16 de septiembre de 2018
Año XX
No. 1128
| Palabra del Pastor | Edición:

Defenderse de la cruz no tiene sentido

Publicado en web el 9 de Septiembre, 2017

Cardenal José Francisco Robles Ortega,
Arzobispo de Guadalajara

Apreciables hermanas y hermanos:

Cristo anuncia a sus Apóstoles cuál es la meta de su peregrinación en este mundo, dar su vida, amarnos hasta el extremo de morir y resucitar por nosotros, para reconciliarnos con Dios, nuestro Padre.
En contraste a su actitud anterior, Pedro, ahora, se opone a este proyecto de Jesús, no acepta que muera su Maestro. El Señor le pide, entonces, que se retire, lo compara con Satanás, le dice que no le ponga piedras en su camino, le reclama que piense como los hombres, no como Dios.

Jesús señala, luego, que el que quiera ser su discípulo, que tome su cruz (cfr. Mt 16,24). Aquí se revela la otra parte de la vida cristiana. La primera es la aceptación de Jesucristo como verdadero Mesías y Salvador.
La siguiente parte es seguir al Señor, cargando la propia cruz, como camino, sí, de muerte, pero también de salvación, de resurrección, de vida. No hay auténtica vida cristiana sin la obediencia en la cruz. Ser cristiano no significa solamente ponernos frente a Jesús, y decir que Él es el Mesías, sino que hay que ponernos detrás de Él, para seguir sus pasos, y entonces sí, se complementa nuestra vida cristiana.
No basta reconocer a Jesús, sino que hay que cumplir la voluntad del Padre, como Jesús, que entregó su vida en obediencia al Padre, para nuestra salvación. Ser cristiano significa reconocer al Señor, pero también seguir sus huellas en el cumplimiento de la voluntad del Padre.

La vida cristiana no es toda dulzura, sin sufrimientos, sin contrariedades, sin dolor. Ser cristiano significa aceptar e incluir en nuestra vida el misterio del dolor, del sufrimiento, como camino de purificación y de resurrección.
Cumplir la misión del Señor no atrae alabanzas, aplausos y reconocimientos. Dar el mensaje de Dios atrae, muchas veces, enemistades y persecución. El hombre de Dios, el que lo sirve, el que le entrega su vida (como debiera ser todo cristiano), el que pone su vida bajo la amorosa convivencia del Padre, tiene que aceptar que esto le puede ocasionar dificultades, contrariedades, persecuciones, adversidades, pero con Dios, todo se puede.
Cristo se confió a la infinita bondad de su Padre, que no lo abandonó a la muerte, ni lo dejó en el sepulcro, sino que lo resucitó y lo sentó a su derecha para siempre.

El que quiera salvar su vida la perderá, el que quiera pasar su vida cuidándose de no sufrir, de que los demás no se burlen de él porque hace las cosas bien, ése, pierde el tiempo, pierde la misma vida, en el afán de preservarse y de cuidarse, de no hacerse daño ni que le hagan. El que cuida su vida de esta manera es una vida sin sentido.

El que entrega su vida, como Jesús, al servicio del amor, de los demás, de la verdad, de la justicia, ése la recuperará y vivirá para siempre.

Yo les bendigo en el Nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

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