Un largo proceso
Publicado en web el 9 de Septiembre, 2010
Comisión Editorial para el Bicentenario
Del 16 de septiembre de 1810 al 27 de septiembre de 1821 transcurrieron once años a través de los cuales diversos líderes trabajaron afanosamente por lograr la Independencia Nacional.
El proceso no fue, desde luego, continuo, ni abarcó jamás a todo el antiguo territorio de la Nueva España; casi todo el tiempo estuvo sostenido por personajes surgidos del Obispado de Michoacán, de origen criollo, con poco impacto en regiones dominadas por la presencia de españoles nacidos en España, como fue el caso de las Ciudades de México y Puebla.
Como ya se ha visto, la primera y la segunda etapa del proceso de Independencia estuvieron dominadas por ideales más identificados con la Justicia Social que con la Independencia. La tercera etapa pasó más bien inadvertida en el resto del territorio, confinada a los caminos del eje Acapulco-México-Veracruz, en tanto que la cuarta etapa, aunque todavía se dieron batallas menores, se decidió más por las negociaciones y los acuerdos que por las balas y los gritos.
La extensión del proceso se debió a varias razones, ente las cuales podemos anotar:
• La fidelidad de la sociedad virreinal, criolla e indígena, a la figura del Rey.
• La inercia histórica de tres siglos, que impedía, a la mayoría de la gente, advertir la necesidad de la Independencia.
• Los descalabros y errores de la primera etapa, que desprestigiaron el Movimiento Insurgente, en la opinión pública virreinal.
• La prolongación de divisiones y desacuerdos entre los mismos insurgentes de las tres primeras etapas.
• Los acontecimientos de España, que hacían subir o bajar el prestigio del Rey, a tenor de sus propias dificultades.
• La presión de los peninsulares, que en México tenían un enorme poder político y económico.
Lo sorprendente y anormal hubiera sido que la Independencia se alcanzara en un solo día, y que toda la Sociedad, de la noche a la mañana, la aceptara sin más. Precisamente el alto grado de cultivo de las élites mexicanas del momento explica sus reticencias y las formas en que fueron evolucionando hasta admitir la necesidad de autonomía, aunque de principio a fin pervivió la idea de que podíamos ser autónomos sin dejar de obedecer al Rey; ideal que iría apagándose por la fuerza misma de las circunstancias y el poco valor que finalmente tenía Fernando VII.
El bachiller José Antonio Talavera
Otro de los eclesiásticos cuya memoria y nombre yacen en total e injusto olvido, es el Bachiller don José Antonio Talavera, Presbítero del Clero de Michoacán, oriundo de Pátzcuaro, donde nació hacia 1777. Habiendo sido condiscípulo de José María Morelos y Pavón, y ejerciendo su ministerio sagrado como Vicario de Ajuchitlán y Pungarabato, se adhirió a la insurgencia apenas iniciaba la acción armada, entre cuyas huestes fungió como Capellán y alcanzó el rango de Mariscal de Campo.
Carlos María Bustamante lo describe como un “eclesiástico de buenos sentimientos patrióticos, por lo que siempre lo consideró Morelos, tan amable y medido cuando estaba cuerdo, como insufrible y arrojado cuando se exaltaba”. Lesionado y aprehendido en una acción bélica por los opositores a la emancipación, fue trasladado a Oaxaca, donde quedó a disposición del Virrey, el cual determinó que su causa la juzgara la Junta de Seguridad y Buen Orden.
Al tomar Morelos la ciudad, el 25 de noviembre de 1812, el prisionero no sólo fue puesto en libertad, sino que se le exhibió en público, con los harapos, la barba crecida y el desaliño de los reclusos de ese tiempo. De nuevo entre las filas independentistas, dio su voto a favor de Morelos para que éste fuese electo Generalísimo. En las rivalidades habidas entre los insurgentes López Rayón y Bravo, el Padre Talavera estuvo al lado de este último, del cual fue incondicional y estuvo a su lado hasta caer prisionero junto con él en el Rancho de Dolores, cerca de Coyuca, lugar muy penetrado en la sierra, a donde se había retirado Bravo para recuperarse de las contusiones recibidas en su huída de Cóporo. La aprehensión tuvo lugar el 22 de diciembre de 1817.
Al Padre Talavera se le condujo a Teloloapan, de donde pasó a Cuernavaca, custodiado por una fuerte escolta a las órdenes del Capitán Armijo, quien lo entregó al comandante de la población para que le formase causa. Se le trasladó a la Ciudad de México, donde sufrió prisión hasta poco antes de consumarse la Independencia.
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