04 de Noviembre de 2018
Año XX
No. 1136
En camino a los altares | Iglesia en la Semana | Edición:

A Roma, la causa de canonización de un laico tapatío

Publicado en web el 6 de Octubre, 2011

Fervoroso congregante mariano

12

Pbro. Tomás de Híjar Ornelas, Postulador

La sacristía del Santuario de San José de Gracia, de Guadalajara (Avenida Alcalde y Calle de Garibaldi, Sector Hidalgo), recinto amplio y de decorosa arquitectura, a pocos metros del lugar donde reposan las cenizas del Siervo de Dios, Federico de Aguinaga López, fue el escenario donde, en punto de las 17.30 horas del lunes 3 de octubre del año en curso, en presencia de un centenar de personas, congregantes y familiares del candidato a Beato, se clausuró la fase diocesana de la Causa de Canonización de quien es mejor recordado como ‘don Fede’.

Presidió el acto el Arzobispo de Guadalajara, Cardenal Juan Sandoval Íñiguez, acompañado del Actor de la Causa y Capellán de dicho Templo, Monseñor Rubén Darío Rivera Sahagún, Director de las Congregaciones Marianas establecidas en el Santuario de San José de Gracia, y de los miembros del Tribunal que tuvo a su cargo la Instrucción de la Causa: el señor Cura Jorge Jiménez Vázquez, Delegado Episcopal; el señor Canónigo Antonio González Cornejo, Promotor de Justicia, y la señora Teresa Margarita Camacho Pérez, Notaria Actuaria. Se contó, además, con la asesoría y apoyo del Presbítero Francisco Javier Sánchez Camacho y de la señora María Guadalupe García.

A las 17.30 horas, luego de cantar el Himno Veni Creator Spiritus, y de escuchar la breve introducción a la ceremonia, hecha por el Postulador, el Delegado Episcopal rindió un informe acerca del Proceso: del número de los testigos interrogados -más de cincuenta-; de los documentos presentados por la Comisión de Historia; del Dictamen de los Censores Teólogos y de las Actuaciones, contenidas en más de mil quinientas páginas. Acto continuo, el dicho Postulador juró cumplir con diligencia y cuidado la encomienda de hacer llegar las Actas del Proceso (el trasunto y la copia pública, pues las Actas originales permanecen en el Archivo de la Arquidiócesis, vía la valija diplomática de la Nunciatura Apostólica en México, a la Congregación para las Causas de los Santos), hecho lo cual se procedió a firmar las Actas de la Clausura del Proceso y a sellar y lacrar los tres paquetes. Así concluyó la primera parte de esta Causa, en la cual se invirtieron siete años.

El para qué de una causa de canonización

Agregar el nombre de una persona a la lista (Canon) de la Iglesia Católica no es otra cosa que reconocer el destino último que el Padre Celestial reserva para todos sus hijos, considerando que quien goza de la visión de Dios lo es por su unión con Cristo, único mediador entre el Padre y los hombres, y en consecuencia, que quienes vivieron su identidad cristiana en grado superlativo han actualizado a la Persona de Cristo.

El sello de toda Causa de Canonización, su fundamento, sin el cual resulta estéril y absurdo iniciar una Causa, es la fama de santidad otorgada por el pueblo a un candidato a los altares de forma espontánea, constante, ascendente y no inducida. Dicha fama no es otra cosa que el reconocimiento público y notorio que los fieles rinden a la memoria de quien vivió y murió de manera ejemplar las virtudes cristianas y así lo acreditan los contemporáneos que le tuvieron como un santo.

13La fase diocesana

Desde 1983, dichas Causas se rigen por la Constitución Apostólica ‘Divinus perfectionis Magister’, que en tres apartados prevé las investigaciones que han de realizar los Obispos en la llamada Fase Diocesana del Proceso. La razón de ser de la Congregación para las Causas de los Santos y el modo como debe proceder para atender este cometido. La nueva legislación supuso reformar el procedimiento y reestructurar la Congregación, dotándola de un Colegio de Relatores, a quienes se confía la preparación de la postura sobre la vida y virtudes de los Siervos de Dios.

Las Causas de Canonización pueden introducirse cuando hay elementos ciertos que acrediten que un fiel laico vivió en grado heroico las virtudes cristianas o que sufrió la muerte a manos de un verdugo que odiaba la fe de su víctima. Al primero, se le llama Confesor de la Fe; al segundo, Mártir.

