5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
Humilde y con fama de santo | Varios | Edición:

El “Siervo de Dios” Juan Anguiano y el Santuario de La Merced

Publicado en web el 9 de Septiembre, 2010

Gabriela Mora Navarro
Tomás de Híjar Ornelas, Pbro.

En el marco del Aniversario 300 de la Dedicación del Templo de Nuestra Señora de las Mercedes, de Guadalajara, conviene evocar un recuerdo del presbítero Juan José Anguiano Galván (1850 – 1923), artífice de la piedad y devoción eucarística y reparadora de que aún goza este santuario a través de la celebración ininterrumpida de la Misa, de las Confesiones y de los sufragios por los difuntos

16La imagen titular de la Virgen

Han sido dos. La primera fue un regalo del Religioso Mercedario Fray Francisco de Rivera y Pareja, Obispo de Guadalajara, quien la adquirió en Las Antillas en 1619. Dos siglos más tarde, el Comendador Fray José Antonio González pidió al escultor Mariano Pierusquía labrara la que actualmente se venera en el altar mayor. Esto fue en 1835, el mismo año en que la Orden Religiosa fue suprimida en España.
En 1861, el Gobernador de Jalisco, Pedro Ogazón, quien odiaba a la Iglesia, echó del convento a su último Comendador, Fray Isidro Gascón, dedicándose el inmueble a cantina, caballeriza y mesón. Al cabo de diez años, amenazando ruina, la Arquidiócesis rescató el templo, confiándolo al presbítero Telésforo Medrano. En 1877 lo recibió un clérigo de tan sólo 27 años, Juan José Anguiano. Con él resurgiría La Merced.

Siervo de Dios, muerto y sepultado en vida

Oriundo de Zapotlán el Grande, donde nació en 1850, de una familia numerosa y acaudalada que dio a la Iglesia cuatro de sus hijos: los Franciscanos Antonio y Bernardo, y los Diocesanos Benito y Juan José, este último se ordenó presbítero en 1873, y tuvo por destinos las Parroquias de Tepatitlán, San José de Gracia, Mexicaltzingo y El Sagrario Metropolitano, antes de ocupar La Merced.
El ministerio del Padre Anguiano en esta Capellanía tuvo dos etapas: en la primera, de 1877 a 1906, transformó el recinto, convirtiéndolo en un boyante santuario, no escatimando recursos para dignificarlo; en la segunda, 1907 a 1923, llevó un estilo de vida de extrema penitencia.

¡Qué terrible es la eternidad!

El Padre Anguiano gastó su herencia paterna saneando el entorno de La Merced. Su primer reto fue extirpar la cantina “El Infiernito”, enclavada en el mismísimo atrio del templo. Luego, contrató a los mejores pinceles y gubias para reformar las imágenes, y estucar y dorar el recinto; después, creó Asociaciones como la Tercera Orden Mercedaria y la Archicofradía de Las Ánimas, que llegaron a contar entre sus miembros a centenares de tapatíos. Impuso la costumbre de la celebración de la Misa cada media hora, entre las 5.30 y las 12 del día, la Adoración permanente del Santísimo Sacramento y el servicio de Confesiones.
Sin embargo, la posteridad lo recuerda como penitente; cambio sufrido a raíz del deceso de su hermano, Fray Bernardo de la Madre de Dios, el cual, habiendo muerto en olor de santidad el 23 de diciembre de 1906, se le reveló en sueños a su colateral, con un semblante deforme y compungido, diciéndole: “Hermano Juan, hermano Juan, ¡Qué terrible es la eternidad!”.
Desde entonces, Juan José cambió su nombre de pila y sus apellidos por el de Juan Solitario de Dios Muerto y Sepultado; vistió áspero sayal; se adhirió bajo él cilicios, y tomó por alimentos hierbas insípidas. Tan severa vida de penitencia le atrajo seguidores, a los que llamó “Solitarios”. Cientos de personas, de todas las clases sociales, buscaron su consejo, dirección espiritual, absolución sacramental, bendiciones, oráculos, así como ceniza, que el asceta volcaba sobre las cabezas de los fieles.
Sus Superiores, los Arzobispos José de Jesús Ortiz y Rodríguez y Francisco Orozco y Jiménez, simpatizaron con este raro caso, que concluyó con la muerte del Padre Anguiano, el 23 de octubre de 1923, luego de una dolorosa y prolongada postración.
A sus exequias asistieron miles de tapatíos, y a partir de entonces la gente le dio el título de Siervo de Dios. Su fama de santidad fue grandísima, pero habiendo fallecido casi al inicio de la Guerra Cristera, dicha fama se vio interrumpida y más tarde reprimida por ulteriores Capellanes. Parece que sus restos están en la sacristía; pende un cuadro de gran formato que lo recuerda, pero sin que se sepa el sitio exacto.

Puedes seguir las respuestas a esta entrada a través del feed RSS 2.0. Puedes responder o hacer un trackback desde tu sitio.

Responder

XHTML: Puedes utilizar estas etiquetas: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>


  • Artículos relacionados

  • Más en esta Sección

  • Todas las secciones

  • Números Anteriores

  • Enlaces


  • Publicidad












 
2012 Semanario – Órgano de formación e información Católica - | Entradas (RSS) | Comentarios (RSS)