adoración Eucarística”.
Una tarea pendiente es celebrar dignamente a Santa Mónica en este templo dedicado a ella, y que es el único del Área Metropolitana que lleva esta advocación: “Realmente, aquí las fiestas principales están dedicadas a la Virgen de la Medalla Milagrosa, y son el 27 de noviembre, ya que el templo estuvo mucho tiempo a cargo de los Religiosos Vicentinos; con todo, creo que debemos recuperar la fiesta de la santa titular” (el 27 de agosto, víspera de la Fiesta de su hijo, San Agustín).
Finalmente, el Padre Juan González hace, a través de este medio, un llamado a los tapatíos para que cuiden, respeten y conserven sus centros de culto y obras de arte: “Muchos materiales, como la cantera con que están hechos los templos antiguos, son imposibles de rescatar empleando los mismos materiales originales; por tanto, debemos cuidar nuestro patrimonio artístico e histórico, pero, sobre todo, espiritual, pues éste nos habla de nuestro valores y de nuestra fe”.
En el ángulo Noreste se encuentra la célebre e imponente estatua de San Cristóbal, la cual, dadas sus medidas anatómicas desproporcionadas, dio lugar a leyendas y consejas, como aquélla de que las damas tapatías casaderas acudían ante ella para implorarle al santo: “San Cristobalazo, patazas grandazas, manazas fierazas, ¿cuándo me casas?”; mientras que las ya señoras que no se llevaban bien con sus maridos, le pedían: “San Cristobalito, patitas chiquitas, manitas bonitas, ¿cuándo me lo quitas?”
Semanario agradece la buena disposición del Seminario Diocesano Mayor de Guadalajara, al permitirnos acceder a su Biblioteca para documentarnos al respecto, gracias a su encargado, el Pbro. Tomás de Híjar Ornelas.
Uno de los “tesoros” artísticos del templo lo constituye una imagen de la Virgen del Rosario, del Siglo XVI, la cual fue un regalo para la Ciudad de Guadalajara de parte del Rey Carlos V, monarca español. Tiene una historia peculiar, ya que la imagen fue rescatada de una cloaca donde fue arrojada durante la Guerra de Reforma, y de ahí, llevada a Santa Mónica. El San José que la acompañaba fue, en cambio, destruido por las balas liberales, de tal manera que ya no se le pudo rescatar.
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