Si un candidato a los altares llevó un estilo de vida apegado de forma ejemplar al Evangelio, el interesado por introducir su Causa -el Actor-, pide al Obispo del lugar donde aquel murió, que admita su petición y nombre un Tribunal para que instruya la Causa. Si en el transcurso de la misma no surgen animadversiones insalvables, antes bien, testimonios confiables y sólidos que apuntalan la fama de santidad, se dispone que, una vez agotadas todas las instancias previstas por el Derecho, el Proceso se remita a la Santa Sede.

La fase romana

Si la fama de santidad es probada, y el contenido de los escritos del Siervo de Dios apegado a la fe y a las costumbres de la Iglesia, las actuaciones pasan a la Congregación para las Causas de los Santos, Prefectura de la Curia Romana a la que compete constatar la validez del Proceso, admitir al Postulador residente en Roma y nombrar a un Relator de la Causa, quien sintetizará la petición del actor en torno a la presunción “de si el Siervo de Dios vivió en grado heroico las virtudes cristianas”.

Si es afirmativa esta posición, se le otorga al elegido el título de ‘Venerable’, en tanto se espera o ventila algún presunto milagro obtenido de Dios por intercesión del Siervo, requisito sin el cual no puede solicitarse la Beatificación, que es tanto como decir que se reconozca como legítimo y se autorice a nivel local o regional la fama de santidad que ya existe, y ahora se admite y convalida por parte de la suprema autoridad eclesiástica. Un segundo Proceso de presunto milagro valdrá al Beato el anhelado honor de los altares.

Quién fue Federico de Aguinaga

El tapatío cuya memoria ha rescatado este Proceso vivió casi todo el siglo pasado: de 1904 a 1995. Fue el mayor de los tres hijos de un matrimonio de personas de clase social pudiente, venida a menos en esos años de guerrillas y asonadas. Apenas alcanzada la pubertad (1914), descubrió un camino de perfección cristiana que cultivó con un insólito amor: las Congregaciones Marianas. Habiendo concluido la Carrera de Comercio, fue empleado del Banco Nacional y luego de la Compañía de Luz y Fuerza, que se convertiría en Comisión Federal de Electricidad, de la que llegó a ser Tesorero General, ganándose la vida con singular destreza, eficiencia irreprochable e impoluta honradez. A partir de 1926, con tan sólo 22 años de edad, se hizo cargo, durante tres años, los mismos que duró el exilio del Director de las Congregaciones, presbítero Manuel Diéguez, de estas Asociaciones, que no sólo mantuvo vivas, sino que acrecentó y acicaló.

Aspiró al sacerdocio ministerial, pero cuando solicitó ser admitido al Seminario, se le hizo saber que su salud era endeble, y él, sin chistar, acató obediente la resolución de su Prelado, optando por vivir el celibato por amor al Reino de los Cielos, consagrándose en cuerpo y alma a ser un apóstol entre los jóvenes, un modelo de evangelizador y catequista, y un benefactor de los pobres y de los desvalidos.

Aunque por sus manos pasó muchísimo dinero, nunca retuvo para sí más allá de lo elemental para subsistir con decoro, al grado de que vivió y murió en auténtica pobreza, sin bienes terrenales de cuantía: jamás tuvo un bien raíz ni automóvil, por ejemplo. Como apóstol, en un cuarto de siglo, entre 1925 y 1950, encabezó el más formidable Equipo de Catequesis que ha existido nunca en la Arquidiócesis, formando, con decenas de jóvenes de uno y de otro sexo, muchísimos centros de evangelización en los suburbios de la Capital de Jalisco.

El auxilio a los menesterosos, por medio de las Conferencias de San Vicente de Paúl, y la creación de un asilo para ancianos desvalidos, el ‘José Vicente’, así como el impulso dado a la constitución del ‘Deportivo Morelos’, grandiosa obra de saludable esparcimiento, perpetúan su memoria, al lado de la de Monseñor Ildefonso Águila Zepeda (1912-1999), del que por espacio de muchos años, unos 40, don ‘Fede’ fue brazo derecho. En 1962, el Papa Juan XXIII lo nombró Caballero de la Orden de San Gregorio Magno. Quienes lo trataron lo recuerdan capaz, entregado, dinámico, piadoso, organizado, con gran don de mando y de gentes, admirado y reconocido por todos los congregantes; de carácter bondadoso, apacible y cortés. Descansó en el Señor el 16 de diciembre de 1995, en su ciudad natal. Ahora se anhela que el testimonio de su vida ilumine a toda la Iglesia. De las diversas biografías publicadas, recomendamos vivamente la de un testigo personal, viviente y fidedigno: don Luis Sandoval Godoy, que lleva por título ‘Quién fue Federico de Aguinaga’.

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