Es antirreligioso el laicismo mexicano
Publicado en web el 2 de Septiembre, 2010¿Por qué tanta confusión?
La incomprensible laicidad mexicana
Pbro. Maurilio Martínez Tamayo
México es un país religioso. Siempre lo ha sido. Antes de la Conquista, nuestros antepasados organizaban su vida en torno a sus fiestas guerreras y religiosas. Durante el período colonial, la conquista espiritual de los nuevos Reinos de España acentuaron la vida religiosa; pusieron las bases de la arquitectura religiosa con su templos y catedrales, y la organización de la vida social con las Cofradías, las devociones a las imágenes de María y de Jesús, se dieron siempre bajo el símbolo religioso de la Cruz, teniendo como venerados emblemas esos dolientes Cristos de caña de maíz, cuyas devociones continúan vigentes. Ni qué decir del especial cariño profesado a la Santísima Virgen de Guadalupe, cuya imagen y culto están firmemente enraizados en las entrañas mismas de nuestra historia y de nuestra identidad como mexicanos.
El Movimiento de Independencia no cambió este talante mexicano; más bien, intentó preservarlo, como se expresa en “Los Sentimientos de la Nación”, del Párroco don José María Morelos y Pavón.
La separación entre Iglesia y Estado, promovida por las Leyes de Reforma, de Benito Juárez García, despojó a aquélla de sus bienes materiales y la pusieron en una situación de sujeción, que la Constitución Mexicana de 1917 llevó al extremo de negar su existencia.
La guerra civil, ocasionada por la drástica aplicación de las leyes anticlericales, y que es conocida como “La Cristiada”, dejó en evidencia que la camisa de fuerza puesta a un país religioso era totalmente inadecuada.
El laicismo actual que muchos proclaman y exigen, ¿es la superación del divorcio espiritual en que hemos vivido, o la revitalización de aquel anticlericalismo trasnochado, que ya el el resto del mundo superó desde hace tiempo?
CONTRADICTORIA LAICIDAD
El Presidente José López Portillo Pacheco explicó al Papa Juan Pablo II que México era un país “surrealista”, pues siendo religioso tenía Gobiernos no religiosos y, añadiríamos nosotros, era regido por leyes antirreligiosas.
Hoy, la expresión de este surrealismo se evidencia en el espíritu anticlerical y antirreligioso de ese “Estado laico” que tanto se predica. Ese laicismo mexicano es un traje impuesto a un país religioso, donde las medidas no cuadran, aunque algunos piensen que si la realidad no se adapta a la ideología, pues peor para la realidad.
Últimamente, luego de las reformas constitucionales de 1992, cuando los políticos católicos, en ejercicio de sus derechos religiosos, dejaron de avergonzarse de participar en actos de culto, han tenido frente a sí las constantes amenazas de escándalo de parte de los defensores a ultranza del laicismo, los cuales se rasgan las vestiduras porque con ello “se atenta” contra la separación Iglesia- Estado.
Cuando un ministro de culto opina de la vida nacional y juzga el desempeño de sus gobernantes, tal como puede hacerlo todo ciudadano mexicano en uso de sus derechos de libertad de expresión, los enemigos de la vida religiosa lanzan amenazas contra quien se atrevió a levantar la voz sobre el desempeño de las autoridades.
Recientemente se ha promovido el declarar a México una República laica. Esto, aparentemente podría ser una postura aceptable para todos, según el pensamiento moderno, pero sucede que entre nosotros las ideologías y las posturas políticas tienen conceptos divergentes de lo que esto significa. Vivimos una contradictoria laicidad.
LA AÑORADA CONDICIÓN LAICAL
La condición laical del mundo está comprendida como el espacio de la libertad, incluidas la libertad de cultos religiosos y de conciencia, en un mundo plural, donde pueden convivir distintas creencias. Por ello, el Gobierno ha de ser laico, porque los gobernantes no han de imponer sus convicciones religiosas, pero deben aceptar todas las manifestaciones religiosas de sus gobernados.
El Papa Benedicto XVI opinó, en su último viaje a Estados Unidos, que este país es un ejemplo de sana laicidad. Efectivamente, allí las diversas religiones conviven con cierta armonía, y los ciudadanos no se sienten presionados por manifestar determinada práctica religiosa, así se trate de los legisladores o del propio Presidente de la Nación. Al contrario, se acepta como una característica positiva el ser religioso y participar en los actos de culto. En su misma moneda se invoca a Dios, en quien, dicen, confían.
Pero aquí en México, los herederos del anticlericalismo francés decimonónico (del Siglo XIX) continúan viviendo una deformación del concepto laical, como el dominio y control de las Iglesias y hasta de las creencias de los ciudadanos.
¿Cómo se explica, por ejemplo, el que hoy, para poder transmitir algún acto de culto religioso por los Medios masivos de Comunicación (excepto por la Prensa) las Iglesias deban solicitar un permiso previo a la Secretaría de Gobernación en cada ocasión?
LA RELIGIÓN COMO BIEN PÚBLICO
Superar la laicidad como anticlericalismo y llegar a la valoración de la libertad de conciencia y de la religión, son todavía metas lejanas, que demorarán décadas en cumplirse.
El poder político no tiene capacidad de soportar y de aceptar la voz profética de sus ciudadanos, más aún si son ministros de culto. Estos son, sin duda, residuos de la tiranía y del poder absoluto, donde las voces discordantes eran amordazadas y desaparecidas.
