16 de septiembre de 2018
Año XX
No. 1128
| Palabra del Domingo | Edición:

Hacernos esclavos de todos para ganarlos a Cristo

Publicado en web el 9 de Septiembre, 2017

P32 EDIT

Juan López Vergara

En el pasaje del santo Evangelio que nuestra Madre Iglesia ofrece hoy, Jesús nos invita a vivir con franca responsabilidad una de las más difíciles facetas de la caridad cristiana: la corrección fraterna, y revela que la comunidad es el lugar cristológico por excelencia (Mt 18, 15-20).

El ofendido debe tomar la iniciativa

La perícopa evangélica pertenece al discurso mateano sobre la vida en comunidad, que abarca todo el capítulo 18. Le antecede la parábola de la oveja perdida, de la que nuestro texto es una aplicación práctica, donde Jesús concientiza a sus discípulos sobre el compromiso de esforzarse por recuperar al hermano extraviado.
El pecado es una ofensa que crea división en la comunidad, por eso Jesús no prescribe que sea el ofensor quien vaya a pedir perdón, sino al contrario, es el ofendido el que debe tomar la iniciativa, para mostrar que ha perdonado y facilitar la reconciliación.
Sí, es el ofendido quien debe tomar la iniciativa, ya que nunca debemos olvidar que: “¡Existimos para evangelizar!” (Benedicto XVI).

La reconciliación implica un proceso

La reconciliación, si es necesario, tendrá que hacerse hasta en tres pasos:
Primero, “si tu hermano comete un pecado, ve y amonéstalo a solas. Si te escucha, habrás salvado a tu hermano” (v. 15). El texto griego habla de “ganar al hermano”: expresión con la que los misioneros describían su alegría por haber atraído a alguien a la fe en Cristo (compárense I Co 9, 19-22; I Pe 3, 1).
Segundo, si el hermano se niega a reconocer su falta, Jesús aconseja: “hazte acompañar de una o dos personas, para que todo lo que se diga conste por boca de dos o tres testigos” (v. 16,). Se pretende que otros miembros de la comunidad apoyen y testifiquen la oferta de reconciliación (compárese Dt 19,15).
Tercero y último, si el ofensor tampoco acepta el arbitraje impidiendo restablecer la unidad, Jesús, entonces, recomienda al discípulo: “díselo a la comunidad; y si ni a la comunidad le hace caso, apártate de él como de un pagano o de un publicano” (v. 17).

La presencia de Jesús

Jesús enseguida, advierte que el rechazo realizado por la comunidad quedará ratificado en el cielo (véase v. 18); y concluye con esta esperanzadora promesa: “si dos de ustedes se ponen de acuerdo para pedir algo, sea lo que fuere, mi Padre celestial se lo concederá; pues donde dos o tres se reúnen en mi nombre, ahí yo estoy en medio de ellos” (vv. 19-20). La eficacia del acuerdo se debe a la presencia de Jesús entre los que apelan a él.
No debemos, por tanto, asumir las decisiones a la ligera, sino a partir de la fe, sabiendo que contamos con la presencia de Jesús en medio de nuestra comunidad, y pedirle nos enseñe a ser humildes para dejarnos ayudar cuando nos extraviemos.

Y, por supuesto, también procurar ganar para Cristo al hermano que haya tenido la desgracia de perder el Camino, siguiendo el ejemplo de San Pablo, quien confiesa: “Siendo libre de todos, me he hecho esclavo de todos para ganar a los que más pueda” (I Co 9, 19). “La caridad del apóstol ha de urgirle a edificar con sus palabras, no a destruir o dañar –advierte M. Ruiz en un libro precioso, en torno al entrañable arte de discernir– . Y se destruye el misterio y se daña el receptor de la doctrina cuando una postura humana, facciosa y poco atenta se mira más a ser acogido que al acto de fe que se ha de despertar en el que oye, y las actitudes cristianas que de esa doctrina se han de derivar en orden a la santidad” (El discernimiento espiritual, B.A.C. 33, Madrid 22005, pág. 215).

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