A mano armada, de Enrique Oroz, en el Museo de Arte de Zapopan
Publicado en web el 19 de julio, 2012THO
Hasta el 29 de julio, de los muros del MAZ (Andador 20 de Noviembre 166, en la zona Centro de Zapopan) penderán casi 60 cuadros del pintor sonorense avecindado en Guadalajara desde la puericia, Enrique Oroz (1965), quien llega a la mitad del camino de la vida con el oficio de pintor a cuestas y un estigma que luce gustoso: su adicción por las monstruosidades.
A la sombra del pincel y de la libertad creadora, Oroz emborrona lienzos sirviéndose de escenas de ayer y de hoy para metamorfosearlas con un impulso feroz, hiriente y cruel, muy personal, donde vuelca un poco de lo que lleva dentro: una crítica sañuda y destructiva contra lo que no coincide con su opinión; una forma perversa de concebir las relaciones humanas, y una destreza grande para la blasfemia.
Los motivos que tenga este artista para ensañarse en contra de los baluartes de la civilización occidental y americana (las religiones prehispánicas, el cristianismo, particularmente la fe católica y sus representantes), la familia y la organización social, muestran, en negativo, una visión más que pesimista y dantesca de la vida: las secuelas del capitalismo consumista, fruto podrido, nos dice con imágenes, de las peores corruptelas.
Lo irónico en Oroz es que se limita a sajar con su escarpelo el tumor o a evidenciar la putrefacción de la llaga, pero sin dejar el más pequeño resquicio a una percepción de luz, pudiendo afirmar que en su obra todo es negrura, hasta los temas en que ha evitado los pigmentos oscuros.
Su dibujo es diestro, domina la técnica, encuentra un filón temático y lo agota en reiteradas escenas que repiten ese hartazgo, saciedad, polución y vacío, que ciertamente constituyen el estertor de la sociedad de consumo.
Su obra no es para halagar. Tampoco para proponer. Critica tanto como destruye. Lo hace a ciencia y a conciencia. Se regodea en ello. Sin acercarse nunca a la desoladora percepción de la carne tumefacta, como Francis Bacon, o a la degradación insondable de la misma, descrita con impasible horror por Lucièn Freud, Oroz recicla a los maestros tenebristas, del Caravaggio a Rivera, sin olvidar a Zurbarán.
Algunos de sus cuadros son un fiel reflejo del sinsentido en grado supremo, en lo cual revela un verismo que lo salva del abuso a los lugares comunes, de un regular dominio de la escala cromática y, en algunos casos, de suciedad en la mezcla de los colores.
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