5 de Febrero de 2012
Año XII
No. 783
| Palabra del Pastor | Edición:

Validar las drogas, riesgo latente

Publicado en web el 9 de Septiembre, 2010

Estimados lectores:

Quiero expresar mi opinión acerca de un tema que ha sido propuesto a debate últimamente por el Presidente de la República y por algunas otras autoridades: la legalización de las drogas, respecto a lo cual hay quienes están a favor y quienes en contra.
Los primeros piensan que legalizando las drogas se acabaría con el narcotráfico, porque entonces la mercancía estaría muy a la mano, barata; no habría traficantes y, como consecuencia, se acabaría o disminuiría el crimen organizado y nos pondríamos en paz por lo que respecta a ese capítulo de la violencia en el país.
Mas, yo estoy con aquéllos que se oponen a dicha legalización de las drogas, de las cuales pueden distinguirse dos clases: blandas y duras. Las blandas han estado presentes a lo largo de la historia misma de la Humanidad, y ahora en nuestra Sociedad moderna son aceptadas, de uso común y constante; me refiero al tabaco, al alcohol, al café que, usados con moderación, puede ser que no dañen al organismo ni alteren el ánimo.
Pero las drogas duras, como la cocaína, la heroína, la mariguana, u otros estupefacientes químicos, sea cual fuere el nombre con que les llamen, ese es otro asunto, pues tienen tal fuerza que, según los expertos, bastan una o dos tomas para crear adicción, trastocar la percepción, cambiar la estructura cerebral de tal manera que aumentan la parte impulsiva-emotiva del cerebro y disminuyen la parte racional del individuo, creando, además, la urgente necesidad de más droga.
Por lo tanto, en caso de legalizar estas drogas, ¿a qué nos conduciría?
Entre otras cosas, a que aquéllos que las manejan, ya sean cultivadores, fabricantes, narcotraficantes o distribuidores, pudieran enganchar a niños, jóvenes o adultos, que serían sus nuevos clientes, regalándoles o vendiéndoles a precios irrisorios las primeras tomas, ya fuera en centros de reunión, en la calle, en la puerta de las escuelas o donde fuese, con tal de aumentar así su negocio y ganancias. Y, que como ya serían legales, podrían instalarlos en cualquier lugar para aumentar el número de drogadictos o fármaco-dependientes que, una vez caídos en las garras del vicio, estarían dispuestos a pagar cualquier precio por satisfacerlo, llegando incluso al robo, al asalto, al secuestro o a cualquier tipo de crímenes para obtener recursos con qué pagar sus adicciones.
Es menester, pues, pensar muy bien en éstas y en otras consecuencias que traería consigo la legalización de las drogas duras.
Ante esto, creo yo que sería bueno tomar en cuenta las experiencias negativas de países que han legalizado las drogas para llegar a la conclusión de que eso no tiene sentido; de que acarrearía muchos males a nuestra Patria y que se contribuiría a crear un pueblo de adictos. Ojalá que, si se llega en efecto a discutir este tema, se haga con seriedad, con prudencia; que se escuchen todas las voces sensatas y sabias, y que finalmente se tome la decisión correcta.

Dios los bendiga.

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