Varón y mujer los creó
Publicado en web el 9 de Septiembre, 2010Estamos viviendo un profundo conflicto cultural. Muchos de nosotros mantenemos una visión religiosa del mundo y de la vida, presidida por la fe en un Dios Creador, Providente y Salvador. Y junto a nosotros hay otros muchos que tienen otra manera de entenderla, sin ninguna referencia a Dios, centrada en ellos mismos, como si fueran el principio y el fin de su vida.
Mons. Miguel Romano Gómez
Obispo Auxiliar de Guadalajara
Para los católicos es decisiva la iluminación recibida, mediante la fe, en la Revelación de Dios. El hombre está creado por Dios como hombre y mujer; ambos son personas con una dignidad e igualdad básica, pero diferenciados sexualmente, invitados a unirse por amor, para ser complemento uno del otro, y multiplicar la vida. En virtud de esta visión religiosa de nuestra condición humana, es preciso reconocer que la sexualidad humana, como el resto de nuestras potencialidades, responde a la sabiduría de Dios inscrita en nuestra propia naturaleza, posee una consistencia interior, independiente de nosotros, que hemos de conocer, recibir y desarrollar respetando su naturaleza.
posturas erróneas y convenencieras
En cambio, en la mentalidad laicista y atea, la sexualidad, como el resto de la vida humana, no tiene una esencia pre-establecida ni tiene raíces más allá de la propia libertad y de las conveniencias de cada uno. Según esta manera de entender las cosas, seríamos unos seres abiertos, plenamente indeterminados, con la capacidad y la necesidad de dar cada uno a su vida la forma y las características que quiera.
En esta visión atea de la vida, es fácil de comprender que sea entendida como algo diferenciado, que cada uno puede orientar y vivir como le parezca: es igual ser homosexual que heterosexual; da lo mismo juntarse por una temporada que casarse sacramentalmente; tener hijos que no tenerlos; engendrarlos y dejarlos nacer o abortarlos… Cada uno es dueño de su vida y, en parte, también dueño de la vida de los demás, como ocurre en el caso del aborto provocado. Esta manera de ver las cosas puede parecer más liberal, más progresista, más conforme a la libertad, la soberanía y la felicidad del hombre. Con estas pretensiones, se presenta ante la Sociedad una serie de asociaciones, grupos y partidos políticos. Estas ideas están en el fondo de algunas ofertas electorales. Pero, ¿qué ocurrirá si esta manera de pensar no es verdadera y no responde a la realidad de nuestra condición humana? ¿Qué puede pasar si estas teorías son contrarias al verdadero bien de las personas?
Porque ésta es la cuestión. No se trata de atrincherarse en unas determinadas teorías ni en hacer de estas cuestiones la bandera para una confrontación política. Lo correcto es intentar ver las cosas como son en sí mismas, con serenidad, con respeto a los datos objetivos, sin etiquetas ni valoraciones previas. En esta materia, sin querer agraviar a nadie, podemos establecer una serie de afirmaciones que son de sentido común y que concuerdan perfectamente con la Revelación Cristiana, con las enseñanzas de la Iglesia y con nuestra propia naturaleza. Los padres y educadores católicos tenemos la gravísima responsabilidad de ayudar, sobre todo a los jóvenes, a orientarse a tiempo en estas materias.
por naturaleza, por lógica,
por el bien de todos
Varón y mujer tienen la misma dignidad personal, los mismos dones y los mismos derechos básicos. Las diferencias entre varón y mujer no significan prevalencia del uno sobre el otro. Dentro de una vocación común, cada uno tiene su misión específica, su forma peculiar de estar en el mundo, de relacionarse con los demás y de colaborar en favor de la vida. La promoción de la mujer no consiste en asemejarse al varón, perdiendo las características de su femineidad, sino en desarrollar libremente sus posibilidades, manifestando la igualdad de rango que le corresponde como persona, haciendo valer sus capacidades comunes y el respeto hacia sus notas específicas.
Otras formas de ejercitar la sexualidad, como las acostumbradas entre homosexuales, son por naturaleza incorrectas y moralmente inaceptables, al no responder a la condición personal creada y querida por Dios ni a la Ley Natural, por lo que son incompatibles con una conciencia rectamente formada y gravemente perjudiciales para la persona en lo particular y para la Sociedad en su conjunto.
Las instituciones políticas tienen el deber de gobernar de acuerdo con las exigencias de una verdadera moral natural, y traicionan sensiblemente el bien común de la persona humana y de la Sociedad cuando, por conveniencias personales o de grupo, por intereses ideológicos o económicos, se somete servilmente a grupos de poder que dentro y fuera del país fomentan y promueven conductas que, como la homosexual, deforman la conciencia y alteran la vida social desfigurando el ser natural de la sexualidad humana, del matrimonio y de la familia.
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