Un hombre enviado por Dios
Publicado en web el 21 de junio, 2012Juan López Vergara
La Iglesia celebra hoy un pasaje del Evangelio, que refiere el nacimiento del Precursor del Hijo de Dios: Juan el Bautista, hijo de Zacarías e Isabel, de quien Jesús en un principio fuera discípulo, recibiera el bautismo y declarara no haber entre los nacidos de mujer, ninguno mayor que él (Lc 1, 57-66.80).
Juan hace honor a su nombre
El nacimiento de Juan, por las circunstancias, se presenta como un acontecimiento maravilloso: la anciana estéril y madre, el nombre inesperado, el habla recobrada. El nombre de Juan significa “Dios es misericordioso”. Desde su nacimiento hizo honor de él: “Por aquellos días, le llegó a Isabel la hora de dar a luz y tuvo un hijo. Cuando sus vecinos y parientes se enteraron de que el Señor le había manifestado tan grande misericordia, se regocijaron con ella” (vv. 57-58). La promesa de Dios se realiza en medio de la alegría, signo de que los tiempos del cumplimiento han llegado.
Un nombre divinamente inspirado
El rito de la circuncisión integraba a los varones en la comunidad religiosa: “A los ocho días fueron a circuncidar al niño y le querían poner Zacarías, como su padre” (v. 59). Uno de nuestros hermanos mayores se refiere a éste rito como “el dolor de la pertenencia”.
Se suscitó, entonces, una discusión por el nombre que debía llevar el recién nacido, pues era costumbre que llevara el nombre del padre (compárese Tb 1, 9). Su madre se opuso y dijo: “Su nombre será Juan” (v. 60). Sus parientes insistieron, y le preguntaron en señas al padre cómo quería que se llamara. Zacarías tenía claro lo que Dios le había pedido y lo cumplió (compárese v. 13); por ello pidió una tablilla y escribió: “Juan es su nombre” (v. 63). El acuerdo entre la madre y el padre en un nombre que no era familiar aparece como divinamente inspirado.
“Serás llamado profeta del Altísimo”
Zacarías, que enmudeció por no creer, recobra el habla, en primerísimo lugar para dar gracias, “y empezó a bendecir a Dios” (v. 64); y en segundo, para profetizar, mediante un Salmo, llamado tradicionalmente “Benedictus”, cuyo tema es la salvación que se apunta en la historia de los hombres: “Bendito el Señor Dios de Israel porque ha visitado y redimido a su pueblo, y nos ha suscitado una fuerza salvadora en la casa de David […] Y tú, niño, serás llamado Profeta del Altísimo, pues irás delante del Señor para preparar sus caminos” (vv. 67-79).
Este niño llamado Juan “se iba desarrollando físicamente y su espíritu se iba fortaleciendo, y vivió en el desierto hasta el día en que se dio a conocer al pueblo de Israel” (v. 80).
Juan, el evangelista teólogo, en el prólogo de su obra, presenta a Juan Bautista magistralmente: “Hubo un hombre, enviado por Dios: se llamaba Juan. Éste vino para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien debía dar testimonio de la luz” (Jn 1, 6-8).
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