17 de Junio de 2018
Año XX
No. 1115
| Editorial | Edición:

Arte y Gobierno

Publicado en web el 9 de Septiembre, 2017

Pbro. Lic. José Marcos
Castellón Pérez

A diferencia de la ciencia, que se rige necesariamente por un razonamiento objetivo, metódico y sistemático, el arte se rige por la subjetividad, la intuición, la creatividad y, no pocas veces, por el sentido común. La ciencia es necesaria para el conocimiento que lleva al dominio del mundo, develar los misterios de la naturaleza, aprovecharla para beneficiarnos. El arte lleva a la representación simbólica del mundo, la manera particular de una persona o de una sociedad de ver la realidad, no quiere develar los misterios de la naturaleza sino manifestarlos de forma bella y armoniosa; tiene una dimensión de trascendencia porque no busca beneficios económicos sino meramente humanos y gratuitos. El arte es universal, nos humaniza, nos hace mejores personas y para disfrutarlo no necesitamos tener una preparación académica o ser un pueblo “avanzado”, pues no se trata de una tesis científica. ¿Los pueblos primitivos, sin los conocimientos empíricos de la ciencia, no producían extraordinarias obras de arte?

El Estado es garante de la conservación del patrimonio artístico del pueblo que gobierna, construido a lo largo de la historia que da identidad, y es el mecenas de los nuevos artistas y de las nuevas manifestaciones artísticas, promoviendo todas las expresiones de las bellas artes, revelación evocadora y provocadora, decíamos ya, de la cultura vivida… Sí, de la cultura vivida, de la cosmovisión del pueblo que asume y personaliza el artista; por ello una obra de arte, independientemente de la intención de autor o de su tema, debe ser esa expresión de la identidad del pueblo. Este pueblo puede ser un pueblo muy erudito o muy ignorante, pero tendrá su propia cosmovisión, sus imaginarios, su cultura.

Una obra de arte, cuando es manifestación de la cultura vivida, no necesita de una apología porque expresa aquello que es el alma del pueblo, su identidad. Un gobierno que sea mecenas de obras de arte que evocan o provocan descontento en el pueblo o en alguna parte de éste, es un gobierno que no tiene la capacidad de “sentir con el pueblo”, actúa dizque democráticamente cuantitativamente por los votos, pero dando la espalda a una democracia cualitativa. Nunca podría justificar el descontento de una parte del pueblo que gobierna, a causa de una obra de arte ofensiva para ellos, aduciendo la ignorancia o el fanatismo. Una parte del pueblo puede ser ignorante o fanático, pero quien gobierna debe respetar la sensibilidad de todos, precisamente para no caer él en el fascismo, que impone a su voluntad lo que considera valioso o importante para un pueblo, a su juicio, ignorante.

Es una pena que algunos miembros del gobierno hayan respondido de forma tan antidemocrática, ante quienes por razones religiosas están en contra de la obra “Sincretismo”, con la denostación, el desprecio, la indiferencia y, en el caso concreto de uno, con ofensas graves a la Iglesia Católica. La falta de sensibilidad social es una forma de autoritarismo.

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