5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
Conocer para vivir | Varios | Edición:

Apasionada de la Voluntad de Dios: Santa Edith Stein

Publicado en web el 3 de Septiembre, 2010

22Pbro. Tiberio Munari Chiomento
Misionero Xaveriano

Como “una ilustre hija de Israel”, calificó el Papa Juan Pablo II a Santa Teresa Benedicta de la Cruz, Religiosa Carmelita que había tomado los hábitos con su nombre anterior de Edith Stein, cuando la canonizó el 11 de octubre de 1998 en la Plaza de San Pedro y la declaró Patrona de Europa. Mujer judía de gran inteligencia, filósofa, convertida al catolicismo y por ello victimada en un campo de concentración nazi, el 9 de agosto de 1942.
Edith nació el 12 de octubre de 1891 en Breslavia, y ya desde niña se le notaba un gran sentido moral. De ella es esta máxima: “A quien miente, nadie le cree, ni siquiera cuando dice la verdad”. Precisamente por ese afán se caracterizó su existencia, vivida idealmente con un espíritu total de abandono a la Voluntad de Dios. “La búsqueda de la Verdad era mi única oración”, solía decir.

Edificantes testimonios anteriores

Mucho le debió a su madre, la señora Augusta, quien creía en Dios con todo su corazón, según la ley judaica. “En nuestra casa platicaba Edith- se guardaban escrupulosamente los ayunos y fiestas judías”. Reconocía, sin embargo: “En la Preparatoria perdí la costumbre de orar, me sentí vacía interiormente, y a los 15 años me declaré atea”.
No obstante, descollaba por su intelecto. Se inscribió en la Facultad de Filosofía y Letras, en la que fue alumna del gran filósofo y matemático Edmund Husserl, llegando a ser asistente personal del propio maestro y doctorarse con la Tesis “El problema de la empatía”.
A los 25 años, hallándose en Friburgo en compañía de algunos amigos, se le ocurrió visitar la Catedral y vio llegar a una humilde mujer con la canasta del mandado en el brazo, arrodillarse para musitar una sencilla y breve oración. “Para mí -apuntaría después la monja conversa en su diario-, eso era algo absolutamente nuevo. En las sinagogas judías y templos protestantes la gente entraba sólo para los servicios de culto. Aquí, en cambio, se venía a la iglesia en medio de las ocupaciones cotidianas. Fue algo que jamás olvidé”.

Anclando en el puerto de la voluntad divina

Durante la Primera Guerra Mundial (1915-1918) ingresó como voluntaria en la Cruz Roja trabajando en un Hospital Militar y atendiendo a enfermos contagiosos, lo cual causó contrariedad y oposición en su madre, pues no quería que su hija se expusiese al peligro. Edith, empero, se comportaba fiel a una consigna previamente escrita por ella misma: “Estamos en el mundo para servir a la Humanidad”.
Siendo enfermera, murió una de sus grandes amigos filósofos. Y, pese a su habitual entereza de ánimo, la joven Stein no creía tener la fuerza suficiente para ir a darle el pésame a la adolorida viuda. Pero, he aquí que, en contra de lo que esperaba, halló a una mujer católica serena, fuerte, que había superado su dolor, gracias a la fuerza divina de la Cruz. “Por primera vez -escribiría Edith-, entendí la Iglesia nacida de la Pasión Redentora de Cristo y Victoriosa de la Muerte. En aquel momento cayó mi incredulidad, palideció el judaísmo, y Jesucristo se levantó radiante ante mi mirada”.

“La voluntad de Dios, única razón de mi vida”

La circunstancia externa de su paso definitivo al catolicismo, fue la ocasional lectura de la Autobiografía de Santa Teresa de Ávila, en el Verano de 1921, en la casa de unos amigos. “Sin escoger -narraba-, tomé el primer libro que me vino a la mano: era un grueso volumen que llevaba el título de ‘Vida de Santa Teresa de Ávila, escrita por la misma’. Al sólo comenzar la lectura, me quedé totalmente prendida, al grado de que no la interrumpí hasta terminarla. Cuando lo cerré, me dije a mí misma: Esta es la Verdad”.
Tras esa experiencia, y previa preparación, pidió el Bautismo, que recibió el 1º de enero de 1922, juntamente con la Primera Comunión, ante la presencia de muchos de sus amigos filósofos.
Ella hubiera querido entrar enseguida a la Orden del Carmelo; pero, con tal de no darle un segundo golpe anímico a su mamá, hubo de esperar doce largos años. Ahora, lo más importante para Edith era haber encontrado la Voluntad de Dios y ser iluminada por ella. Por ese tiempo, profundizaba su estudio acerca de Santo Tomás de Aquino.
Fue hasta el 15 de abril de 1934 cuando, en presencia de sus amistades, vistió el hábito de las Religiosas Carmelitas y tomó el nombre de Teresa Benedicta de la Cruz. “Yo era profundamente serena en el puerto de la Voluntad de Dios”, aseguró.
Obtuvo, de su Superiora, el permiso de ofrecerse al Corazón de Jesús como víctima expiatoria por la Paz de su Patria y del mundo entero. “Desde ahora -dejó escrito-, acepto la muerte que Dios ha escogido para mí, con la máxima sumisión a su Voluntad”. Una Voluntad que, ya desde el día de su Bautismo, había escuchado para hacer de ella la razón de su vida.

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