Un barbecho de amplias hectáreas
Publicado en web el 12 de Agosto, 2010
Samuel Agustín Soto Torres, II de Filosofía.
A muchos les gusta pensar, contrariando a Virgilio, que la ciudad es un ámbito bondadoso, amable y civilizado, mientras que el campo pertenece a un mundo rudo, inculto y salvaje.
Giovanni Guareschi, el escritor italiano, autor de la saga de Don Camilo, decía que los hombres no hacen sino soportar la geografía y la historia y, creen que con modificar, mediante caminos y transportes, esa geografía, podrán cambiar también la historia, lo cual es una falacia.
Dios, que es el Creador de todas las cosas, y que a la vez es eterno, ignora las delimitaciones geográficas y temporales; pero, en cambio, los seres humanos, criaturas limitadas, vivimos sujetos al espacio-tiempo, de lo cual nadie puede escapar.
Ningún lugar, pues, tiene el monopolio de Dios Omnipresente y Omnipotente (Jn 4, 23), y no puede afirmarse que aquello que se conoce como medio rural o medio urbano se excluyan uno del otro de los planes de Dios. De hecho, en la Escritura continuamente se lee cómo Dios sacó, de medios campesinos, a hombres y mujeres para ser sus servidores; basten dos ejemplos: Eliseo, llamado por Dios mientras cultivaba sus tierras (1 Rey 19, 20); y Amós, invitado a profetizar mientras cuidaba el ganado (Am 7, 14-15). Ese método divino es constante, y tan recurrente, que esos mismos ejemplos pueden encontrarse tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo con la vocación de los Apóstoles, y continúa tan vigente como entonces, con los escogidos de hoy.
De la labor a la viña del Señor
La Arquidiócesis de Guadalajara comprende un territorio dilatadísimo, que abarca amplias regiones de los Estados de Jalisco, Zacatecas y Nayarit. Y, aunque la sede episcopal se encuentra rodeada de la urbanización de numerosos municipios aledaños a la Zona Metropolitana tapatía, la mayor parte del territorio diocesano es eminentemente rural; y tanto del ambiente citadino como del campesino, Cristo sigue llamando a muchos jóvenes para seguirlo a través del sacerdocio.
Sin embargo, en los pueblos y rancherías es el Párroco al frente de su grey quien continúa teniendo, como antaño, un papel muy relevante en la conducción y desarrollo de las comunidades, y este referente indiscutible hace que, a pesar de lo atrayente de otras opciones (piénsese por ejemplo en la emigración a Estados Unidos), la vida sacerdotal se presente para tantos jóvenes pueblerinos como una opción de servicio y entrega a plenitud en favor de sus semejantes.
El Seminario se ha preocupado siempre por promover el acercamiento a aquellos que sienten inquietudes vocacionales, tanto entre quienes habitan dentro de la Zona Metropolitana de Guadalajara, como de una manera real y efectiva, a los que son originarios de poblaciones apartadas de la metrópoli. Un ejemplo de esto son los módulos de Semfam (Seminaristas en familia) y la apertura y funcionamiento de los Seminarios Auxiliares ubicados en Totatiche, La Barca, Cuquío y Ahualulco, donde tantos adolescentes y jóvenes con inquietudes son introducidos al conocimiento paulatino de la vida del Seminario y reciben acompañamiento en su proceso de discernimiento vocacional.
Semilla, abono y herbicida
Se podría parangonar el proceso evolutivo de la vocación sacerdotal con el cultivo de la tierra: Primero, Dios siembra una semilla (la vocación) en la tierra (que es el espíritu del joven), la cual habrá de ser abonada, escardada y regada por acompañantes y formadores a lo largo de la carrera sacerdotal.
El seminarista proveniente del campo, como el del medio urbano, encuentran para este cultivo fortalezas y flaquezas. En aquél hay un excelente abono natural, pues regularmente está acostumbrado al trabajo manual, por más pesado que sea; sabe valorar y apreciar el esfuerzo, pues conoce sus frutos, y esto le ayuda a ser más generoso y entregado en las dificultades que pueden presentarse en el camino vocacional. En general, los jóvenes campesinos están mejor preparados para la experiencia de Dios en la oración y en la labor cotidiana. El ambiente menos secularizado del campo los hace más perceptivos ante la sacralidad de todas las cosas y la presencia de Dios en los acontecimientos históricos.
Sin embargo, sin generalizar, cabe señalar algunos aspectos a los que el seminarista proveniente de este ámbito se enfrenta: Abandonar la casa paterna significa no sólo una inversión económica para la familia, sino la desventaja de que deja de contar con un trabajador efectivo en las actividades agropecuarias básicas que sostienen su economía; esto provoca, en ocasiones, resistencia de los padres y tensiones en el seminarista desde el aspecto económico.
Por otra parte, el brusco cambio del campo al medio urbano significa un choque cultural al que el joven, sólo con esfuerzo y tiempo, deberá adaptarse.
Y a la par que hay buena tierra y abono natural en el seminarista de origen campesino, existe a veces la dañina maleza de una deficiente educación, que si en la ciudad es lamentable, en el campo a veces deja mucho más qué desear; por ello abundan jóvenes con profundas lagunas educacionales que se remontan a sus etapas de niñez y adolescencia en el campo.
A esto podría todavía añadirse la carga emocional que para algunos de ellos significa la lejanía afectiva de sus familiares dejados en el pueblo o rancho; y mientras un seminarista proveniente de la zona urbana puede visitar a su familia semanalmente, muchos de aquéllos únicamente pueden darse esa satisfacción tres veces al año, y a veces después de un largo y costoso viaje.
La cosecha es mucha…
No obstante, el Señor, como queda dicho, sigue llamando a sus discípulos y otorgando la gracia de la vocación a candidatos de aquí, de allá y de cualquier lugar. Y ante ello ningún joven, ante ese llamado, puede ni debe dudar de la grandeza del Dios que lo escoge para ser su discípulo, lo invita a ser cosechador y cosecha, pastor y cordero, y porque aprende que la mies plantada por Dios es la más perenne y fértil de todas las plantadas por mano humana, y que su rebaño supera en valor a todos los hatos de ganado del mundo.
Por eso, operarios y pastores nunca faltan, y ojalá que cada día aumenten, pues el salario es inigualable: Es Cristo mismo.
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