Otra de las metas será, sin duda, lograr que la mentalidad laicista purifique su gravísimo error de considerar la religión como una realidad que hay que soportar, marginar y combatir, sin considerar la carga de valores positivos, la dimensión humana y espiritual que las religiones aportan al individuo en particular, a la Sociedad en general, pues civilizan al ser humano, promueven la paz y fomentan la fraternidad entre quienes la profesan, comparten un mismo ideal y un mismo destino.
Es necesario, pues, convencernos de que las religiones son un bien público, y que todos, incluido el Estado, hemos de proteger y promover democráticamente, sin esas intolerancias que nos destruyen.
Laicismo y sana laicidad
Dos visiones que se oponen
Lic. Bernardo Hernández Gentil
Laicismo es la doctrina que defiende la existencia de una Sociedad organizada aconfesionalmente, cuyo ejemplo más representativo es el “Estado laico” o “no confesional”. El término “laico” (del griego laikós ‘alguien del pueblo’, de la raíz laós, ‘pueblo’), aparece primeramente en un contexto cristiano. Por extensión, surge el concepto de Estado Laico, concepto opuesto, por el laicismo, al de Estado confesional, que se vincula con la estricta separación entre las instituciones del Estado y las Iglesias u organizaciones religiosas. Los laicistas consideran que están garantizando la libertad de conciencia, además de la no imposición de las normas y valores morales particulares de ninguna religión o de la irreligión.
Este término tomó significado a partir de la raíz latina original para designar el impulso moderno (surgido durante el Siglo de las Luces) de los Estados, organizaciones y personas para la independencia de las instituciones respecto del poder eclesiástico, el deseo de limitar la religión al ámbito privado, particular o colectivo de las personas y permitir mejores condiciones para la convivencia de la diversidad religiosa, poniendo al Estado de árbitro y, como reglas del juego, los Derechos Humanos.
Laicistas vs Iglesia
En general, los laicistas afirman que la laicidad es un principio indisociable de la Democracia, porque las creencias religiosas no son un dogma que deba imponerse a nadie ni convertirse en leyes. Fernando Savater, Profesor de Ética y Filósofo, dice que “en la sociedad laica tienen acogida las creencias religiosas en cuanto derecho de quienes las asumen, pero no como deber que pueda imponerse a nadie. De modo que es necesaria una disposición secularizada y tolerante de la religión, incompatible con la visión integrista que tiende a convertir los dogmas propios en obligaciones sociales para otros o para todos. Lo mismo resulta válido para las demás formas de cultura comunitaria, aunque no sean estrictamente religiosas”.
Un Estado Laico, de esta forma, pretende alcanzar una mejor convivencia al ordenar las actividades de los distintos credos, asegurando la igualdad de todos ante la Ley y, en muchos casos, sirviendo como herramienta para someter el sentimiento religioso, pretendiendo, así, anteponer los intereses generales de la Sociedad Civil sobre los intereses particulares.
En otros campos más específicos, por ejemplo la educación, se usa el término de educación laica cuando se defiende la enseñanza pública o privada manteniendo la independencia de la misma respecto a cualquier creencia o práctica religiosa.
La visión de Iglesia
En el Siglo XIX francés, la palabra laicización significó un esfuerzo del Estado por sustraer la educación al control de las Órdenes Religiosas, ofreciendo una escuela pública controlada exclusivamente por el Estado, igual para todos.
La Iglesia Católica se ha opuesto a esta visión del laicismo, pues considera que no garantiza la libertad religiosa y de culto de los católicos. Ella se acercó a las posiciones políticas modernas, aproximándose a una renuncia al Estado confesional durante el Concilio Vaticano II y retrocediendo después a sus posiciones tradicionales.
Acepta la Iglesia el régimen de separación del Estado, pero puntualiza que esta separación no implica la renuncia a exigir que las leyes se amolden a sus posiciones doctrinales en los países que considera católicos, allí donde los bautizados son mayoría, en los que exige una posición especial.
La Iglesia distingue actualmente entre un Estado Laico que reconoce la autonomía mutua de la Iglesia y el Estado en sus respectivas esferas, y el Estado Laico que se resiste a la tutela espiritual por parte de la Iglesia.
La sana laicidad
Por otra parte, la “sana laicidad” implica que el Estado no considere la religión como un simple sentimiento individual, que podría confinarse al ámbito privado. Al contrario, la religión, al estar organizada también en estructuras visibles, como sucede con la Iglesia, se ha de reconocer como presencia comunitaria pública. Esto supone, además, que a cada confesión religiosa (con tal de que no esté en contraste con el orden moral y no sea peligrosa para el orden público) se le garantice el libre ejercicio de las actividades de culto -espirituales, culturales, educativas y caritativas- de la comunidad de los creyentes.
A la luz de estas consideraciones, ciertamente no es expresión de laicidad, sino su degeneración en laicismo, la hostilidad contra cualquier forma de relevancia política y cultural de la religión; en particular, contra la presencia de todo símbolo religioso en las instituciones públicas.
Tampoco es signo de sana laicidad negar a la comunidad cristiana, y a quienes la representan legítimamente, el derecho de pronunciarse sobre los problemas morales que hoy interpelan la conciencia de todos los seres humanos, en particular de los legisladores y de los juristas. En efecto, no se trata de injerencia indebida de la Iglesia en la actividad legislativa, propia y exclusiva del Estado, sino de la afirmación y de la defensa de los grandes valores que dan sentido a la vida de la persona y salvaguardan su dignidad. Estos valores, antes de ser cristianos, son humanos; por eso, ante ellos no puede quedar indiferente y silenciosa la Iglesia, que tiene el deber de proclamar con firmeza la verdad sobre el hombre y sobre su destino.
(Extracto del discurso de Benedicto XVI a los juristas católicos, 9 de diciembre, 2006).
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