12 de Mayo de 2013
Año XII
No. 850

De la revolución social al caos general

Publicado en web el 30 de septiembre, 2010

29Comisión Editorial para el Bicentenario

La diferencia entre revolución social y caos, es que la primera persigue objetivos orientados a mejorar la situación general de la Sociedad, mientras que el caos surge como un desorden general de la organización establecida, de las instituciones, de sus formas de contención. Al igual que la revolución, el caos también suele tener autores, sea que actúen por simple desahogo o con el fin de obtener provecho económico o político, o incluso con ánimo de producir el conflicto para luego aparecer como la solución esperada.

La caída del Presidente Francisco I. Madero González en 1913 fue consecuencia, fundamentalmente, de la condición en que se hallaba la Sociedad, al margen incluso de las muchas limitaciones que Madero pudiera tener para conducir al país. Luego de treinta años de parálisis democrática, en que la responsabilidad social fue suplantada por la voluntad de un solo caudillo, la enorme mayoría de la población se hallaba indefensa e incapacitada para sostener con su opinión pública, con la fuerza de su voto o mediante presión legal, al Presidente legítimamente electo. Esta percepción debió influir en el estallido de las conjuras que fueron tejiéndose en torno a Madero, y vista su eficacia, siguió siendo la plataforma en que se desenvolvió esa interminable guerra de vivales que se desarrolló a partir de 1913.

Con lógica impecable, concurrieron en el asesinato de Madero las mismas condiciones y espacios que se dieron en el derrocamiento y muerte del Consumador de la Independencia, Agustín de Iturbide y Arámburu 89 años antes:

• Una transición social de un sistema autocrático a un sistema democrático desconocido
• La participación de agentes extranjeros en la generación de divisiones y turbulencias
• La seducción del poder y de la riqueza por parte de líderes identificados con el Gobierno establecido
• El recurso a medidas ilegales, previa o inmediatamente después legalizadas
• La presencia de una Sociedad estupefacta, pasiva y meramente espectadora
• Por lo menos la congelación, violenta o artificialmente jurídica, de instituciones o grupos capaces de reaccionar ante el caos inducido
El colapso de la riqueza nacional, que exigiría inevitablemente nuevos endeudamientos
• La decantación sangrienta de los líderes en combate
• El reacomodo final, donde los intereses de dentro y de fuera son satisfechos a costa de la Nación; condición que se ofrece como única posible para detener el caos.

En este contexto de conflicto y desatamiento de ambiciones violentamente perseguidas, se ubica el inesperado matiz anticatólico del caos caudillista. La Iglesia, fortalecida con el trabajo y los recursos de sus fieles a lo largo del porfiriato, se yergue como un grupo social de fuerte representación que ha incursionado con bastante eficacia en el campo de la justicia social y de la apertura democrática, mucho antes de que estas mismas preocupaciones fuesen llevadas a la escena pública por otros actores. Esta situación la hizo muy pronto objeto de preocupación para quienes buscaban imponer un modelo de país sin tener en cuenta la opinión de sus habitantes, aprovechando justamente el caos producido por la guerra de caudillos en curso.

 

El Señor Cura don Librado Tovar

Uno de los más inquietos y activos intelectuales de Jalisco en fomentar el impulso democratizador que potenció Francisco I. Madero en su campaña por la Presidencia de la República, fue el Presbítero Librado Tovar, del Clero de Guadalajara, siendo el suyo un liderazgo integral y sólido -“robusto, apostólico y culto”, según asienta su biógrafo Benjamín Ruelas-, que bastaría la labor que desplegó en el campo de la Prensa Católica y de las Bellas Artes, para otorgarle un recuerdo permanente. Se añade a ello su interés por la cuestión agraria y obrera, campo en el que llegaría a ser, según el dicho de Francisco Barbosa, un “experimentado organizador de obras sociales” en los años previos e inmediatos al inicio de la Revolución Mexicana.

Nativo de la Municipalidad de Atenguillo, Librado Tovar Montes nació en 1876. Fue contemporáneo de la pléyade levítica de Miguel M. de la Mora, Pascual Díaz Barreto, Cristóbal Magallanes Jara, Antonio Correa, José María Cornejo, Severo Díaz Galindo, Alfredo R. Placencia Jáuregui y Cipriano Íñiguez.

Su despejado talento le llevó a ocuparse de labores magisteriales desde sus tiempos de escolapio en el Seminario Auxiliar de Aguascalientes. Presbítero en 1900, fue asesor de las Conferencias Vicentinas, que despertaron su interés por la cuestión social. Entre 1902 y 1907 fue Vicario Parroquial en Ayutla; Maestro de Matemáticas y Canto Gregoriano en el Seminario de Guadalajara; Capellán de las Capuchinas y de la Fábrica de La Escoba, donde se involucró con el mundo de los obreros.
Su vida literaria comenzó en 1906, como cronista del Tercer Congreso Católico y Primero Eucarístico. Tuvo el mismo desempeño durante la Cuarta Semana Social de los Operarios Guadalupanos, celebrada en Zacatecas en 1912, y en el Congreso Católico Regional, de abril de 1919, donde se ocupó de la primera Secretaría de la Mesa Directiva.

Miembro muy activo de los Operarios Guadalupanos desde 1909, tuvo a su cuidado la publicación periódica de este grupo: “Restauración Social”, en 1910, hasta su nombramiento como Párroco de Tecolotlán, en septiembre de 1911, destino éste donde casi nada más al llegar estableció una Sociedad de Obreros Católicos que llamó de Nuestra Señora del Refugio.
Distinguido miembro de la Sociedad Mexicana de Geografía y Estadística, publicó investigaciones suyas relevantes. También formó parte de la Academia Mexicana de Santa María de Guadalupe y de la Sociedad Indianista Mexicana.

El Arzobispo Francisco Orozco y Jiménez lo nombró Oficial Mayor de la Curia Metropolitana en 1913, Rector del Colegio de Infantes de la Catedral y Capellán del Hospicio Cabañas. Fue Párroco en Tecolotlán, Ahualulco, San Juan de Dios (ciudad) y Amatlán de Cañas. De nuevo en la Capital de Jalisco, en 1925, fue Sochantre de la Catedral hasta tres años antes de su deceso. Murió en Guadalajara en 1938.

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