Nuestros Mártires y nuestros Cristeros
Publicado en web el 2 de agosto, 2012Memoria latente
¡Oh, no eres tú mi cantar!
¡No puedo cantar, ni quiero
a ese Jesús del madero,
sino al que anduvo en el mar!
(Antonio Machado, España, 1875-1939)
Pbro. Germán Orozco Mora
Mexicali, B.B.

Cuando los tiranos fundadores del Partido Nacional Revolucionario (PNR) Plutarco Elías Calles y Álvaro Obregón Salido decidieron perpetuarse en el poder político, cometieron uno de los atentados más graves contra el pueblo mexicano: pisotear y tratar de extirpar su Credo; una fe sembrada antes que las ideas liberales, materialistas y revolucionarias, por Misioneros que entre tantos sacrificios debieron sortear batallas contra falsos católicos hacendados, caciques, encomenderos; Misioneros de los Siglos XVI y XVII en Yucatán, Chiapas, Michoacán, Jalisco, Guanajuato, Durango, Tamaulipas, Sinaloa, Baja California.
Convenientes precisiones
En el Centro del país creen, erróneamente, que el Movimiento Cristero acaeció en aquellas latitudes, cuando en verdad la persecución contra la Iglesia Católica y otras denominaciones se vivió especialmente en Sonora y en ambos territorios de Baja California, especialmente en el Norte.
En Sonora, durante la persecución anticatólica encabezada por Rodolfo Elías Calles, hermano del tiránico Plutarco. Fueron famosos los “quemasantos”, una especie de iconoclastas (destructores de imágenes), que a lo largo de la geografía sonorense se dedicaron a saquear los templos católicos para quemar cuanta imagen encontraban, incluso de la época virreinal, traídas de Europa y de la Ciudad de México por Misioneros como Saeta, los Padres Eusebio Kino y Juan María Salvatierra, Fray Junípero Serra.
Carlos Lazcano, investigador ensenadanse, refería que en el pueblo de San Dimas, enclavado en la Sierra Tarahumara, hace unos años, la Misión contaba con óleos originales de la etapa virreinal. Arribaron a la comunidad unos predicadores “Testigos de Jehová” que persuadieron a la escasa población para que destruyera con el fuego todas las imágenes. Así lo hicieron, para “convertirse” en fieles Testigos.
Como lirio entre el fango
Cuentan que en Sonora la cabeza más cotizada durante largos años fue la del primer Arzobispo: Don Juan Navarrete y Guerrero, protegido hasta por los mismos secuaces o miembros de la Policía Secreta del Gobierno de Rodolfo Elías Calles. Pero, más que entregarlo, se entregaban a la ternura del pobre y bendito Don Juan, quien los confesaba y bendecía, no para protegerse, sino para que vivieran en la verdad y la justicia.
Como que lo alcanzaban en la persecución rumbo a la Sierra de Bacadeuachi, pero luego se les perdía. ¿Por qué locura deseaban, Plutarco y Rodolfo Elías Calles matar al Obispo Navarrete? Porque en plena persecución el Obispo, a causa de las miserias de la Revolución, había fundado instituciones como la Sociedad de Auxiliares Parroquiales, Asilos para Ancianos en varias ciudades; escuelas para necesitados; sanatorios para tuberculosos, como el de San Vicente; orfanatorios; el Seminario, templos , etc.
El padre Cruz Acuña, contemporáneo de los sufrimientos del Obispo Navarrete, considera que con letras de oro debe grabarse el nombre de doña Aída S. de Rodríguez en la Historia de Hermosillo, bienhechora de las obras navarretianas, y quien fue la esposa del Gobernador sonorense (1946) Abelardo Rodríguez Luján. Eso sucedió cuando don Abelardo fue apoyado en su conversión por el primer Obispo de Tijuana, Alfredo Galindo y Mendoza.
Aquel odio feroz stalinista y hitleriano de Calles y Obregón, confluyeron en San Diego, California. Obregón fue victimado por José de León Toral en San Ángel, D.F., mientras que Calles y Rodríguez murieron auxiliados sacramentalmente por Sacerdotes católicos.
Los revolucionarios quisieron borrar las huellas del catolicismo en México, pero, más bien,sus pecados fueron borrados por la misericordia divina en su lecho de muerte. “¡Viva Cristo Rey y Santa María de Guadalupe!”, ¿repetirían ante la majestuosa bondad del Señor? O como Saulo de Tarso al escuchar, enceguecido: -“Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?”-
-“¿Quién eres, Señor?”-
-“¡Soy yo, Cristo, a quien persigues en mi Iglesia!”
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