La cuarta etapa de la Independencia: 1820 – 1821
Publicado en web el 3 de Septiembre, 2010
Comisión Editorial para el Bicentenario
En 1820 nuevamente los acontecimientos de España influirían en la historia americana. Si bien la guerra de independencia española, para expulsar a los franceses, había tenido éxito, las ideas de los franceses se habían quedado en España produciendo una constante diversidad de opiniones y criterios, así como innumerables disputas internas. La corriente liberal, persuadida del buen efecto de la Revolución Francesa en materia política y económica, pugnaba por reproducir en España dicho proyecto. Ya desde 1812, con la Promulgación de las Leyes de Cádiz, en la práctica un golpe de estado a la monarquía absoluta ausente, se había abierto camino tal propuesta, razón por la cual dichas leyes que se aplicaran y se abolieran a tenor de la corriente que dominara al Trono español, tendrían también su efecto en América.
Justamente en 1820, el Rey Fernando VII se vio obligado a restablecer las Leyes de Cádiz en el Imperio español, provocando una enorme molestia en la Nueva España. Ese era el momento crucial esperado, así que un experimentado militar que por años había combatido a los insurgentes, el criollo Agustín de Iturbide y Arámburu, decidió modificar el rumbo y convertirse en un hábil negociador de la causa independentista. En persona o por medio de enviados, sin que dejara de haber combates aislados, Iturbide lanzó un Proyecto de Independencia que debía ser presentado a cuanta persona influyente hubiese en el Virreinato: lo mismo a insurgentes como Vicente Guerrero Saldaña, que a las autoridades establecidas en lo civil y en lo eclesiástico, a los líderes económicos y a los mismos militares realistas.
La opinión pública se había vuelto nuevamente favorable a la causa, y se esparcía por el Virreinato un clima de unidad, de conciliación de intereses, de sinergia en torno a una meta que cada vez se hacía más común a todos. En esta etapa, los todavía súbditos del Imperio español mostraban que sí eran capaces de ponerse de acuerdo, que podían superar sus divisiones internas y que, por lo mismo, podían aspirar al éxito. La Independencia de la Nueva España y el nacimiento de un nuevo país, México, estaba a la puerta cuando comenzaba el año de 1821.
Doctor Francisco Uraga
Aunque no todos los ministros sagrados que simpatizaron con la Causa de la Emancipación hicieran pública su adhesión al Movimiento uniéndose a él a costa de abandonar sus destinos ministeriales, hubo otros que aprovecharon las circunstancias favorables para sumarse a esta finalidad, tal y como acaeció a un Presbítero del Clero de Michoacán que pasó por ser una de las mentes más lúcidas de su tiempo: el Doctor don Francisco Uraga. Bachiller en artes desde 1773, cursó en Valladolid los estudios de Teología entre 1774 y 1777, indispensables para obtener, en la Universidad de México, el Doctorado en esa ciencia sagrada. Su biblioteca fue una de las más importantes de su tiempo, en consonancia con la bien ganada fama de sabio que tuvo su dueño. La primera parte de su ministerio la desempeñó como Catedrático del Seminario Tridentino de Valladolid, del que salió a consecuencia del irónico vejamen que compuso y pronunció en el aula magna de esa Casa, a mediados de 1803, al final del año lectivo.
Bajo el título ‘La linterna de Diógenes’, y en presencia de su Prelado, fue exhibiendo de forma jocosa y muy crítica algunas cuestiones públicas y privadas del Clero michoacano, todo lo cual se tomó como una osadía, por lo que ya no fue considerado para el siguiente Curso, obteniendo la titularidad de la Parroquia de Silao, que luego permutó por la de San Miguel el Grande, de la que fue Propietario y Juez Eclesiástico. Simpatizó abiertamente con la insurgencia, y si bien no militó en sus filas, sí aceptó encabezar la Junta de Policía y la Junta de Guerra, establecida en esa importante ciudad por el Gobierno Insurgente encabezado por Ignacio Aldama.
Cuando la plaza fue evacuada y el bando partidario de los peninsulares se entendió del orden, el Párroco Uraga fue puesto a disposición del Tribunal del Santo Oficio, donde fue procesado. El gran prestigió del que gozaba entre sus congéneres indujo a muchos ministros sagrados a abrazar, en 1810, la Causa Insurgente. Privado de la administración y beneficios de su Parroquia, la recuperó en 1816, ocupándola hasta su muerte, acaecida en el año de 1825. Entre los trabajos que llegó a publicar, se cuenta un ‘Discurso político-moral’.
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